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Un beso invisible

Mañana, en la calle 26 con 13, quedará terminado el mural más grande de Bogotá. Una mirada crítica a la mezquindad de la capital.

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Sergio Silva Numa
25 de julio de 2013 - 10:00 p. m.
Los artistas de Vértigo Grafiti pintaron el mural durante seis días.  / Fotos: Luis Ángel
Los artistas de Vértigo Grafiti pintaron el mural durante seis días. / Fotos: Luis Ángel
Foto: LUIS ANGEL
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Los dos amantes están entrelazados. Están, con sus pieles morenas, abrazados, sumidos en un beso profundo que parece, acaso, una muestra de cariño perpetua, un gesto de libertad eterno. Su imagen, colorida y de 23 metros de altura, será con la que mañana se tropiece Bogotá cuando empiece a desperezarse. Y seguramente, cuando su luz deje de esconderse tras los cerros orientales alumbrará esa enorme pared, ese grafiti que estará ahí para recordarle que es una ciudad que ha crecido en medio del olvido, que es un lugar que se ha levantado dándoles la espalda a miles de habitantes.

Eso es lo que simboliza El beso de los invisibles, un mural que a partir del sábado intentará persuadir a los miles de transeúntes que recorren la calle 26 con carrera 13. “Es una manifestación —dice Camilo López, director de Vértigo Grafiti, el colectivo creador— sobre las cosas desatendidas de la sociedad. Es un ejercicio de expresión, de humanizar”.

La imagen, tal vez, alterará a muchos cuando sepan que, en verdad, es un retrato de dos habitantes del Bronx, que esa expresión, tan común, tan íntima, se originó cuando el presidente Santos, en lo que varios entendieron como un acto de demagogia, visitaba esas cuadras frente a lentes sorprendidos. Uno de ellos, el de Héctor Fabio Zamora, fotógrafo de El Tiempo, fue el que congeló esa escena de —en palabras de Óscar Collazos— “perturbadora belleza”.

A partir de esa fotografía, la idea con la que Vértigo Grafiti ganó la convocatoria que abrió Idartes para pintar varios muros de la calle 26 fue adquiriendo contornos. El de ellos, que está entre el legendario hotel Tequendama y el barrio Santa Fe, entre el verde de Monserrate y las aceras color humo de una zona de tolerancia, es el más grande de la ciudad. Y como ese, aunque más pequeños, hay otros cinco a lo largo de esa avenida que atraviesa Bogotá de oriente a occidente.

“Con estos proyectos —explica López— les estamos robando hijos a la guerra, a la violencia, a las drogas; le estamos llamando la atención a la infinidad de personas que olvidan que a nuestro lado hay seres humanos que se enamoran, que se preocupan”. Están, en suma, validando una práctica que no ha logrado librarse de los estigmas. Con sus trazos, los cinco colectivos que se tomaron la 26 están evidenciando —como escribió Julián López de Mesa en El Espectador— cómo el grafiti ha mutado de un fenómeno desarticulado y relativamente llano a todo un movimiento de calidad, frescura y trascendencia social.

Y la estrategia para vencer esa connotación empezó con lograr el reconocimiento de la Alcaldía y, con ello, atraer el patrocinio de entidades privadas. De hecho, en 2012 el Distrito presentó un informe en el que se hacía un diagnóstico del grafiti en Bogotá, una de cuyas conclusiones es que hay alrededor de 5.000 artistas.

Gracias a esa pericia Vértigo ganó $24’000.000 a través de la convocatoria y se hizo con $14’000.000 más con el apoyo de varias empresas. Homecenter y Seven, Seven, en su caso, fueron los contribuyentes. Con esa suma se reunieron cuatro colombianos y un peruano.

Jonatan Rivera —conocido como Jade— vino desde Lima, seducido por el proyecto, por el beso tomado en el Bronx que, en medio de la rebeldía y la ternura que genera, deja también una estela de nostalgia. Él, moreno y de bigotes caídos, vino para aportar con sus rasgos sueltos y sus colores vivos. Vino para ver cómo, de ahora en adelante, a los bogotanos les recuerdan con dureza su mirada mezquina mientras que ellos se deberán despertar con el alma entre los dientes.

ssilva@elespectador.com

Por Sergio Silva Numa

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