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El contrabajo es el espejo que mejor se ajusta a su medida. Para él ése es el instrumento que le permite extraer pequeñas porciones de su alma, que se vuelven perceptibles para todo aquel que tenga oídos y corazón. Sin embargo, cuando Jonathan Camps escucha una simple nota, sin nada de fondo, sabe que algo raro está sucediendo y que necesita de un motivo especial para ofrecerle su alegría al público. Con varios años de actividad artística sabe que hay espejos más finos que otros, pero también tiene la certeza de que lo importante es el sentimiento del músico, porque el instrumento debe estar al servicio del hombre y no al contrario.
Al evaluar sus años de infancia, momento cuando se enfrentó por primera vez al contrabajo, Camps piensa que lo más recomendable hubiera sido escoger un instrumento más pequeño, pues el transporte de esta especie de estructura aparatosa en madera adornada con cuerdas ha sido, realmente, compleja. Incluso, por cuestiones logísticas no lo pudo traer a Colombia y le ha tocado adaptarse a un contrabajo prestado para ofrecer sus recitales y dictar sus clases magistrales durante la denominada Semana Colombo-Catalana.
Empezó como autodidacta tocando jazz y sonoridades tradicionales, por lo que su aproximación a la música clásica fue bastante tardía. Para mejorar su desempeño en el denominado género sincopado, se puso a estudiar la escolástica del contrabajo y logró más fluidez y destreza en el instrumento. “La ignorancia es valiente y cuando uno comienza a estudiar se da cuenta de todo lo que le falta por aprender”, comenta este músico catalán que en la actualidad hace parte de la nómina de la Orquesta Sinfónica de Barcelona.
“La música, en valores absolutos, representa el lado más humanístico de las artes porque a través de ella se pueden tratar muchos aspectos de la personalidad de un ser humano. Por ejemplo, si todos pudiéramos expresarnos bien con las palabras, todos seríamos poetas y por eso la música es la herramienta para exteriorizar una realidad visceral que no se puede transmitir con palabras”, afirma Jonathan Camps, cuyo próximo reto es interpretar un concierto para contrabajo escrito exclusivamente para él.
No tiene ningún registro sonoro porque no comparte el concepto del disco. Para él es una herramienta de consulta que tiene la posibilidad de cambiar, repetir, cortar, montar y perfeccionar, con lo que se pierde la magia del momento que está viviendo el solista o la orquesta. Y es que este contrabajista sólo aceptaría realizar una producción si se graba en vivo y si él tiene la oportunidad humana de equivocarse. No le gusta la perfección garantizada, prefiere aquella sensación de verse reflejado en su instrumento.