Correctamente vestía el caballero. Sin embargo, en torno a él revolaban ciertas sospechas. Se decía que pertenecía a una organización de nudistas. ¿Qué fundamento tenían aquellas suposiciones? Acaso ninguno. Quizá yo fui el responsable de que un rumor relacionado con su furtiva y sistemática desnudez llegara a donde al fin y al cabo llegó. Habitual pasajero del bus, en las mañanas frías de agosto lo encontraba formando en la cola de la estación terminal, metido entre un abrigo de buen paño. Su porte era severo y la seria expresión de su rostro no se alteraba ni cuando pasaba la vista, no sin detenimiento, por la página de tiras cómicas del diario que abría tan cuidadosamente como para no importunar al vecino de asiento.
Que el caballero pertenecía a un club de nudistas me lo aseguró otro de los compañeros de bus. En una charla vespertina de café surgió el tema. ¿Por qué llegó la conversación a ese plano? Sería difícil, como es innecesario, recordarlo. Pero se habló de cine y alguien hizo mención de las colonias nudistas en el oriente de los Estados Unidos. Fue entonces cuando mi amigo, como si aludiera a un hecho corriente, como si informara sobre el establecimiento de la sucursal de algún almacén, reveló que en el norte de la ciudad había una colonia de nudistas.
— Conozco a algunos de los que toman baños de sol en sociedad... — afirmó y, para eliminar cualquier duda, agregó:
— Te los he de mostrar...
Y una mañana cualquiera, cuando viajábamos hacia la oficina, señalando discretamente al caballero del grueso abrigo, me dijo:
— Ese es uno de los del club...
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