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Un día para recordar la poesía de Emily Dickinson a través de sus cartas

Hoy se cumplen 195 años del natalicio de la gran poeta estadounidense. Mirada a su legado a través de “Cartas”, libro editado en Colombia por el sello Lumen.

Nicole D´Amonville Alegría * / Especial para El Espectador

10 de diciembre de 2025 - 11:00 a. m.
Emily Elizabeth Dickinson fue una poeta estadounidense, ​ su poesía apasionada la ha colocado en el reducido panteón de poetas fundamentales estadounidenses junto a Edgar Allan Poe, Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman. Nació el 10 de diciembre de 1830, en Amherst, Massachusetts, Estados Unidos y murió allí el 15 de mayo de 1886. / Archivo
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Una Carta es una alegría de la Tierra – denegada a los Dioses. EMILY DICKINSON

En pocos poetas vida y obra son tan indisociables como en el caso de Emily Dickinson. «Pensé que ser un Poema uno mismo impedía escribir Poemas, pero percibo el Error», escribió la poeta norteamericana al escritor liberal y excoronel Thomas W. Higginson, al que ella elegiría, poco después de cumplir treinta años, como único «preceptor». La obra de Dickinson, que conforman en igual medida los poemas y las cartas, es densa como su vida interior —por eso hay que leerla en pequeñas dosis—, sin embargo su vida exterior fue de lo más austero. «Mi vida ha sido demasiado sencilla y disciplinada para avergonzar a nadie», informó por carta a su preceptor en 1869, anticipando la primera visita de Higginson a Amherst.

De todos es sabido que Dickinson se fue recluyendo poco a poco en el hogar paterno: según los testimonios de quienes la conocieron, hablaba a las pocas visitas que recibía a través de una puerta entornada; sin embargo, nunca negó su presencia a los niños, a los que, siempre según el testimonio de segundos y de terceros, bajaba pasteles y golosinas por la ventana en un cesto amarrado a una cuerda. Fue Samuel Bowles, el director del Springfield Republican, quien, dolido porque Dickinson no «quiso verle», la tildó en una ocasión de «reina reclusa», de ahí en parte la reputación que la ha acompañado hasta el día de hoy. Sin embargo, esta definición no debe confundirnos: gracias a la reclusión física Dickinson pudo explorar, desde su «mágica cárcel», la naturaleza humana y divina con una extraordinaria apertura intelectual, espiritual y erótica, y dar su mensaje al mundo con portentosa prodigalidad.

El aislamiento de Emily Dickinson fue paulatino. Antes de su encierro, viajó y se relacionó con los compañeros de clase, con jóvenes tutores de la universidad, amigos de su hermano Austin, y con los estudiantes y licenciados que Edward Dickinson, el padre, dejaba en compañía de su esposa y sus dos hijas cuando, durante la ausencia de Austin, distintos quehaceres, en su mayoría políticos, le llevaban a viajar a Boston o a Washington. Además, la familia Dickinson era muy influyente en Amherst (una pequeña localidad cerca de Boston y un centro educativo que giraba en torno al Amherst College), y en la casa paterna, conocida como el Homestead o la Mansión, se reunían destacadas personalidades, lo que más tarde ocurriría también en The Evergreens (la casa vecina donde vivirían Austin y su esposa Susan). Allí acudirían personalidades de la cultura norteamericana como Ralph Waldo Emerson, aunque por aquel entonces Dickinson ya estaba del todo confinada en su casa y no acudió a la casa vecina para conocerlo.

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Cuando, poco antes de cumplir treinta años, la poeta se confinó en el terreno paterno, el aislamiento fue relativo y estrictamente físico: Dickinson mantuvo contacto por escrito con una gran variedad de personas, que no solo incluían a aquellas más cercanas a ella (como su cuñada Susan, a la que confió el mayor número de poemas), sino también a clérigos, editores, biólogos, escritores y artistas. Además, mantuvo el contacto con el mundo a través de los periódicos y de los libros (su padre tenía una gran biblioteca). Como Lezama Lima, que solo salió de Cuba en dos ocasiones pero que viajaba en el pasillo de su casa, Dickinson menciona lugares muy apartados geográficamente como si los conociera de primera mano. Por ejemplo en el poema «Tus riquezas me enseñaron pobreza»,1 donde nombra «Buenos Ayre» (con su especial ortografía), «Perú» e «India». «Cerrar los ojos es Viajar —escribe a la señora Holland en 1870, y añade—: Las Estaciones lo entienden.»

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Como ha señalado Ted Hughes, Dickinson escribió en una época de transición en todos los aspectos —el viejo calvinismo de Nueva Inglaterra libraba una batalla abierta contra el espíritu de la nueva era y los revivals puritanos se extendían por todo el país, la guerra civil amenazaba con dividir la nación y las tribus indias esperaban con sus búfalos en las praderas vírgenes, mientras Darwin escribía sus capítulos y las vías férreas empezaban a surcar el país— y, a pesar de su encierro, su poesía es paradójicamente un fiel reflejo de las fuerzas disonantes que estaban deshaciendo y rehaciendo Estados Unidos. El inmenso amor a la vida y a los suyos fue la razón por la que Emily Dickinson escribió más de mil setecientos poemas y más de mil cartas (a veces en forma de notas y misivas breves entregadas en mano) que hasta el día de hoy tienen el poder liberador de quien lo ha pensado todo por sí misma, hasta las últimas consecuencias.

Edward Dickinson, un hombre tan autoritario como respetado, poseía, en palabras de su hija, un corazón «puro y terrible» sin igual, y Dickinson le tenía una profunda devoción. Él representaba y mantenía unido el hogar, que sería de capital importancia para la tímida e hipersensible Emily Dickinson como lugar seguro y verdadero, un cobijo frente al gran y terrible mundo exterior. «El Hogar es algo sagrado —escribió la futura poeta a su hermano en 1851—, ninguna duda o desconfianza puede traspasar sus benditos portales.» La madre, Emily Norcross, era una mujer sumisa, depresiva y distante, incapaz de aportar solaz a sus hijos. La poeta dijo a su preceptor cuando se conocieron: «Nunca tuve madre. Supongo que una madre es aquella a la que acudimos cuando estamos preocupados». No obstante, con los años, aquejada de parálisis y de demencia senil, la madre «alcanzó en dulzura lo que perdió en fuerza».

Dickinson quizá heredara de su madre el amor a las flores: ambas mujeres dedicaban varias horas al día al cuidado de los diversos especímenes que contenía el invernadero adosado a la casa. De niña, estudió botánica en la escuela y, hacia 1845, empezó a confeccionar un herbario en el que reunió y clasificó entre cuatrocientas y quinientas flores salvajes y cultivadas. Sus padres le permitían salir a «pasear y deambular por los campos» en busca de nuevos ejemplares para su colección porque pensaban que el aire libre favorecería su precaria salud (padecía bronquitis constantes). Desde entonces Dickinson acompañaría sus cartas casi siempre con flores secas entre las páginas. De mayor recordaría aquel tiempo como una época de libertad «masculina» que estaba vedada a las mujeres.

Dickinson, que fue una joven activa y llena de vida, se encerró a los treinta años en la casa paterna y ya no salió. No obstante, mantuvo el contacto con los seres queridos a través de sus cartas, tan cuidadosamente elaboradas como sus poemas.
Foto: Cortesía

El hogar familiar incluía a Austin, abogado de profesión, coleccionista de cuadros (Dickinson alude a la pintura en muchos versos y cartas) y paisajista aficionado, que a la muerte de su padre asumió las responsabilidades en la universidad, la ciudad y la familia, y a Vinnie, tres años menor que Dickinson, que tampoco se casó nunca y que, aunque visitaba a más amigos y parientes que su hermana, estaba casi siempre en casa. Vinnie, que lo era «todo» para Dickinson, estaría cada vez más orgullosa de su hermana: gracias a su tesón se publicó el primer poemario póstumo de la poeta. Eventualmente, el hogar incluiría a Susan Gilbert, que se casaría con Austin en 1856 y, de manera más amplia, a todos los seres queridos. Sin embargo, aunque el «hogar» nunca designó el hogar en el cielo de los calvinistas, con el tiempo la palabra fue adquiriendo nuevos significados. Durante la primera visita de Higginson a Amherst, Dickinson le preguntó: «¿Puede decirme qué es el hogar?». Y a la muerte del padre, escribió a su preceptor: «El Hogar está tan lejos del Hogar, desde que murió mi Padre». A partir de entonces, Dickinson se referirá al hogar para designar ora la casa del corazón (como en las cartas al juez Lord), ora la del alma, como en el poema que escribió a la muerte de Bowles (citado más abajo), ora la tumba, como en el poema propiciado por la muerte de la hija de Higginson, incluido en esta selección de cartas.

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En mi introducción a Emily Dickinson, 71 poemas (Lumen, Barcelona, 2003), escribí que Dickinson había elegido para sí misma una vida de autoprivación, en todos los sentidos. Ya de adolescente, en una carta a su antigua compañera de clase Abiah Root, la futura poeta destaca la «autonegación» de los responsables del museo chino que visitó en Boston, y en la misma carta es patente su preocupación por el paso del tiempo y la necesidad de aprovecharlo mejor: «Luchemos juntas por desprendernos del tiempo más a regañadientes, por observar las alas del momento fugaz hasta que se vean borrosas a lo lejos y el nuevo momento entrante reclame nuestra atención». En una carta de 1850 a la misma amiga, Dickinson parece haber aprendido la alquimia de transformar la aflicción en beneficio, la pobreza en riqueza, la privación en victoria.

Emily Dickinson desechó desde muy joven el orden social establecido en familia, religión y Estado. Sin embargo, no descarta las palabras pertenecientes a estos tres campos semánticos, sino que las resemantiza y «sentido asombroso destila / de Ordinarios Significados».2 En una carta de juventud escribe a Abiah: «Dios me guarde de lo que llaman hogares, ¡salvo ese luminoso de la “fe”!». Por esta frase podría parecer que Dickinson sabía desde muy joven que nunca se casaría, que el matrimonio convencional no era para ella. Muchos críticos, incluido Harold Bloom, dan por sentado que si el juez Lord, que pidió la mano de Dickinson en 1882, no hubiera muerto en 1884, la poeta se habría casado con él. Discrepo. No descarto la duda, un rasgo esencial de la psique de Dickinson con respecto a todo, pero solo hay que leer las cartas a Lord para ver que si ella admite el deseo que siente por el juez, defiende con mayor tesón su libertad.

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Varios poemas, escritos a partir de 1858, apuntan a un desengaño amoroso, lo que ha hecho correr mucha tinta sobre los supuestos amores de Dickinson: que si tenía tendencias lésbicas, que si estaba enamorada de Samuel Bowles, que si su verdadero amor, no correspondido, fue el reverendo Charles Wadsworth, el juez Lord o una persona no identificada. En mi opinión, estas conjeturas nos alejan de lo esencial, que es que a raíz de aquel desengaño Dickinson trasladó su pasión al único sustituto posible: el universo, en su aspecto divino. A partir de entonces, las nupcias son espirituales, como especifica el poema que la poeta manda a Samuel Bowles en 1861, «El título divino, es mío»,3 donde ella es «La Esposa sin el Signo» y la «Emperatriz del Calvario». Dickinson contrapone a la «elección» puritana lo que ella denomina su «blanca elección», expresión que aparece en el poema «¡Mío por el derecho de la blanca elección!»,4 que Franklin data en 1862, y que implica un voto de castidad tras las sagradas nupcias y una entrega total a la poesía, lo que se tradujo, exteriormente, en vestir solo de blanco, un blanco inmaculado (quienes la conocieron certifican que era siempre muy nítida en su apariencia). Son muchos los poemas y las cartas donde aparece la «nieve» referida a la pureza de la poesía.

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La identidad del «Maestro», al que Dickinson escribe cartas y poemas apasionados, ha sido hasta la fecha otro motivo de controversia entre sus críticos y traductores. ¿Quién era el Maestro? No creo que sea de gran relevancia saberlo, pero en mi opinión, a juzgar por las cartas y los poemas, a quien mejor sienta la designación es al reverendo Wadsworth, un hombre inescrutable, que habiéndose granjeado en su juventud la reputación de «poeta prodigio» (curiosamente, con influencias de lord Byron), renunció a la poesía para convertirse en un orador luminoso que impresionaba desde el púlpito a creyentes y no creyentes por igual (hasta Mark Twain lo oyó en San Francisco y quedó impresionado). Dickinson se refiere al reverendo como su «amigo terrestre más querido».

Tampoco estoy de acuerdo con Harold Bloom cuando, en su crítica de Dickinson, escribe que su vida pasional estuvo «en buena parte reprimida». Dickinson era tan apasionada que tendía a la idolatría («sálvame de la idolatría que nos aplastaría a los dos», escribe a Lord). En palabras de Austin: «Emily alargaba la mano con ansia, hasta con fervor, a cualquiera que encendiera la chispa». Y quienes encendían la chispa lo hacían por afinidad intelectual, «el único Hueso cuya Extensión cortejamos» (escribe ella en las cartas, usando el característico plural mayestático). Esto es patente en las cartas de juventud a Susan Gilbert, donde Dickinson declara por su amiga un amor tan desmesurado que teme por su propia salud mental. Sin embargo, la comunión con los espíritus afines es siempre parcial, y con los años la brecha se irá abriendo cada vez más. Dickinson descubre muy pronto que su camino es solitario porque es un camino no hollado, que ella misma va abriendo a medida que avanza hacia lo desconocido. Y debajo de la idolatría está el desapego. Tras un desencuentro con Susan en 1854, Dickinson escribe: «Pocos me han sido dados, y si los amo tanto que por idolatría me son arrebatados – me limito a murmurar “idos” y la oleada va a morirse en el azul ilimitado, y nadie salvo yo sabe que uno se hundió, hoy».

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El desencuentro entre las amigas fue motivado por una divergencia espiritual y ninguna de las dos estaba dispuesta a claudicar: «Aunque en el último día el Jesucristo al que tú amas observe que no me conoce —escribió Dickinson a Susan—, hay un espíritu más oscuro que no repudiará a su niña». Es muy probable que el «espíritu más oscuro» designara la brujería que, ya desde entonces, Dickinson asocia con la poesía, como consta en una de las primeras cartas a Higginson: «¿Podría decirme cómo crecer – o es eso intransmisible – como la Melodía – o la Brujería?». Y la brujería es obra del amor, como explicita en una carta a Lord: «Cupido enseñó Jehová a muchas mentes legas – la Brujería es más sabia que nosotros». En última instancia, la poeta asocia la brujería con el misterio del más allá que solo uno mismo puede cortejar, a solas. Así leo el poema que Dickinson incluye en una carta a sus primas Norcross, dos años antes de su muerte:

Marcharse de un mundo conocido

a uno que es misterio todavía

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es como la adversidad del niño

cuyo horizonte es una colina,

tras la colina está la brujería

y todo lo que ignora,

¿pero compensará el secretoel escalarla a solas?5

Como apunté en mi introducción a los poemas, existen, en mi opinión, pese a la distancia temporal y geográfica que las separa, ciertas afinidades entre Emily Dickinson y la poeta mexicana sor Juana Inés de la Cruz. En materia de amor, el ideal de Dickinson era afín al de sor Juana, para la que «el amor más alto es aquel que no pide correspondencia». Todos los amores de Dickinson fueron no correspondidos: o miembros de su familia, o mujeres heterosexuales u hombres casados. Y, desde luego, a Dios, que está en todas partes y en ninguna, que es para sor Juana «centro y circunferencia a un tiempo», dos substantivos muy frecuentes en Dickinson, no puede pedírsele que corresponda. El Dios que emerge de los poemas y las cartas de la poeta de Amherst es un Dios que no responde, un Dios no revelado que resulta tan inaccesible en la naturaleza como en la doctrina.

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Con frecuencia Emily Dickinson se pone de lado de los menesterosos, y cuestiona a Dios sobre la economía de Su creación. Emulando en cierto modo a la Deidad, Dickinson eligió para sí la economía, no solo creativa, sino también la del deseo. Identifica de tal manera la distancia con el deleite, que los objetos de su deseo no son solo distantes, sino que a menudo se alejan antes de su consecución: «El sueño más cercano se aleja incumplido».6 Para el ojo del deseo el mundo es centrífugo: todas las cosas vuelan hacia la circunferencia. En las cartas, particularmente las dirigidas al juez Lord, abundan ejemplos de anhelo y de renuncia que acaban resultando en ganancia. Cuando un objeto ha sido magnificado por el deseo no puede ser poseído enteramente por el apetito: «¿No sabes que cuando más feliz eres es cuando retengo y no otorgo?», escribió a Lord.

Dickinson afirma a unos y otros que su «Tarea es la Circunferencia», su «tarea es amar» y, en boca de un pájaro hembra, repite: «Mi tarea es cantar». Canta porque está asustada «como hace el Niño junto al Cementerio». Con una metáfora espacial dio una definición personal del Cielo. «El Cielo —dijo— es lo que no puedo alcanzar.» El padre fallecido se convirtió en una «Pausa del Espacio». Y, a la muerte de la escritora Helen Hunt, Dickinson compara el cielo con una prisión, diciendo que quizá la difunta «aprenderá las Costumbres del Cielo, como el Prisionero de Chillon el Cautiverio». Sin embargo, como la verdad para Dickinson es siempre provisional y cualquier aseveración esconde su contrario, de la misma manera que muchos poemas están escritos desde la tumba, otras veces la poeta parece estar escribiendo directamente desde el Cielo: «en lugar de ir al Cielo, a lo último – / voy yendo todo el rato».7

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Dickinson era una poeta profundamente religiosa, quizá «la poeta religiosa más grande de Estados Unidos», pero su religión no fue el calvinismo de sus familiares y amigos, tampoco fue ninguna religión exótica, ni siquiera abrazó el trascendentalismo que preconizaba Emerson, sino que, fiel a sí misma, escribió sus propias Sagradas Escrituras. Hurgó en el lenguaje (esa «Filología amada») hasta dar con la verdad: su verdad. «La verdad es algo tan raro —dijo a Higginson—, que es una delicia decirla.» Cuando Dickinson manda los primeros poemas a su preceptor, le pide que por favor le diga «¿qué es verdadero?» y, tras la primera crítica de Higginson, segura de la veracidad de sus versos, ella contesta: «Su primera [carta] no causó deshonra, porque los Verdaderos – no se avergüenzan».

Aunque Dickinson nunca se convirtió, a pesar de las oleadas de conversión que se extendían por el país, mantuvo siempre vivo el problema de la fe. «La abdicación de la Creencia / rebaja la Conducta – / mejor un ignis fatuus / que lucerna ninguna», escribió en el poema «Aquellos que entonces morían».8 Al mismo tiempo demasiada certificación es una afrenta a la fe. Hay que decir la verdad, pero sesgada, porque el misterio es sagrado y «lo abierto venera lo cerrado». Quizá el enigma sea la única certeza, la única prueba de lo Hondo y de la vida inmortal del espíritu, como escribió a la muerte de Samuel Bowles:

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Aunque duerman las grandes Aguas,

que son lo Hondo todavía,

no podemos dudarlo –

ningún Dios vacilante

incendió aquel Hogar

para Apagarlo.

En cuanto a la patria, Dickinson no puede ser más explícita cuando en 1869 escribe a Higginson, quien reparó que la poeta vivía sola: «Para un Emigrante, el País es huero salvo si es el propio». La frase evoca el verso de Marina Tsvietáieva «poetas – judíos» que Paul Celan hizo célebre al retomarlo y declarar «todos los poetas son judíos». (Existen claras concordancias entre Dickinson y la poeta rusa: ambas mujeres son tan apasionadas como concisas y ambas hacen un uso musical de los guiones ortográficos, de modo que la nota o el acorde (la palabra o la frase) que antecede al guión queda sostenida hasta que nace la palabra siguiente, lo que provoca una aceleración psíquica, y al mismo tiempo, paradójicamente, una sensación de inmediatez. El procedimiento recuerda la lucha de Dickinson contra el paso del tiempo, mencionada más arriba.) Y la poeta insiste con el mismo Higginson, cinco años más tarde: «¿Es al Intelecto que se refiere el Patriota cuando habla de su “Tierra Natal”?».

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Los años de mayor producción poética de Emily Dickinson coincidieron con la guerra civil, que aparece de soslayo en sus poemas («La guerra se me hace un lugar oblicuo», escribió al coronel Higginson), pero por su obra inferimos que las únicas noticias que le afectaban profundamente concernían a los suyos, parientes y amigos, incluidos los libros, «esos amigos cautivadores» que son, quizá, «las Inmortalidades». En 1870, durante la guerra francoprusiana, Dickinson deja claro a su amiga la señora Holland que las «Noticias» que son un milagro son las de ella, ¡y no las de «Bismarck»! Y en una carta a Higginson, escrita durante la primera estancia de la poeta en Boston para tratar un problema ocular, Dickinson incluye la primera estrofa del poema «Las únicas nuevas que conozco»,9 donde estas son «Boletines todo el día / de la Inmortalidad» y que, dado el contexto, aluden a Shakespeare.

La inmortalidad es un tema recurrente que la poeta no afirma ni niega, y es indisociable de la muerte, es la otra cara de la misma moneda. Si por un lado insiste en la permanencia —«Que somos permanentes temporalmente, es cálido saberlo, aunque no sepamos más», escribe a las primas Norcross un año antes de morir—, por otro le fascina el proceso físico de la muerte y la descomposición. En 1856, Dickinson escribe a su primo John Graves una carta primaveral en la que celebra la resurrección de la naturaleza sobre las huellas de la muerte: «Mucho de lo alegre – podría mostrar, si estuvieras conmigo, John, sobre esta hierba de abril – hay rasgos más tristes – aquí y allá, alas mitad convertidas en polvo, que tanto revolotearon, el año pasado – una pluma enmohecida, una casa vacía en la que residió un pájaro. Donde las moscas del año pasado hacían sus recados, ¡y los grillos del año pasado cayeron!». Y a continuación, añade que la muerte también les espera a ellos dos, y se debate entre la seriedad de la resurrección, que «no es asunto de colegial» y la «presunción» que es «esta prometida Resurrección».

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Al morir su padre, Dickinson escribe a su preceptor: «Me alegra que exista la Inmortalidad – pero la hubiera ensayado yo misma – antes de encomendarlo a él». No es la muerte en sí la que la asusta, sino la pérdida de los seres queridos. Años antes había escrito al mismo: «Quizá la Muerte – me infundió un temor reverencial por mis amigos – al golpear seco y temprano, porque desde entonces los he tenido – en un amor quebradizo – de más alarma que paz». La mortalidad infantil era muy elevada en aquella época, y no solo la infantil: con frecuencia las mujeres morían en el parto, y las epidemias de tuberculosis, fiebre tifoidea y otras dolencias, entonces incurables, diezmaban la población. Y siempre, detrás de la muerte, surgía la eterna pregunta: ¿hay vida más allá de la muerte? Dickinson nunca dudó de la inmortalidad en esta vida, puesto que los muertos siguen viviendo en el recuerdo de los vivos, e incluso, al comparar esta vida con la venidera, como en el poema «La vida que tenemos es muy grande»,10 concluye que «la más mínima extensión del Corazón Humano la reduce a nada».

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Tras la muerte de un ser amado Dickinson iniciaba la correspondencia con el viudo o la viuda, o con un amigo o una amiga común, a fin de mantener viva la memoria del difunto. En última instancia, la eternidad en esta vida se da en la memoria, como escribió a Susan: «Muéstrame la eternidad, y yo te mostraré la memoria».11 La fe es duda y el misterio solo es soluble con la muerte. Mientras tanto «hay que alimentar el interrogante». «Morir es una Noche salvaje y un Camino nuevo», escribe la poeta a su «primo Peter» en 1869. Sin embargo, si no tenía certezas, confiaba en la fuerza del amor y esperaba reunirse con los seres queridos en el más allá. En los últimos años, a medida que se iban sucediendo las muertes de los suyos, y sobre todo después de la muerte de su sobrino Gilbert, que solo tenía cinco años y de la que nunca se recuperaría, parece que algo parecido a una certeza se abrió paso en ella. Nunca creyó en la resurrección de la carne, ni en el Jehová dictatorial, «el Diocesillo con Epaulettes», pero sí en la «Deidad». En una carta a Susan, propiciada por la muerte de Gilbert, escribe que «Se ha cumplido la Visión de la Vida Inmortal», y en su honor compone el poema:

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Pasa a tu Cita de Luz,

sin Punzadas, salvo para nosotras –

que vadeamos despacio el Misterio

¡que de un salto tú has salvado!12

Dickinson no era una esteta. Lo que la ocupaba era la cristalización de una visión o de una verdad en el lenguaje: la palabra adecuada era prioritaria a la normativa técnica establecida. De ahí que, frente a las primeras críticas de Higginson de sus rimas «extrañas», ella se niegue a renunciar a las «Campanillas, cuyo tintineo» refresca sus «Pasos en la Marcha». Y en la carta siguiente a su preceptor, escribe: «Mi Tarea es la Circunferencia – una ignorancia, no de Costumbres, pero si me sorprenden con el Alba – o el Crepúsculo me ve – Yo misma el único Canguro entre la Belleza, Señor, si no le importa, me aflige, y pensé que la instrucción me liberaría».

Ella vivía sus poemas, no solo los pensaba; pagaba por ellos en sufrimiento y en éxtasis. Le gustaban la precisión y los detalles más nimios pero sólidos, y su principal honestidad radicaba en descubrir los hechos de su experiencia interior. Describió los fenómenos de su propia conciencia con la misma precisión y la misma frescura con que describía a una serpiente o a un pájaro.

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Entre las lecturas asiduas de Dickinson se cuentan la Biblia y Shakespeare: libaba de ambas fuentes por igual. Si de Shakespeare aprendía las posibilidades de la lengua inglesa (aplicando el uso de palabras de origen latino para las ideas y el sajón para las percepciones), la Biblia constituye la base de su mitología. El léxico de Dickinson es una mezcla de provincianismos, del gran abanico de palabras de rango, tales como «imperial», «soberana», «dominio» propias de Shakespeare, del vocabulario teológico de la Biblia y de los oradores protestantes, de la terminología legal y financiera que aprendió de su familia y allegados, y del léxico científico y tecnológico propios de la época. Además de Shakespeare y de la Biblia, sus lecturas abarcan a los poetas que leyó en la escuela, tales como Burns, Marvel y Longfellow, y más adelante leería principalmente a Emerson, Wordsworth, Keats, Shelley, los Browning, Hawthorne, Dickens, George Eliot, las hermanas Brontë y lord Byron. En esta selección de cartas Dickinson alude al «Prisionero de Chillon» en dos ocasiones, la primera en 1861 y la segunda más de veinte años más tarde, en la primavera de 1886, el año de su muerte, lo que demuestra que esta debió ser una lectura importante para ella, aunque hasta hoy ninguno de sus críticos la haya mencionado. ¿Sería de Byron de quien Dickinson aprendió el uso de los guiones?

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Dickinson aspira a que sus poemas sean «una Casa Embrujada» como lo es la naturaleza. De ahí que la suya sea una naturaleza animada, que no solo incluye el reino vegetal, animal y mineral, sino que también la máquina —la locomotora, la escopeta o el reloj— está animada y antropomorfizada. «Ned cuenta que el Reloj ronronea y que la Cocina hace tictac —escribe Dickinson a la señora Holland, y añade—: Hereda el ardor por la mentira de su Tío Emily.» El cambio de sexo no es accidental. Tanto en los poemas como en las cartas es frecuente que la poeta se otorgue a sí misma el género masculino, la única forma de estar en paridad con los hombres en un mundo machista. E igual de preciso es «el ardor por la mentira». Con esta aseveración Dickinson se designa como la gran fabuladora que es. «Es difícil no ser ficticia en un lugar tan bello», escribió a Higginson. Fabula su vida para salvaguardar la veracidad de sus versos. De este modo, escribe a su preceptor que solo ha hecho uno o dos versos antes de 1862 y que cuando se declara la «Representante del Verso – no significa – [ella] – sino una persona hipotética», y declara que su padre solo le dejaba leer la Biblia y que nunca había leído a «la señora Child».

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El mundo de Emily Dickinson está erigido sobre un orden jerárquico como el del Renacimiento clásico, donde la naturaleza animada y la naturaleza inanimada, la humanidad y la divinidad tienen sus lugares asignados. El Rey suele ser su amado ausente; la Reina es ella, aunque sea la «Emperatriz del Calvario». Aurora Leigh, el largo poema narrativo de Elizabeth Barrett Browning, que trata del desarrollo de una mujer poeta, desempeñó un papel formativo en Dickinson, y es muy probable que A Vision of Poets, también de Browning, contribuyera a afianzar en ella la noción de la realeza de los poetas al exponer la visión de un panteón de «poetas reyes» (que incluyen a una mujer, Safo) y presentar la poesía como análoga a las Sagradas Escrituras, siendo los poetas los santos y los mártires.13

Emily Dikinson era de constitución frágil y enfermiza, pero tenía una fuerza interior, que con los años se fue consolidando, de tal manera que la «Reina Reclusa» se convirtió en el pilar que sostenía a los suyos en sus tribulaciones. Dickinson era juguetona, no tenía ni pizca de autocompasión y jamás se quejaba. De cara a los demás, resultaba siempre alegre. Tenía asimismo mucho sentido del humor, y es que, como decía el sabio africano Amadou Hampâté Bâ, y que bien podría haber dicho Dickinson: «Lo serio, si demasiado serio, no es serio». Con una mezcla de humor y de sarcasmo, escribe a su preceptor: «En cuanto a “rehuir a Hombres y Mujeres” – hablan de cosas Santificadas en voz alta – y avergüenzan a mi Perro». Sabemos que le gustaba mucho hacer pan y pasteles, hasta el punto de que el único pan que comía su padre era el que hacía ella. Tras la primera visita de Higginson, el coronel comenta a su esposa que la poeta le dijo que «“la gente ha de tener pudines”, y esto en un tono muy soñador, como si fueran cometas».

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¿Era Dickinson bipolar, como parece que lo fueron muchos grandes artistas, entre ellos Schumann, Coleridge, Byron y Van Gogh? No podríamos certificarlo, pero tendía a los extremos y repentinos cambios de humor la llevaban del éxtasis a la «Hora del Plomo» y a una «sensación de Alto» en el alma. En sus escritos la poeta a menudo teme por su salud mental y llama a su estado anímico «Medianoche a Mediodía». El mismo Higginson comenta a su esposa: «Nunca estuve con nadie que me haya drenado tanta energía. Sin tocarla, me exprimía. Me alegra no vivir cerca de ella». En cualquier caso, la reclusión en una persona tan apasionada como Dickinson debía magnificar cualquier excitación en una explosión, una «Bomba» bailando al sereno y columpiándose «sobre las Horas»,14 y sus poemas, aunque describan el desespero, transmiten esperanza, quizá porque, como ha señalado Robert Frost, la felicidad compensa en altura lo que le falta en duración. A menudo la poeta se compara con un volcán. Consciente del poder de sus palabras, mide los vocablos y los separa mediante comas y guiones, que aíslan hasta las sílabas. En la primera carta al Maestro escribe: «Vesubio no habla – Etna – no lo hace – [ellos] (uno de ellos) – dijo una sílaba – hace mil años, y Pompeya la oyó, y se escondió para siempre – No pudo mirar al mundo a la cara, después – supongo – ¡Vergonzosa Pompeya!».

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Dickinson sentía una profunda reverencia por el lenguaje, que incluía cada palabra, cada sílaba, cada vocal, cada acento. Esto es patente en los manuscritos, donde la caligrafía cambia con los años, de modo que las palabras están cada vez más separadas unas de otras y hasta las letras dejan de estar ligadas, y donde la disposición en la página recuerda la de los versos. Podría decirse que trasladó su aislamiento físico a las palabras. Dickinson sabe que la escritura es «dura» y que «magulla», como escribe a su primo Peter: «Nos magullamos menos el uno al otro hablando que escribiendo, porque un acento manso ayuda a las palabras, en sí mismas demasiado duras». A su muerte, apareció entre sus papeles la siguiente variante de una carta enviada a Higginson: «¡Qué Peligro es un Acento! Cuando pienso en los Corazones que ha barrenado o hundido, casi temo alzar la Mano hasta una mera Puntuación».

Finalmente, el amor es todo lo que hay.

Que amor es cuanto hay

es cuanto de Amor sabemos,

con eso basta, debiera ser la carga

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proporcional a la ranura.15

Y el amor, como diría Rilke medio siglo más tarde, es quizá lo más difícil y requiere mucha paciencia, algo que Dickinson aprendió de joven. En una carta de juventud, Dickinson describe a su amiga Abiah el bien que ella deriva de la autodenegación: «El ganar espíritu de paciencia». El amor es tan misterioso que pronto ocupa el lugar de la «Deidad» en el universo. Escribe Dickinson a Susan, que acababa de perder a su segunda hermana, en 1865:

Los Amados no pueden – finar –

porque el Amor es Inmortalidad –

no – es Deidad –

Dickinson vivió toda su vida «placenteramente ubicada en alta mar». No es que no conociera la angustia y el miedo, sino que aceptándolos, estudiándolos y nombrándolos, se hizo dueña de su desesperación: solo así podía aportar solaz y consuelo a los suyos y, por extensión, a nosotros, sus lectores. A la muerte de Hatty, hermana de Susan, Dickinson se expresa de la siguiente manera: «Debes dejarme ir primero, Sue, porque yo vivo en el Mar siempre y conozco el Camino. Me hubiera hundido dos veces para impedir que tú te hundieras, querida. Si al menos hubiera podido taparte los Ojos para que no vieras el Agua».

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Sabemos que Dickinson no publicó, no «imprimió», como le gustaba decir a ella. No obstante, sus poemas circulaban: a menudo mandaba el mismo poema a distintas personas, adaptando según el destinatario una palabra o un verso, y corrigiendo para afinar el sentido (de ahí que todos sus poemas tengan varias versiones), y no mostraba el menor interés por rastrear los textos exactos que mandaba, aun cuando estos procedían de los fascículos (a su muerte se encontraron en un cofre cuarenta fascículos, noventa y ocho folios sin coser y setecientos u ochocientos manuscritos individuales, algunos de ellos sin terminar). No obstante, por lo menos diez poemas fueron publicados, anónimamente, de la mano de sus amigos, pero aparecieron tan corregidos y adaptados al gusto del momento que Dickinson parece haberse resignado a la posteridad.

Es probable que la negativa opinión que tenía Edward Dickinson de las mujeres escritoras que hacían «públicos» sus escritos también influyera en la decisión de su hija de no publicar puesto que, por rebelde e independiente que fuera ella, sentía veneración por su padre. Sin embargo, la fama le preocupaba. Prueba de ello son los múltiples poemas sobre este tema (por ejemplo, «Fama de Mí, que justifique»16 o «Por inmortalidad obran algunos»17). En 1861 escribió a Susan que esperaba lograr que «algún día» sus paisanos estuvieran orgullosos de ella. En una de las primeras cartas a Higginson, escribe: «Sonrío cuando sugiere que aplace “publicar” – porque eso es tan foráneo a mi pensamiento como el Firmamento a la Aleta». Y en el párrafo siguiente, continúa: «Si la fama me perteneciera no podría escapar de ella – si no fuera así, el día más largo me dejaría rezagada en la persecución – y la aquiescencia de mi Perro me abandonaría – luego – Mi Rango – Descalzo es mejor». La frase parece pronosticar la «blanca elección».

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El tipo de fama que Dickinson busca no es la temporal sino la imperecedera. Y por encima de todo está el candor, la «única vileza», en sus propias palabras, que está permitida al poeta. En una carta al escultor Daniel C. French, que acababa de recibir los honores por su escultura del fundador de la Universidad de Harvard, Dickinson escribe socarronamente, dos años antes de su muerte: «Descubrimos con deleite la reciente adquisición para su fama y nos apresuramos a felicitarle por un honor ganado tan reverentemente». Y en los dos párrafos siguientes añade: «El éxito es polvo, pero un fin renovadamente tocado por el rocío. ¡Que Dios le mantenga fundamental!». Termina la carta con un poema que, en este contexto, adquiere otro significado, puesto que aquí la «Circunferencia» parece designar al mismo tiempo la poesía (o el arte en general) y la fama, que «justifica» y corona lo fundamental:

Circunferencia, tú, Novia del Pasmo,

poseyendo serás

poseída por cada Caballero aureolado

que se atreva – a codiciarte.

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Aunque Higginson nunca entendió del todo a la poeta de Amherst es a él, con la asistencia de Mabel Loomis Todd (y el entusiasmo y la diligencia de Vinnie), a quien debemos la primera edición póstuma de los poemas en 1890. La edición tuvo tal éxito que nuevas ediciones se sucedieron en 1891 y 1896. Todd fue la primera en publicar una selección de las cartas en 1894.

A juzgar por la poesía y las cartas está claro que la decisión de Emily Dickinson de vivir su vida terrenal como una reclusa tuvo el efecto contrario en su vida poética: permitió el estudio detallado de la naturaleza, exterior e interior a un tiempo, con la máxima libertad. Se trata de que, como escribe la poeta a su preceptor, «cada Mente sea ella misma, como un Pájaro distinto». Este es su don al mundo, su carta (un privilegio terrestre), como expresó en el poema «Esta es mi carta al mundo»:18

Esta es mi carta al Mundo

que nunca me escribió a Mí –

las sencillas Nuevas que Natura contó –

con tierna Majestad

Su Mensaje está encomendado

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a Manos que no vi –

Por amor a Ella – Dulces – paisanos –

juzgadme tiernamente – a Mí.

No ha sido fácil hacer la selección, que responde a criterios casi estrictamente literarios, no biográficos. Las cartas inspiradas son muchas. He procedido, como con los poemas, eligiendo aquellas cartas que en el momento de la selección cautivaron mi atención y, a diferencia de la mayoría de las traducciones existentes, que están ordenadas por destinatarios, he dispuesto mi selección en orden cronológico. Esta edición incluye muchas cartas que, tal vez por su dificultad o por ser los destinatarios menos importantes, no han sido traducidas a ningún idioma hasta la fecha. He dividido las cartas en cuatro grandes períodos:

I (1842-1857). Son años de la primera juventud, cuando Dickinson se va formando como poeta y aparecen los temas a los que regresará una y otra vez en sus versos. Dominan las cartas a Austin, a Susan y a los compañeros de clase. He incluido la primera carta, escrita en 1842, cuando Austin estudiaba fuera, donde ya es patente el amor que Dickinson tiene a las palabras y donde se esboza el que sería su estilo tan característico. En estos años, Dickinson no solo hizo frecuentes viajes, sino que trabó amistad con jóvenes abogados y letrados que afianzarían su vocación, en particular con Benjamin Newton, que regaló a su amiga los poemas de Emerson y vaticinó la inmortalidad de sus versos. La amistad entre la poeta y Susan, su futura cuñada, no solo se incrementó a raíz del matrimonio con su hermano, sino que se mantuvo toda la vida. En 1853 Dickinson conoció a los Holland, que visitaron Amherst aquel año, y trabó especial amistad con la señora Holland, a la que calificaría de «hermana», como había hecho con Susan. En 1855 Dickinson viajó a Washington con sus padres, pasando por Filadelfia, donde seguramente conoció al reverendo Charles Wadsworth.

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II (1858-1865). 1858 fue el año que Dickinson empezó a tomarse en serio la tarea de escribir poesía y a reunir sus poemas en fascículos. Ese mismo año conoció al editor Samuel Bowles, íntimo amigo de Austin y Susan, e inició la correspondencia con él. La sección se abre con la primera de las tres cartas al Maestro, el causante más probable del desengaño amoroso. Los años comprendidos entre 1861 y 1865, período que coincide con la guerra civil, fueron los de mayor producción poética (Dickinson escribió más de mil poemas). En 1861 nació Ned, el primer hijo de Austin y Susan, que captó toda la atención de Susan, con lo que la correspondencia entre la poeta y su cuñada cambió de tono y dejó de hacerse tan urgente. En este período Dickinson inició la correspondencia con las «primitas» Norcross. En 1861 ocurrió un cambio textual fundamental en la recopilación de sus poemas, ya que empezó a introducir en los fascículos lecturas alternativas, una práctica que mantuvo hasta que dejó de confeccionarlos en 1865, si bien siguió haciendo copias en limpio, no cosidas. En 1862 Dickinson estaba pasando por unas turbulencias emocionales de tal magnitud que temía perder la razón. Ese año Wadsworth se marchó a San Francisco y la poeta inició la correspondencia con Higginson.

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III (1866-1879). En estos años Dickinson, cuya reclusión era casi absoluta escribe un menor número de cartas y de poemas que en el período anterior: apenas existen cartas escritas entre 1867 y 1870. Además, las cartas se hacen cada vez más cortas, pero lo que pierden en longitud lo ganan en concisión. En mayo de 1870 los Holland regresaron de una estancia de dos años en Europa. En agosto de ese mismo año, tras varias negativas de la poeta de trasladarse a Boston para un encuentro, Higginson hizo la primera visita a Amherst. Entre 1871 y 1875 copió pocos poemas en limpio. La mayoría de los poemas que escribió en esos años y en la última década de su vida han sobrevivido en retazos de papeles, el dorso de sobres, panfletos publicitarios o papel de regalo. En 1874 murió Edward Dickinson, «el primer Misterio de la casa». Un año después la madre quedó inválida, y entre 1877 y 1878 Vinnie cayó enferma, con lo que la poeta estuvo muy atareada cuidando de su madre y de su hermana, y llevando la casa con la única ayuda de Maggie Maher, empleada de los Dickinson. En 1878 murió Samuel Bowles.

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IV (1880-1886). Estos últimos años están marcados por las muertes sucesivas, de ahí el tono elegíaco de las cartas. Además, existía una gran tensión entre las dos casas vecinas debido al romance extramatrimonial de Austin con Mabel L. Todd. En 1880 Wadsworth hizo una visita a Amherst, cuando vio a Dickinson por última vez: moriría en 1882, en Filadelfia. Esta muerte puso fin a una de las amistades más significativas en la vida de la poeta y motivó el inicio de la correspondencia con James Clark. Parece que el verano de ese mismo año Dickinson vivió un intenso romance con el juez Lord, que pediría la mano de Dickinson en 1882. El juez murió dos años más tarde, sin haber obtenido el sí de la poeta. Pero quizá la muerte del pequeño Gilbert en 1883 fuera la experiencia más atroz, de la que Dickinson no se recuperaría nunca. La muerte inesperada de Helen Hunt en 1885, la escritora norteamericana más célebre en aquel momento, que había ofrecido a Dickinson ser su albacea el año anterior, coincidió con la última y mortal enfermedad de Dickinson que, a partir de noviembre, tuvo que guardar cama durante largos períodos de tiempo. Tenía el lápiz siempre a mano, junto a su cama, y sus últimas palabras fueron para las primas Norcross: «Primitas, me reclaman».

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El universo de Dickinson es infinito, e infinitas son las posibilidades de traducirlo. Como afirmó Paul Valéry, un poema no se termina, sino que se abandona, y en la medida en que traducir poesía es reescribirla, lo mismo puede afirmarse de esta traducción (ya he señalado que Dickinson ponía el mismo empeño en las cartas que en los poemas y no hacía gran distinción entre ambos).

Como en la traducción de los poemas, hay en esta un respeto formal absoluto. He conservado las mayúsculas, los característicos guiones (he optado por los guiones medios en consonancia con los manuscritos, donde estos a menudo no cumplen una función gramatical, sino que corresponden a pausas del pensamiento) y las excéntricas comas, así como una sintaxis a veces muy elíptica y una gramática «defectuosa» (aunque en mucho menor medida que en los poemas), y he sopesado cada palabra, como hacía Dickinson, hasta dar con el «mot juste». Sabemos que Dickinson no dejaba nada al azar. «Vacilo sobre qué palabra tomar, ya que solo puedo tomar unas pocas y cada una ha de ser la más capital, pero recuerda que la transacción más gráfica de la Tierra ocupa una única sílaba, no, incluso una mirada», escribió a la señora Holland. La «transacción» es seguramente la muerte, a la que Dickinson alude en sus cartas como un «trueque».

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Un ejemplo de respeto formal es haber mantenido la construcción exacta de la frase «me agarré a una Silla que pasaba por aquí», que Dickinson escribió al juez Lord, cuando temió por su vida. Es una descripción exacta de lo que ocurre cuando uno se detiene y el mundo sigue girando. Una cosa es afirmar, como parte de una doctrina piadosa que el alma tiene el poder, con la gracia de Dios, de dominar la circunstancia, y otra cosa es descubrir personalmente, como hizo Emily Dickinson, que el mundo no es constante, que el poder de las cosas externas depende de nuestro estado mental, que el alma elige su propia compañía y que puede, si se le concede la fuerza, seleccionar un orden superior de conciencia que la vuelva finalmente invulnerable. Dickinson aprendió estas cosas siendo testigo de su propio espíritu bizarro.

Esta edición:

Para la traducción de las cartas, me he basado mayoritariamente en la edición de Thomas H. Johnson (Selected Letters, The Belknap Press of Harvard University Press, 1858 y 1971); para la datación y traducción de las tres «cartas al Maestro» me he basado en la edición facsímil de R.W. Franklin (The Master Letters of Emily Dickinson, Amherst College Press, Amherst, Mass. 1986), sin embargo he mantenido la numeración de Johnson (entre paréntesis) como referencia. Las fechas de las cartas en redonda corresponden a la mano de Emily Dickinson; las fechas en cursiva responden a la datación efectuada por Johnson.

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Para la traducción y la citación de los poemas, me he basado en la edición de R.W. Franklin, The Poems of Emily Dickinson, The Belknap Press of Harvard University Press, 1999. La numeración corresponde a Franklin. Para las citas bíblicas he utilizado la antigua versión de Cipriano de Valera.

NICOLE D’AMONVILLE ALEGRÍA

Barcelona, 19 de abril de 2009

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830-1886) nació en el seno una familia rica y puritana de Nueva Inglaterra. Estudió en la academia de Amherst y en el seminario femenino de Mount Holyoke, cerca de Boston, pero su delicada salud y su rebeldía religiosa la llevaron a abandonar el curso antes de tiempo. Poco después de su encierro, habiéndose reafirmado en su vocación poética, escribió al periodista y crítico Thomas Higginson para saber si sus versos «estaban vivos». Pero el genio poético de Dickinson estaba muy por encima de las capacidades de su pobre «preceptor», quien le aconsejó no publicar. Las primeras selecciones de sus poemas fueron editadas póstumamente. Paradójicamente, estas corrieron a cargo del arrepentido Higginson y de la escritora Mabel Loomis Todd. Sus poemas gozaron de un inmediato reconocimiento popular. La crítica tardaría todavía muchos años en concederle el lugar que merece en la historia de la poesía universal.

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Por Nicole D´Amonville Alegría * / Especial para El Espectador

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