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Un baile muy popular

Detrás del Ballet Folklórico de México hay una potente idea de cómo se construye y vende la identidad de un país. Un proyecto que ha sido marca por más de seis décadas.

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Teatropedia *Especial para El Espectador
24 de abril de 2016 - 01:55 a. m.
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Y entonces fue una elegante bailarina del D.F. quien definió lo que es el ser mexicano… Un poco, sí. Y se llamó Amalia Hernández. Digamos que no vamos a cargar de toda la responsabilidad a doña Amalia en tamaña tarea de definir una identidad nacional, pero que jugó un papel clave, lo jugó. Porque pensar en el Ballet Folklórico de México, su creación y su legado, es pensar en pura mexicanidad, en folclor, en campo, en faldones, plumas, trajes de charros y colores.

Y es que esta idea que tenemos arraigada de ese país, cargada de exotismo, surgió a mediados del siglo pasado y no es otra cosa que producto de la definición de un proyecto nacional que tenía como propósito usar el arte popular como “la fuente viva de conocimiento y de carácter de los mexicanos”. Ella supo interpretar lo que una época estaba clamando, la expresión viva de la Revolución, el canto de una libertad marcada por la herencia indígena, el baile de su tierra.

Era 1950 cuando Miguel Covarrubias, jefe de Departamento de Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes, sentó la premisa de cómo se cumpliría este propósito, como lo explica la investigadora Margarita Tortajada Quiroz: “la danza mexicana debía seguir el mismo camino de la pintura (pensemos en Siqueiros y Orozco, Frida y Diego) y la música (qué tal Agustín Lara o José Alfredo Jiménez): surgir de la nueva ideología nacionalista, revolucionaria y esencialmente indigenista, pero expresada con un lenguaje moderno y universal; (para él) la única manifestación que consideraba válida era la danza moderna”.

De esta forma, doña Amalia, formada por las más grandes maestras de ballet clásico europeas y norteamericanas, pero inspirada y fascinada por las danzas campesinas que realizaban los trabajadores en la hacienda de su padre, el general Lamberto Hernández, descubrió su destino y creó un sello: más de 60 bailes que hoy, y desde 1952, pasean por el mundo como los más grandes embajadores de México, representan la riqueza y variedad de su país.

Era algo que le brotaba en la sangre. Como alumna, unos años antes de convertirse en la directora del Ballet Folklórico de México, ya demostraba su interés por el tema y su habilidad como bailarina y coreógrafa. En 1949 se presentó con una obra en cuatro actos que llamó Sinfonía india, basada en la frase “Tiembla la tierra. Comienza el canto de la nación mexicana”. Estaba dividida en una danza guerrera en honor de Tláloc; Ofrenda y duelo; Danza de Tláloc y Chalchihtlicue y Danza final de júbilo.

Fue el principio de todo.

La generala

Amalia Hernández creó un método. Observaba, estudiaba, entendía e interpretaba los bailes tradicionales, de la mano de un grupo de antropólogos y etnógrafos interesados en rescatar las culturas indígenas y populares. Y lo hizo tan estrictamente que la llamaron “la generala”. Fue así como descubrió México a todo lo ancho y largo. Viajó y viajó, miró, se detuvo, habló y bailó con los que llevaban la tradición consigo, los que no tienen por qué llamar folclor a lo que hacen, ni ponerlo en escena, porque simplemente es parte de lo que son, de su vida cotidiana.

Gracias a su recorrido y su versión de lo que descubrió en cada rincón, podemos hacernos una idea de un México enorme y diverso. Por ejemplo, nos presenta el noroeste, justo en la frontera con Estados Unidos, al lado de la Baja California: el Estado de Sonora y su capital Hermosillo. Nos hace sentir el calor de ese inmenso desierto en donde habitan ocho pueblos indígenas, entre ellos los yaquis. Presenta La danza del venado, un ritual de caza en el que participan las familias yaquis entrenando desde pequeños a los niños que harán de venado en tan sagrado momento. Se trata de la representación del universo chamánico: quien se pone la máscara del venado se convierte en uno. Su intérprete adquiere sus características, su fuerza, su movimiento, su agilidad y su belleza. Esto lo entendió perfectamente Amalia Hernández, quien hizo de este baile uno de los más icónicos de su ballet. Quienes lo bailan se ven como un venado minutos antes de ser cazado, luchando por sobrevivir. Él, con sus sonajas en la mano, anuncia su nerviosismo. Sabe que los cazadores lo acechan. Ellos, con el rosario en la mano, van imponiendo su fe. Es un baile del adiós.

Luego, doña Amalia nos hace saltar a la costa oeste, hacia el centro del país. Estamos en el inmenso estado de Jalisco, cuya capital es Guadalajara, justo al lado de Michoacán. Por su extensión lo tiene todo: nevados, montañas, valles y playa –el famoso Puerto Vallarta, por ejemplo–. De allí proviene uno de los bailes más famosos de México: el jarabe tapatío, que no es otra cosa que el baile de cortejo del hombre a la mujer. Él, vestido de elegante traje de charro, la sigue insistente, mientras ella, con sus enormes faldones escapa coquetamente, hasta ceder a sus encantos.

Y también nos invita un poco más al sur, justo debajo del D.F., en el estado de Puebla. Con un clima semidesértico y diversos pueblos indígenas, de allí es el famoso vuelo de los pájaros quetzales. Este es uno de los ejemplos de la maestría del Ballet Folklórico de México. Por los altísimos penachos que visten los bailarines, por el despliegue de sus alas, por la sincronía con la que se mueven, en forma de cruz simbolizando su paso por los cuatro puntos cardinales.

Amalia Hernández recreó su México, uno que nos resulta familiar y con el cual muchos se identifican.

¿Popular?

Desde muy temprano, ya para 1961, algunos criticaban al Ballet, muy seguramente por el brillo que empezó a tener en el mundo y el definitivo impulso que le dio el gobierno como imagen nacional. De hecho, representó al país en los Juegos Panamericanos de Chicago 1959 y a partir de allí el espectáculo fungiría de embajador de la cultura mexicana. Justamente, antes de morir en 2000, doña Amalia recordaba que en 1957 el presidente Adolfo López Mateos “me llamó un día y me dijo: ‘Amalita, una compañía tan exitosa no puede pertenecer a una sola persona, te la voy a expropiar, ahora pertenece al pueblo de México’”. Una decisión que no estuvo exenta de polémicas. La profesora Tortajada recuerda “que lo mismo se le calificaba de espectáculo ‘revisteril’ que como representante de las ‘esencias’ y tradiciones nacionales. Hasta se le llegó a considerar un ‘espectáculo folclórico superdotado’”.

Con todo, las críticas han sido menores que los elogios. Y que las salas llenas que son su razón de ser. Los grandes escenarios del mundo, la Metropolitan Opera House, el Carnegie Hall, el Madison Square Garden o el Royal Theatre de Londres, lo han presentado como uno de sus highlights y es indudable que está a la altura de un ballet como el Bolshoi o el Royal Ballet. El Ballet Folklórico de México hace parte de las grandes compañías de danza del mundo.

Su historia es una gran radiografía de los tiempos. De lo que significa y ha significado lo popular para las sociedades de nuestros países. Décadas más tarde de su creación, el propio Carlos Monsiváis reclamaba el olvido en el que estaban cayendo las tradiciones por cuenta de un mundo nuevo, eso que llamamos la contemporaneidad o la globalización. Y nos pone a pensar, hoy, en su significado. “La burguesía renuncia al nacionalismo cultural, lastre decorativo que la arraigaba en la apariencia folclórica y la ligaba a formas tradicionales. ¿Qué le importan a una clase en ascenso las indumentarias que ya son disfraces, las esencias que son baile de máscaras, los atavíos típicos que son pasto de la Kodak o de los ballets para turistas, los trajes de tehuana y china poblana, el orbe de Tlaquepaque y Mixquic y Xochimilco y Olinalá, las mitologías de Diego Rivera y el Indio Fernández, las aguas de chía y horchata y la preservación de las raíces? Lo propio, lo irrenunciable es el barrio residencial y el contacto con los socios extranjeros y los hijos estudiando en Estados Unidos y el afán de no diferenciarse de los demás burgueses del mundo”.

Una reflexión perfectamente actual, justo hoy cuando se intenta enfrentar esa nostalgia de pasado con fragmentos de historia patria, muchas veces pegatines con banales eslóganes de identidad, pero sobre todo con las mil preguntas de qué es lo que nos define como nación si justamente hoy lo que celebramos es lo que nos diferencia los unos de los otros. Lo cierto es que proyectos como el Ballet Folklórico de México, más allá de las críticas que pueda tener por pretender definir qué es lo popular o el anacronismo de seguir repitiendo un mismo baile por décadas (o quizá eso es justamente la tradición, incluso si nació de una reinterpretación), resulta fascinante como ejercicio de resistencia, de disciplina, incluso de belleza. Como un buen comercial, es justo la cancioncita que repetimos de generación en generación. Y eso, eso sí que se puede llamar éxito.

* Teatropedia es un proyecto educativo del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo en pro de la formación de públicos en temas culturales. Más información en www.teatromayor.org.

 

Por Teatropedia *Especial para El Espectador

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