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Un hombre, un sombrero y una guitarra

El músico más reconocido de la región recibe esta semana el Premio a Vida y Obra del Ministerio de Cultura. Perfil de un cantor que une sinfonías con tradiciones.

José Luis Garcés González* / Especial para El Espectador

08 de noviembre de 2008 - 05:00 p. m.
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Pablito Flórez es la canción encarnada. Desde hace más de cincuenta años ha incursionado en todos los ritmos. Desde el bolero y el vals hasta el porro y el merengue. Su actitud creativa ha sido incesante. Todas las anécdotas y sensibilidades cercanas a su corazón las lleva a su guitarra y las convierte en obras en las que lo popular se manifiesta con intensidad y solvencia.

Su trabajo de músico juglaresco lo lleva metido en la sangre y por ello su labor creativa no es una imposición sino la expresión amorosa de una necesidad del yo profundo. Pablito Flórez compone y canta porque tiene que vivir, y no conoce otra forma de permanecer en la existencia. En pocas palabras, la deuda de estar vivo, él la paga con música.

Su creación, por mandatos del espíritu, se mantiene fiel a las expresiones de lo tradicional. Por ello, al lado del canto amoroso, se encuentra la memoria vernácula o la comisura del humor. Pablo Flórez, con su arte, apunta sonriendo y con sabrosura, cuáles son las matas de espino que le hincan o le estropean el alma.

Su música se codea con lo grandioso y se vincula con lo humilde. Y no es contradicción. Sus textos son sencillos. Sus versos son narrativos y coherentes. En ellos se detecta una poesía natural, convincente y hermosa, y un trabajo artesanal que ha insistido en confeccionar un discurso que entusiasma y embriaga.

Pablito Flórez echa mano de todos los recursos que le ofrece su entorno social, natural y humano. En sus cantos incluye a personajes sencillos del pueblo, a los nombres de comidas y chucherías, a la tierra, al río, a los animales, a la vegetación, a todo aquel que le ha motivado la atención. Su canto mezcla y valora, pues, todo el engranaje de naturaleza y de cultura que lo cerca y lo influye como un follaje persistente y generoso.

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Este maestro ha compuesto, según sus propias palabras, y él tiene por qué saberlo, más de mil canciones. Quizá su tema más conocido es La aventurera, el cual ha circulado por todo el continente. Además de ser interpretada por su autor, esta historia de amores turbulentos ha sido grabada por Lucho Campillo, Julio Rojas, Oswaldo Rojano, Moisés Angulo y Totó la Momposina, quien hace cuatro años la presentó en Londres. Leonor González Mina, La Negra Grande de Colombia, también ha interpretado sus canciones.

Pablo Flórez ha incursionado con éxito en diversos ritmos. Señalamos, de pasada: porros, cumbias, paseos, merengues, fandangos, tangos, valses, pasillos, rancheras y boleros. Una muestra nos indica: ranchera, Feliz golondrina; tango, Murió mi madrecita; fandango, Tres clarinetes; pasillo, Rosas de la tarde; porro, Los sabores del porro; cumbia, La cumbia está herida; merengue, María Marzola; paseo, Escuchando a Alejo; paseo sinuano, Amor del monte, y boleros, Ingenio viejo”, La tragedia de Armero y Edita, que fue el primero que compuso, cuando despuntaba 1946.

Por otra parte, debe decirse que este Pablo Flórez, nacido en Ciénaga de Oro, Córdoba, el 27 de junio de 1926, es la alegría, la memoria, el baile, la conciencia, la crítica y las ganas de vivir. Estas son algunas de las características de su música. Por su pentagrama no se pasea la tristeza. Sus temas pueden acudir al recuerdo o a la melancolía, pero allí frenan. Su memoria

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se entronca con los valores fundamentales de nuestra sociedad popular. Y en este sentido sus cantos tienen un alto contenido cultural y pedagógico. Nos ilustran, nos incitan a amar nuestra tierra.

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Pero la alegría que brota de su música no es una alegría escandalosa. Sí, es una alegría que se oye, que se canta, que se baila, que se goza, pero que no despierta reacciones salvajes. Es una alegría genuinamente sinuana. Alegría autóctona, derivada con fidelidad de los ancestros.

Como es lógico, su música tiene influencias. En ella está lo caribeño (el punteo de la guitarra en el paseo El entierro de Pablo Flórez es un buen ejemplo de la asimilación del son cubano) y lo nacional con lo pegajoso de Buitrago. Pero sus temas y su estilo pertenecen al bagaje de nuestra antropología. ¿Qué será lo que sepa o suene a sinuano, o a caribeño, que no pase por las letras de este cantor o por las estancias de su corazón? Si se le pregunta, en un juego surreal, a qué sabe el porro, él contesta: “mi porro me sabe a todo lo bueno de mi región/ me sabe a caña me sabe a todo,/ me sabe a fiesta, me sabe a ron,/ me sabe a piña, me sabe a mango,/ me sabe a leche esperá en corrá,/ me sabe a china esparascá en fandango...”. Y, como complemento, en el tema El porro es el rey, Pablo responde mestizando lo individual con lo social: “El porro es rey en mi tierra,/ escudo de mi Sinú,/ a él no me le hagan la guerra/ porque es el cóndor de mi cielo azul./ En su pico lleva mi vida,/ en su garra mi corazón,/ no me lo manchen con intriga,/ que es paz y bandera de mi región”. Y en la geografía de lo sensual surgiría un interrogante: ¿dónde sentimos el porro? Pablo, al parecer, no lo ha escrito, pero con seguridad lo diría: lo sentimos en la boca, en los brazos, en los pies, en la cintura, en la verija. En fin, el porro es algo físico, es un placer regado en todo el cuerpo.

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Si le preguntan qué hacer cuando él muera, y que el día esté lejos, Pablo, con toda la tranquilidad y el desparpajo posibles, contesta: “no me carguen luto,/ que vaya una banda tras el cajón,/ una comparsa con vela y pito,/ sobre la caja un bulto de ron,/ que la Aventurera me tire un llanto/ con un traje rojo adornao en florón./ No quiero muerto causar espanto,/ la vida que llevo es obligación...”.

Frente a las cosas perdidas, y ante la crisis ecológica, Pablo tiene su respuesta, que es una vocación absolutamente válida: “...Cómo han cambiado los tiempos, las costumbres;/ ya no encuentra un arroyo fresco el campesino,/ el enemigo del árbol grande ha sido el hombre/ empujao por el verdugo de su destino./ Se perdió la avispa amarilla fonda patio,/ ay ya no vuela el grillo verde por la calle./ Por qué no dicen ‘tengo plata’ los borrachos/ para que vean que sí es verdad que el diablo sale”.

Pero Pablo no se queda en lo bucólico, en la anécdota, en el pretérito sentimental. Él sabe y siente. En La cumbia herida promulga una voz inquietante : “...mis campos eran sanos,/ no estaban manchaos,/ llegaron foráneos con el gras en la mano./ La luna está roja, será porque sufre,/ como ave en congoja/ que sube y que sube...”.

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Dadas las anteriores circunstancias, y en lo que al Sinú se refiere, me atrevo a fungir de taxidermista y a clasificar las creaciones de Pablo Flórez en:

a) Cantos de la tierra.

b) Cantos de la nostalgia y el recuerdo.

c) Cantos de la ironía y la picaresca.


En los cantos de la tierra sobresalen: Los sabores del porro, Cabeza’e gato y Cosas de ayer. En los cantos de la nostalgia y el recuerdo, se destacan: La aventurera, Me encontré con la aventurera, Nancho Bedoya y La cumbia está herida. En los cantos de la ironía y la picaresca, son demostrativos: El hombre aquel y El entierro de Pablo Flórez. Todo esto, fundido, nos da la imagen panorámica de una fuerza creativa que no deja ileso ningún tema que le pase por los ojos alertas o por la mente vigilante.

Visto lo anterior, podemos percibir que el trabajo musical de Pablo Flórez amplía sus horizontes y que su labor de relacionar los tiempos presentes con los tiempos idos la realiza con un zaramullaje que les otorga convicción a sus historias, pues lo que hace Pablo es realizar una lectura específica de la historia individual y local que produce gusto y mantiene validez estética. En este sentido su producción creativa se vincula con la Sinuanología, que es la disciplina en construcción que estudia la historia y la cultura del Sinú.

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La música de Pablo Flórez, pues, de raigambre y expresión sinuana, promueve recuerdos y sentimientos, y se enlaza con lo campesino y con los aires que se respiran en nuestros pueblos y veredas. Las letras de sus canciones son homenaje a una región que dio hombres que anclaban su coraje en las destrezas y el trabajo, en la palabra empeñada y en el gozo de una vida donde todo estaba al alcance de la esperanza y de la mano. Esos tiempos y esos hombres parece que se fueron. Nos queda la música de Pablo Flórez como testimonio y evocación, ya sea para nuestro conocimiento o nuestra vergüenza.

*Escritor y profesor de la Universidad de Córdoba.

La banda sonora del Sinú

La música sinfónica del Sinú la encabezan el porro y todas sus variantes. La fónica la lidera la canción sinuana, como la denominan algunos, o el sinuanito, como le llama Guillermo Valencia Salgado. Este sinuanito expresa todo el arsenal de pensamiento, visión y sentimiento que afecta al hombre de esta particular región del país. En ella se puede encontrar desde lo primitivo y rural, hasta lo elaborado y sentimental. Su contenido intenta captar desde los latidos de la tierra hasta los latidos del corazón.

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En el Sinú existe, casi en la clandestinidad, un grupo destacado de compositores. Además de Pablito Flórez y Guillermo Valencia Salgado, están los nombres de destacados músicos como Francisco Zumaqué, Cabo Herrán, Antolín Lenes, Noel Petro, Johnny Sáez,  Miguel Emiro Naranjo, Senén Hernández, Filiberto González, Álvaro Pérez Vergara, Remberto Martínez y Joaquín Rodríguez, entre muchos otros.

Un aire poco conocido

El sonido del Sinú no es lo suficientemente conocido en el ámbito local. Este estilo musical, por estética, no tiene nada que envidiarle a la canción latinoamericana que encabezan, entre otros, Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, Mercedes Sosa, José Barros, Alberto Cortés, Víctor Jara, Facundo Cabral, Pablus Gallinazo, Antonio Carlos Jobim, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez.

Una de las diferencias entre la denominada canción latinoamericana y la música del Sinú  es que esta última está más vinculada al recuerdo de los tiempos idos, mientras que la primera se concentra en experiencias urbanas.

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Por José Luis Garcés González* / Especial para El Espectador

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