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Cuando el cineasta español Manuel Gutiérrez Aragón decidió dejar atrás el renombre conseguido con películas como Una rosa de Francia, Cosas que dejé en la Habana y El caballero Don Quijote, y optó a sus 66 años por darle la oportunidad al escritor que siempre amenazaba con salírsele del cuerpo, se sentó en un cuarto solo, dejó el ajetreo del cine y escribió en una sola sentada La vida antes de marzo.
Después de unos meses, el inexperto escritor, el cineasta consagrado ganaba uno de los premios más representativos de la narrativa en español, el XXVII Premio Herralde de Novela. En un acto entre la insolencia y la rebeldía, Manuel Gutiérrez le propuso al inexpugnable Jorge Herralde, el editor de Anagrama, que pusieran en la solapa de su novela premiada que el escritor había nacido en Torrelavega, España, en el año 1942, que había estudiado filosofía en Madrid, que luego había sido profesor en Cáceres, publicado una monografía sobre Hegel y que esta era su primera novela. Con un punto aparte debía quedar claro: No se le debe confundir con Manuel Gutiérrez Aragón, el cineasta. “Herralde no me hizo caso, por supuesto. Ni siquiera contestó mi solicitud”, comenta Gutiérrez entre una sonrisa que le define muchas líneas en el contorno de la boca y de las cejas y que inevitablemente le da un aire de bonachón. “Pero esa petición se debía, más allá de la broma, a que yo no quería convertirme en un cineasta escritor, quería empezar con esta novela una segunda vida”.
De un cine poco realista, más simbólico y metafórico, propio quizá de un hombre que creció en la cultura del norte de España (Cantabria), en donde lo simbólico es tan real como lo real es simbólico, Manuel Gutiérrez pasó a una prosa efectiva, ágil y poética que narra el encuentro de Martín y Ángel en un tren en el que el temor, el recuerdo del dolor y un pasado cruzado también viajan a bordo. La lectura de esta novela quizá les deje a sus lectores la sensación de cómo era efectivamente la vida antes de marzo, antes de ese 11 de marzo en el que los atentados terroristas en la estación de Atocha cambiaron muchas vidas.
El Espectador entrevistó a Manuel Gutiérrez Aragón durante su visita a Bogotá para dictar un taller a los alumnos de la exitosa Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional.
Usted suele ser conocido como un cineasta de la transición…
Esa es la etiqueta que me han puesto y me gusta… La transición a mí me cogió cuando ya había hecho tres películas. En España, en la transición, se abrían muchas posibilidades, también muchos peligros. Fue un período muy rico a la hora de contar historias porque todo era posible y al mismo tiempo podía naufragar. Entonces cada día que pasaba y no había un golpe de Estado, cada día que pasaba y conquistábamos un derecho democrático era un día más que tenías para hablar. Pienso que fue una época muy rica en experiencia política y social y había una cultura emergente, La Movida Madrileña, fenómenos como el de Almodóvar, que era imposible que emergiera antes. En todo caso era una época muy interesante, más interesante que la de ahora en la que todo es más monótono
¿Cómo consiguió poner a hablar la ficción y la realidad en tiempos de tanta censura?
A mí la censura me cogió en la película Camada negra. Era una película sobre las bandas fascistas, para mí, aunque los medios no se acuerdan ya de eso, es el antecedente de la película Todos estamos invitados. Camada negra es una película sobre la gente que mira para otro lado y sobre cómo la sociedad no reacciona o reacciona con miedo. Y es que el franquismo fue un poco eso: ni la Iglesia, ni los jueces, ni los que ahora son tan demócratas dijeron nada, ahí estaban viendo que detenían estudiantes, sindicalistas y a políticos. Sobre la transición española ha caído un velo, yo no digo de silencio, pero sí de discreción y a veces las películas lo rompen.
¿Por qué retirarse del cine?
Porque pienso que los directores de cine tienen una época en la que su trabajo entronca muy bien con el público, pero luego el público cambia y uno no, y el público nuevo es el que va a las salas de cine. Lo mío ha sido una retirada estratégica antes de la crisis.
El cine es un fenómeno de masas que necesita a mucha gente, la literatura no, entonces hacer un cine para pocos no es rentable, es contradictorio. Me pregunto si empezara a hacer cine hoy en día Ingmar Bergman, ¿qué pasaría?, porque a lo mejor no cuajaría en el público.
Sin embargo usted se despide con una última película...
Cuando ya empezaba a darle vueltas a la posibilidad de retirarme, surgió el chance de hacer Todos estamos invitados, la hice un poco como obligación ciudadana antes de despedirme. Porque al fin y al cabo milité durante muchos años en el Partido Comunista y todavía me queda ese reflejo, no se sabe si cristiano o marxista, de compromiso con la realidad. Era una oportunidad imperdible de hacer una película que no estaba hecha antes. Y eso frenó mi retirada y me pareció muy bien porque nadie podría decir que me fui agotado.
¿Fue difícil filmar esta película sobre la ETA en el País Vasco?
Es difícil filmar algo que está sucediendo porque no hay distancia y todo es aún más complicado cuando intentas hacer ficción con algo tan cambiante como es el terrorismo en España.
En la película no se habla de ningún año en concreto, porque, por ejemplo, es muy importante la posición de la Iglesia en el problema vasco, pero eso ahora está cambiando, pero no ha cambiado del todo, así que si ubicaba la película en el año 2008 no era creíble; sin embargo, la amenaza a los profesores universitarios aún continua, de hecho, algunos tienen hasta cuatro guardaespaldas.
¿Qué lo hace lanzarse a la literatura?
Fue retornar a mi vocación. Para mí hacer la novela fue pasarla muy bien, porque fue como volver a los 18 años, era como un encuentro con una antigua novia, pero con una novia que no ha cambiado con los años, que seguía intacta, pura y bella, mientras uno está más maduro. No quiero que me cataloguen como un director de cine que escribe una novela o un novelista que hizo cine, sino tener el privilegio de tener dos vidas, una de directo de cine y la otra de escritor, tener una segunda oportunidad siendo dos personas distintas.
¿Qué fue lo que más lo sacudió del cambio?
Más allá de encontrar una diferencia entre las palabras o las imágenes, la verdadera diferencia está en el oficio. En que mientras uno lo haces rodeado de gente, el otro lo haces en soledad. En uno diriges, pero tienes 40 personas que te están haciendo materialmente la película. Hoy en día los avances técnicos hacen casi imposible que hagas una película mal hecha. Lo que lo diferencia es que justamente el otro es un placer solitario. En la literatura eres tú contra ti mismo y fue muy divertido, de hecho, yo hubiera seguido escribiendo la novela eternamente, de no ser porque tenía que ponerle un punto final.
¿Y lo que más le costó mientras escribía la novela?
Sin duda compaginar los datos de la información real sobre los atentados del 11 de marzo, con la ficción de tal forma que no se notara, porque si se nota, es despreciable. Esa es la técnica de los best sellers y me parece detestable, ponen un hecho político, social o bélico y luego hay un punto y aparte y hablan de Juanita y Pepito y luego otro punto y aparte y vuelven a la escena bélica, ¡así cualquiera!… el fin es que los límites estén diluidos.
Le sorprendió el premio que recibió ‘La vida antes de marzo’
Yo no quería presentarme al premio, primero porque un premio despierta muchas más sospechas que certidumbre y luego porque el cine es muy competitivo y quería irme a la literatura para descansar de eso, pero había que comercializarlo y lo llevaron sin mi total acuerdo, pero me dejé. La verdad, lo que más me ilusiona del premio es que lo hayan tenido Roberto Bolaño, Javier Marías y Vila Matas.
¿Cómo llegó a este tren en donde se encuentran los dos desconocidos de la novela?
Uno no sabe muy bien cómo surge nada, lo que sí tengo claro era que quería contar cómo dos personas se encuentran en un viaje y se cuentan historias que al final coinciden. No uso técnica de guión, porque cuando escribo un guión tampoco uso técnicas de guión. Siempre dicen que tiene que haber un punto de giro, eso es una receta, tú ves una película y ya dices ¡mira, mira, ya viene el giro!, pero a los narradores le sale solo.
Usted elige en la novela que el trayecto del viaje se haga entre Lisboa y Bagdad...
En la pelí… perdón, ya ves que aún estoy a punto de decir película en vez de novela. En la novela nadie se ha fijado que el tren pertenece a una empresa árabe, la paradoja es que para 2024, seguramente el dinero árabe sirve ya para financiar empresas gigantes en otros países, en cualquier caso este trayecto es el Orient Express, un tren que viene de todas las estaciones y se dirige a varios sitios a la vez, un tren que ni nace ni muere, un circular que recorre los recuerdos y la historia de tensión entre Oriente y Occidente.