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Octavio Paz en su artículo “Fernando Pessoa, el desconocido de sí mismo”, se refiere al poeta como “un hombre vacío que, en su desamparo, crea un mundo para descubrir su verdadera identidad. Toda la obra de Pessoa es la búsqueda de la identidad perdida”. Para el poeta “dramaturgo” lo real es ilusorio y la ilusión es realidad, es por esto que su búsqueda se forja en la incertidumbre, en la ausencia:
“El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. / Y los que leen lo que escribe, / en el dolor leído sienten / no los dos que el poeta tuvo, / sino el que ellos no tienen. / Y así por los carriles rueda / para distraer la razón, / ese trenecito a cuerda / que se llama corazón”. Autopsicografía.
La obra del portugués reivindica la mentira literaria y la máscara como artificio poético, porque sabe que es necesario mentir para decir la verdad. La literatura, la imaginación y esos amagues que llamamos palabras son los que finalmente posibilitan refundar la existencia; es a través de la poesía que podemos sublimar lo prosaico y conciliar las dicotomías. En la poesía de Pessoa se juega con los límites entre un mundo interior y un mundo exterior, el objeto y la persona, la realidad y la ilusión (o el sueño), y entre la identidad y la alteridad. En un juego de intertextualidad con Oscar Wilde y W. B Yeats, podemos ahondar en la configuración de la ilusión, la mentira y la máscara en el proyecto literario de Fernando Pessoa.
En su famoso ensayo “La decadencia de la mentira”, Wilde critica abiertamente la tradición literaria de su época acusándola de supeditar la obra de arte a la realidad. Lo que el autor propone es entender la supremacía del arte sobre la vida, pues su valor se encuentra en el rechazo a la realidad en favor de las mentiras y en el rechazo del rostro en favor de la máscara. Mentir es el propósito del arte.
En la carta a Adolfo Casais Monteiro, escrita el 13 de enero de 1935, donde se narra el origen de los heterónimos, Pessoa dice que desde su infancia lo invade un impulso de mentir, de crear mundos y personajes: “¿Cosas que suceden a todos los niños? Sin duda —tal vez—. Pero hasta tal punto las viví que las vivo todavía, puesto que las recuerdo de tal manera que es necesario un esfuerzo para hacerme saber que no fueron realidades. Esta tendencia a crear en torno mío otro mundo, igual a este, pero con otra gente, nunca se me ha ido de la imaginación”. Wilde, Yeats y Pessoa asumen la vida y la escritura desde la mentira, desde la pose. Precisamente es sobre esta noción de teatralidad que los tres levantan sus obras.
En el caso de William Butler Yeats, la influencia del teatro Noh fue crucial para dar forma a su propuesta teatral y literaria. En este drama musical japonés el actor pierde toda conciencia de su personalidad para convertirse en un médium. Se convierte en un canal por el que fluyen las emociones. Norman Jeffares dice que “la teoría de la Máscara de Yeats está basada en la antítesis del personaje, en las diferencias entre lo natural y una personalidad atribuida, es decir, en la contrariedad”. Esta idea es un eco de lo que ocurre en el teatro Noh. Antes de salir al escenario y frente a un espejo que se toma por lugar de reflexión, el actor sufre una doble negación. Primero se niega a sí mismo cuando se pone la máscara y después reconoce su imposibilidad; la máscara, por sí sola, no puede comunicar sin ese médium que es el actor.
Para Pessoa el poeta será mayor entre más impersonal y más dramático. En una carta dirigida a J. Gaspar Simões, el 11 de diciembre de 1931, dice lo siguiente:
“Sabe que, como poeta, siento; que, como poeta dramático, siento desligándome de mí; que, como dramático (sin poeta), transmuto automáticamente lo que siento hacia una expresión ajena a lo que sentí, constituyendo en la emoción una persona inexistente que la sintiese verdaderamente y por eso sintiese como consecuencia otras emociones que yo, puramente yo, me olvidé de sentir”.
La aceptación del fingimiento como regla del acto creativo y de la existencia se manifiesta claramente en Pessoa en la fragmentación heteronímica de su personalidad artística. Es a través de la despersonalización, de la creación de creadores que Pessoa se busca y se reinventa, porque como bien dice Octavio Paz: escribimos para ser lo que somos y lo que no. Si el poeta a través de la esencia de sus versos logra vislumbrar quién es, sólo logrará encontrarse con un desconocido: “No soy nada. / Nunca seré nada. /No puedo querer ser nada. / Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”. La identidad perdida del poeta se construye es a partir de la negación, pues al abandonar la identidad particular el poeta se permite abordar todas las posibilidades y todos los seres; al no ser nada se es todo al mismo tiempo. El sujeto se niega a sí mismo y se vuelve como bien dice Álvaro de Campos: “Cada uno y todo, y lo-que-es-más-que-todo”.
“Me multipliqué para sentirme, /para sentirme, necesité sentir todo, / me transbordé, no hice sino extravasarme, / me desnudé, me entregué, / y hay en cada rincón de mi alma un altar a un Dios diferente”. El pasar de las horas.
Los heterónimos de Fernando Pessoa se forjan precisamente en la ausencia y el vacío. Como los llama Suzette Macedo son “fingimiento de un fingimiento dentro de un fingimiento”. Son el retumbo de un llamado imposible por satisfacer: el yo es ausencia y por eso convocar su identidad es una tarea fallida. La verdad que busca Pessoa es indecible, pero es en este espacio de vacío donde es posible el acto poético; es sólo a través de la palabra que se intenta no sólo aprehender el misterio del universo, sino reconocer la imposibilidad de hacerlo.