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Un halo de esperanza en la selva del Chocó

Las calles no tienen cemento, ni allí ni en los varios kilómetros previos que conducen a las rutas para llegar a un territorio que vive en el abandono estatal. 

Henry Orozco

28 de noviembre de 2018 - 04:25 p. m.
Uno de los rincones del Río Viro, en el departamento del Chocó, uno de los centros de minería de la región. / Cortesía
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Un lugar que hasta hace unos años no registraba en el mapa de Colombia, y del que muy pocos colombianos reconocen su existencia. Y no, no se trata de un lugar mágico o paradisíaco, como en los cuentos de Disney, ni mucho menos de un espacio subalterno en el tiempo, como podría llegar a especularse con el Triángulo de las Bermudas; este, en cambio, es un corregimiento del municipio del Río Iró. Subsiste en medio de la selva chocoana y alberga una comunidad ribereña, con cerca de 1.500 habitantes, quienes a diario deben salir a explotar la minería ilegal, como sustento de vida.

A un costado de la iglesia —izquierdo si nos paramos a mirar al cristo que salvaguarda la fe de los iroceños, desde el portal principal del templo— vive Eli, un hombre de piernas frágiles y mirada penetrante, fuerte en su ausencia.  A Eli la minería le dio, en su mejor momento, el goce y el disfrute de los placeres de ejercerla, pero al que, sin contar con suerte, ni privilegio alguno, su oficio se le vino encima, ocasionándole graves lesiones que le imposibilitan movilizarse fuera de su cama. Es un hombre solo, quien busca ayuda y que durante una semana logró apartar el sentimiento de dolor, de soledad y de terror. Lo acompañó con pensamientos alegres, dibujando rostros en su memoria y recreando todas las acciones que, en las mañanas escuchaba anunciar mediante perifoneo por un grupo de voluntarios que llegaron a su corregimiento a transformar el día a día de esta comunidad, con actos de servicio, sonriéndole a cada mirada que se les cruzara.

Cuando abordamos el bus que conducía de Medellín al departamento del Chocó, no había vínculos entre nosotros ni lazos de amistad que nos ataran más allá de un “hola, ¿cómo estás?; qué bueno es ver qué te guste esto del servicio social”; pero, en realidad, bastó con llegar a tierra ajena de la nuestra para sentirnos como una familia. Supimos que comeríamos del mismo plato, que compartiríamos colchón y que dormiríamos bajo el mismo toldillo sin importar los malos hábitos que teníamos antes de conciliar el sueño.

Nadie, nunca, de los allí presentes imaginó antes de subirse a ese bus que, a tan solo quince horas de su hogar, podría estar viviendo una de las experiencias más significativas de su vida. Nadie, ninguno de nosotros contempló antes la posibilidad de querer detener el tiempo allí, en una comunidad de negritudes que les entregó más de lo que supuestamente ellos, los iroceños, recibirían con esto del gesto noble, del que muchos alardeamos cuando salimos a las calles a regalar un pedazo de pan.

Entrar a Viro Viro parecía una proclama anunciada.  Un escenario donde bajo los techos y ventanas descoloridas, los niños, las madres y los hombres cabeza de hogar, testiguaban con sus ojos pábilos el acto asistencial al que algunas veces se habían enfrentado; y es que, aunque parezca descabellado, las realidades politiqueras en nuestro país son bien pronunciadas, y hasta se desentierran los muertos para ponerlos a votar. Empero, este no era el suceso que convocaba a los 39 voluntarios que llegaban esa tarde de enero de 2018 al Chocó. Cada uno tenía bien claro que iba a reconocerse a sí mismo como un ser humano dispuesto a dar, sin esperar nada a cambio, un ser capaz de sacar de sí una versión más bonita, de reconfortar su esencia, su espíritu.

Hay quienes buscan la redención de su alma mediante actos religiosos, como el de consagrarse, internarse en un convento, un monasterio o realizar un retiro espiritual; otros tantos, lo hacemos partiendo del servicio social y la entrega, incondicional, hacia el ser.

A costas del río Iró, todos disfrutábamos correr, reír, danzar y untarnos de las culturas chocoanas que, nos regalaban, día a día, cada uno de los habitantes del corregimiento. Todos hacíamos cadenas humanas con los niños de esta población que, en pocas horas de estar allí, ya se habían convertido en una extensión de nosotros mismos: estrechábamos lazos, construíamos vínculos y compartíamos un pedazo de jabón de baño en el río, cada tarde, preocupándonos solo por no perderlo en estas aguas mansas para nuestro disfrute, pero feroces y turbias, manchadas por el hábito de subsistencia de una población que a diario se levanta a abastecerse del río y de la práctica ilegal de extracción de oro. Así, día a día termina acabando con las riquezas naturales que en Colombia poseemos y a las que no les damos prelación; pero, que valen más que todo el oro del mundo, si hacemos alusión a la vida.

***

Cerca de las cinco de la mañana empezaban a escucharse los primeros pasos, murmullos, chorros de agua caer de una coca de plástico y sonidos, tiritantes, como un soplido o succión, temblorosa, hacia adentro de los dientes, que sale de manera innata en los humanos cuando tenemos sensación de frío, y que emanaban algunos de los compañeros, citadinos, dispuestos a emprender la travesía del día a día. Tenían la convicción de dejar una huella en este territorio, que nos había acogido, y donde develaban ansias extremas por compartir con nosotros cada momento, cada día, a toda hora.

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Unos emprendían camino a la guardería, otros, a la escuela, al centro de salud, al salón comunal, o a las calles de Viro Viro a untarse de gente, de historias; todos con una misión clara: servir, entregar de sí lo mejor. Empezar con una sonrisa, unos buenos días, extender una mano y hacerle sentir a estas personas que no estaban solas, y que, para nosotros eran más importante de lo que podían imaginar en sus vidas. Muchos de los voluntarios eran profesionales de diferentes áreas del conocimiento. El equipo contaba con una integridad académica, que permitía socializar el modo, cada mañana, antes de salir de nuestro resguardo para integrarnos a las comunidades, a las familias, a sus culturas sin pretender irrumpir de manera negativa en ellas. Todo se tornó como un aprendizaje mutuo donde departíamos en conversatorios, charlas de prevención, salud, higiene bucal, cuidado de sí mismo, prevención al embarazo adolescente, trato adecuado con nuestros niños y adultos mayores, violencia intrafamiliar, emprendimiento, manejo de residuos sólidos y muchos más temas de interés que se fueron abordando día a día con el consentimiento y aprobación de estas personas que habitan un rincón, allí, en un pedacito de la selva del Chocó y que pocas oportunidades han tenido de formarse, académicamente, debido al abandono estatal.

Cada día venía con su afán. Cada mañana, parecía comerse el tiempo de nuestra felicidad; pues, aunque, paradójicamente, estábamos en un lugar aislados completamente de nuestras realidades y en ocasiones ni teníamos noción del tiempo; sabíamos qué se nos agotaban los días, y que una semana quedaría corta para almacenar en el baúl de los recuerdos, de nuestras vidas.

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En Viro Viro no hay señal de celular, lo cual nos obligaba a mantener una comunicación constante entre nosotros, basada en la proxémica y en el sutil acto de mirarnos a los ojos, frente a frente, mientras entablábamos una conversación. Era como estar sumergidos en el tiempo, vivir sin preocupación alguna de responder un mensaje, o una llamada, debido a que los medios no nos lo permitían. Solo hubo un celular dispuesto en una pared, anclado a un alambre dulce y una moneda vieja de doscientos pesos, que simulaban una antena improvisada y con el que raramente podíamos comunicarnos con nuestros seres queridos para darles la tranquilidad de que estábamos bien, vivos, y que no habíamos sido víctimas de algún grupo insurgente de esos de los que se habla en los medios de comunicación, que habitan las selvas colombianas y que han desangrado por décadas nuestra nación.

Allí, las personas parecen no sucumbir ante el sistema. Pocas son las preocupaciones que se tienen frente al mercado global y las dinámicas capitalistas; de desarrollo no se sabe absolutamente nada, porque ni siquiera tienen que lamentar del monstruo progresista que tenemos en varias regiones de nuestro país y que convence a la humanidad de que estamos apostándole al desarrollo, a partir de levantar grandes y altas edificaciones de cemento. Allí, solo se tienen memorias de un territorio que surgió hace aproximadamente 400 años y que fue producto de la esclavitud de nuestros ancestros, indígenas, por españoles que llegaron a robarse las riquezas de esta parte del Chocó.

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Los virovireños, como también son nombrados, son personas humildes, agradecidas y de buen corazón —en su mayoría— soñadores imparables, que no limitan su pensamiento a la realidad que les tocó vivir.

***

—¡Oye ‘manín’!

Grita un hombre a mis espaldas mientras me aborda con una expresión de timidez y respeto:

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—Diculpe’ uted, señó’.  Mi nombre es Francico´

Así con el acento de afrodescendiente, característico en su argot, restándole eses y erres a las palabras.

—Es que he visto que hace un par de días vienen ustedes haciendo varias actividades y grabando, con sus cámaras, todo lo que hacemos aquí en Viro Viro. Yo quisiera pedirle un gran favor, es que yo soy cantante y tengo una agrupación musical de salsa que se llama “Clase aparte”, y justo por estos días, no más ayer me llegó el disco que hemos grabado con mucho esfuerzo y me gustaría saber si ustedes pueden ayudarnos a hacer un videíto, chiquito, para poder promocionarlo y subirlo a YouTube. Si me permite, yo le muestro: vea la canción se llama “¿Dónde está mi amor?”. Haciéndola sonar, enseguida:

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“No sé qué se hizo mi amor // dónde se fue, dónde se metió // no tengo ni idea // dónde está mi amor.”

— Hombre, claro qué sí. Alcanzo a responderle, sorprendido, al ver la expresión de esperanza en su rostro queriéndome como expresar la bendición que presenciaba en ese instante, pues, como me lo manifestó unos días después, de grabarle un videoclip musical, completo; y sin dejarlo de hacer cada día: nunca tendría como agradecernos todo lo que hicimos por ellos, por su comunidad y por hacer realidad su mayor sueño.

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Ver video: https://www.youtube.com/watch?v=L6rfp_rF0pI

 

Con la premura del tiempo, nuestra travesía de una semana culminó dejando grandes personas en nuestras vidas: amigos con que compartir ideales, sujetos que develan un gran amor por el servicio social y con quienes hoy seguimos emprendiendo acciones voluntarias para transformar las realidades de aquellos que puedan necesitar un poco de ayuda, y que, tal vez, cualquiera de nosotros les pueda brindar. Ahora nos convoca un nuevo reto, llegar a la comunidad Wayú, en La Guajira, y compartir otra semana llena de aventuras con las comunidades que habitan “El Pájaro”, recordando siempre que, para transformar una realidad, solo basta con mirar a alguien a los ojos y sonreír. Es, en principio, la ley del servir.

Por Henry Orozco

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