Aquella noche estaba en casa con su hermano. De un momento a otro lo vio postrado en la cama, formando una uvé, como un feto. ¿Qué te pasa? Nada, es que tengo algo en el culo y no sale. ¿Te ayudo?, le preguntó dispuesto a meterle los dedos.
Se fue al baño a buscar una coca, un balde, algo que, sin saber cómo, solucionara la situación. Cuando regresó se encontró con un pajarito de plumaje oscuro, junto a una piedra lisa, redonda, gris. Seguramente la piedra fue como un tapón que impedía que saliera el pajarito, pensó. Su hermano estaba confundido, con algo de orgullo en el pecho, descansado. Tomó al animal y lo puso en la coca para que durmiera.
***
Es lunes, gritó la madre esa mañana. Es lunes y no hay escuela, gracias a Dios. No hay escuela, no hay que hacer nada, pero, ah, la vieja siempre se inventa algo, siempre le pone oficio a todo el barrio, que me arregle la llave, que recoja la basura, que les lleve agua a los muchachos a la cancha, que, que, que. Debería ser gobernadora, mamá, le digo, pero ella se emputa cuando le dicen eso.
Yo esa mañana me paré, desayuné agua de panela y dos arepas bañadas en sal, me puse una pantaloneta y un esqueleto. Dejé a mi hermano acostado. No quería estar con él después de lo de la noche anterior. Me fui para el río a lo de cada semana. Encontraba cadáveres que llegaban con la corriente del agua, como siendo el agua misma.
Ese día, a eso de la una de la tarde habían sacado tres hombres. Uno de ellos llevaba tatuado un pájaro negro de pico corto que miraba hacia el corazón, sobre el que caía un escapulario con el escudo del DIM. Me acordé de mi paso por las inferiores del equipo. En esos años, de vez en vez me tocaba ir al Atanasio y hacer de recoge bolas. Una noche, en un clásico, los verdes iban 2-1 arriba en el marcador, quedaban dos minutos para el 90 y Andrés Escobar se echó sobre la gramilla, se tocaba el gemelo. Yo escuché que un hincha en la tribuna decía que ese hijuputa está haciendo tiempo, profe, un tiro y pa’l río pa’ que no sufra.
El proceso era el mismo todas las semanas: recogíamos los cadáveres con una red de pesca y los bañábamos con una manguera. Desde hacía más de treinta años que el municipio adoptaba muertos y se creía que de tanto arrancar flores de la tierra para ellos, así como tantos Adanes se arrancaban del agua, florecían pétalos amarillos, naranjas, lilas y nacían hasta en las esquinas más remotas, entre rejas y pastos secos. Era un ciclo que solo aquí existía por el culto que se les hacía a tantos cuerpos desconocidos.
***
Escogió al hombre del escapulario y lo llevó al cementerio. Le acarició el rostro, le limpió las heridas, le contó su vida, le habló de la vieja, de las noviecitas, le peinó las uñas pálidas, le dijo que su sueño era formar una escuela de fútbol en Puerto Berrío para enviar jugadores al DIM, a Nacional. Y le pidió ayuda para eso, mientras le cerraba los ojos y se los acariciaba con sus labios. Le prometió que nunca antes en sus dieciocho años de vida había escogido un alma, que eso le parecía raro, que le daba miedo, pero que la falta de plata, la poca panela, que eso le hacía creer... Le prometió que le llevaría flores, que pediría por él y lo tendría en boca suya. Y empezó a pintar una caja para sepultarlo, de un color crema, que simulara un cojín, un lugar para descansar.
Entonces se percató de que el olor a pintuco en su pincel era lo que no lo dejaba despertarse. Dejó de pintar por un momento, levantó la mirada y vio regresar al pájaro negro, que ya estaba más grande.