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Eran años feroces, como siempre son cuando uno quiere perseguir sus sueños y es muy joven. Siempre pasa. La idea del éxito es vendida por los padres y a ellos se la vendieron sus abuelos; como hijo, uno suele comprarla también. No eran tiempos para estudiar música, ningún tiempo lo ha sido. Alejandro Zuleta Jaramillo lo sabía. Sabía, además, que tenía que hacer algo que le diese prestigio, que era al mismo tiempo dinero, y que el dinero le daría fama y estatus y esa fama no sería más que frustración. La música era una prohibición social. Él lo sabía.
Estudió cinco semestres de medicina. Tres años. Una vez, cuando estaba en clase, uno de los profesores dijo: “Acá sabemos que hay gente que no tiene vocación para ser médico. Deberían irse si no lo sienten”. Los ojos del profesor recorrieron con cada letra de la frase, el cuerpo de Zuleta. Él también sabía eso. Sabía que necesitaba irse para ser, por fin, músico. Aquel profesor le dio el empujón necesario: habló por fuera de él como su conciencia. “Vete, sal de acá”, escuchaba en esas palabras. Se fue.
“Alejandro era profundamente apasionado. Amaba su trabajo, la música. No podía hacer nada que no amara completamente”, dice María Teresa Guillén, amiga cercana del músico. “Por eso dejó la medicina, ¿me entiendes? Porque nunca lo llenó por completo. Nunca lo llenó como la música”. Luego de dejar la universidad se fue a Nueva York, donde se graduó como Bachelor of Music con énfasis en dirección en el Brooklyn Conservatory of Music. Estudió con el maestro Jeffrey Schindler. Luego supo de teoría y análisis schenkeriano con Cari Schachter y Sol Berkowitz y de pedagogía vocal con Robert White en el Aaron Copland School of Music de Queens College. Volvió a graduarse: Master of Music con especialización en dirección coral en Bowling Green State University. Estudió dirección con los maestros Richard Mathey y Terry Eder, canto con Virginia Starrym pedagogía Kodály con Keith Dearbom.
Era un hombre que sabía muchas cosas. Sabía, por ejemplo, que iba a regresar a casa: el lugar del que huyó en sus veintes, el sitio donde quería formar un coro infantil, donde quería vivir siempre. “Los inicios con Alejandro en el tema coral fueron difíciles, muy emocionantes. Fue un inicio de gladiadores. No vamos a desconocer que había —hay, todavía— mucha gente que hacían cosas maravillosas por la música; pero el mundo coral nos ha perseguido desde siempre. Fuimos amigos 25 años”. María Teresa Guillén es directora coral colombiana. Conoció a Zuleta en los comienzos de los coros en Colombia.
“Buenas tardes”, decía cuando entraba al salón. Ponía las partituras en el atril y comenzaba de inmediato: como una ráfaga, como una estampida. Era fuerte, pero sus alumnos nunca le tuvieron miedo. Entre el director de una orquesta y sus alumnos se crea un lazo especial: detrás de la enseñanza está la esencia de la música. La unión entre dos personas que conciben el mundo bajo los mismos parámetros suele convertirse en una relación indestructible. Él lo sabía. Sabía que ser docente era el mejor testimonio de defensa hacia la música como profesión.
Un día fue a dictar un curso a Barranquilla. Mostró el método Kodaly: método que parte del principio de que “la música no se entiende como entidad abstracta (solfeo en el plan antiguo), sino vinculada a los elementos que la producen (voz e instrumento)”. La práctica con un instrumento elemental de percusión y el sentido de la ejecución colectiva son los puntos principales en que se asienta su método. Uno de los profesores le dijo: “Ajá, nosotros nos sabíamos eso, pero es como hacer tatata ta ti ti ti ti ti ri ti ri ti ri ti ri”. Zuleta guardó silencio durante lo que quedaba del curso. No sabía nada de la música tradicional colombiana. No sabía a qué sonaba la costa y cómo se diferenciaba de la sabana. No sabía, tampoco, que necesitaba conocer más la música —mucho más, nunca suficiente—.
Tardó diez años en convertir el método Kodaly en una realidad en nuestro país, no una mera adaptación que ignorara los elementos territoriales y culturales de los coristas.
Hace dos meses María Teresa Guillén tuvo una presentación en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. Era uno de esos momentos que no se repiten nunca. Una sola vez para contarla tantas que se convierta en leyenda. Guillén se reunió con Alejandro Zuleta para invitarlo, como asistente especial, a su presentación. “Ambos teníamos la conciencia de que la situación de salud de Alejandro era muy difícil y no podría asistir. Lo llamé. Le dije que le dedicaba mi concierto, que, aunque no pudiera estar ahí, él era mi invitado especial. Quería que supiera que le agradecía por haber escrito tanto para los niños, porque lo que yo iba hacer ese día en el Julio Mario era, en parte, lo que él había hecho por mí”. Se abrazaron. Un abrazo añorado. En ese momento Guillén supo. Sabía que ese abrazo sería el último.