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Un recorrido por la biblioteca de Héctor Abad Faciolince

Gracias a la alianza con Tinta club del libro, presentamos la segunda parte de una entrevista con Héctor Abad Faciolince (uno de sus curadores), quien habló sobre los volúmenes de su biblioteca y la lectura como un acto de resistencia. Entérese al final de este artículo sobre cómo obtener un descuento en Tinta.

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Sandra Pulido Urrea
22 de mayo de 2026 - 09:18 p. m.
El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince recomendó la novela "Job", de Joseph Roth, y "El cielo es azul, la tierra blanca", de Hiromi Kawakami, para Tinta club del libro.
El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince recomendó la novela "Job", de Joseph Roth, y "El cielo es azul, la tierra blanca", de Hiromi Kawakami, para Tinta club del libro.
Foto: EFE - Kiko Huesca
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Háblenos de su biblioteca, ¿cómo la organiza? ¿Es apegado a sus libros?

Por un lado, están los libros comunes y corrientes, libros baratos, muy rayados, muy leídos, esos son la gran mayoría; están ordenados por lengua original en la que han sido escritos y en orden alfabético. Libros escritos en español, de cualquier historia, en cualquier país, pero digamos libros de literatura, en este caso de narrativa, de cuento o de ensayo; esos tres están ahí por orden alfabético, y así en francés, en inglés, en ruso, en italiano, en lo que sea.

Luego tengo libros que sí son libros más de bibliófilo. Tengo muchas primeras ediciones firmadas, libros dedicados por autores vivos o muertos que quiero mucho, un incunable, uno solo, de las obras de Seneca, y aunque no está completo, es un incunable de verdad, es decir, de los libros publicados entre 1450 y 1500. Y los libros como más valiosos los tengo en un armario aparte, en un cuarto, con llave, a veces les pongo pues la llave, generalmente la llave está puesta ahí, pero es como para que la gente sepa que no se los puede llevar porque yo presto los libros, pero esos es mejor que no se los lleve nadie. O si va un amigo que yo sé que ama mucho los libros, vamos a ese cuarto y yo empiezo a hacer alarde de mis cosas, de las cosas que tengo, libros japoneses hechos a mano, novelas de almohada, muy eróticas para enseñarles a los nuevos novios a hacer el amor, y esos libros que, aunque sean japoneses, uno entiende por el lenguaje universal de las imágenes, son muy bonitos, son rollos muy bonitos.

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¿Es leer una revolución en un mundo tan convulso como el de hoy?

No creo que leer sea revolucionario, creo que es más bien un acto de resistencia, una cosa más pasiva que puede llevar a la actividad. Los lectores siempre hemos sido una minoría, una minoría muy afortunada, porque sabemos que eso nos da felicidad, conocimiento, serenidad, alegría y que solamente podemos lamentar que otros no lo disfruten, pues ellos se lo pierden.

Sí creo que uno puede captar nuevos lectores en cualquier momento, si se le llega en el momento justo y con el libro que es. Hace poco encontré a un gran lector que cuidaba un parqueadero, estaba leyendo un libro gordísimo, un libro de Bolaño, “2666″, y yo, “¡ah, qué maravilla!“. Me contó que le gustbaa leer y todo el tiempo que no estaba ocupado moviendo carros o lavándolos, leía y entonces de vez en cuando voy a ese parqueadero y le llevo libros de regalo.

Entonces, un lector salta en cualquier parte, en cualquier momento. Yo creo que este muchacho probablemente no ha tenido la oportunidad de estudiar (no lo he interrogado ni mucho menos). Quiero decir que él con sus lecturas no está haciendo una revolución, pero sí está resistiendo con nosotros, con los que amamos los libros. Y resiste por nosotros también dentro del ambiente menos libresco que pueda haber, que es un parqueadero de carros en el centro de Medellín.

¿Tiene otra anécdota memorable de un encuentro con un lector(a)?

Pues sí, a uno le ocurren cosas extrañas y bonitas. Por ejemplo, fui a Oslo por primera y única vez, cuando le dieron a Juan Manuel Santos el premio Nobel de la Paz y él me invitó a que estuviera ahí en el público y con unas víctimas del conflicto armado. Allí, una muchacha local, creo que era danesa o sueca, se levantó la falda en un momento y me mostró tatuado en su pierna una frase tomada de un libro mío. Eso me ha pasado dos o tres veces, ver que alguien se ha tatuado una frase, un verso escrito por mí.

También en los países nórdicos, una vez un señor me escribió y me dijo que era un exiliado que llevaba más de 40 años en Copenhague, Dinamarca, y que él era un personaje mío: Avanzati, personaje de mi novela “Basura”, un escritor que todo lo que escribe lo tira a la basura. Él quería traducir esa novela, aunque no fuera de lengua materna danesa y lo hizo, logró que la publicaran allá. Ahora se está muriendo de cáncer. Hablé con él hace poco y me dijo que lo último que quería hacer era traducir también al danés “El olvido que seremos”, y hace muy poco lo terminó. Podría decir, como Neruda, aunque sean estos los últimos versos que yo escriba, lo hizo.

A propósito, sus libros están traducidos a más de quince idiomas. ¿Cómo es la relación con sus traductores?

Les debo mucho mis traductores. Son quienes muchas veces encuentran editores para mis libros. Yo no encontraba editor en inglés para “El olvido que seremos” y Anne McLean, mi traductora, buscó por cielo y tierra hasta que encontró un pequeño editor inglés. De ahí pasé en Estados Unidos a un editor muy importante que es FSG, Farrar, Strauss y Giroux, y todo se lo debo a Anne McLean.

En Holanda, Joosten Becker es el que ha hecho todo por mí; en francés, Gallimard donde antes me habían publicado tres libros, me dijeron que no les interesaba “Salvo mi corazón, todo está bien” y mi traductor de todos los libros anteriores, Albert Bensousan, movió cielo y tierra, lo tradujo gratis, y se lo ofreció a pequeñas editoriales hasta que consiguió quién lo publicara. Yo a mis traductores, de verdad, les debo todo.

También hay una italiana Mónica Vedana que tradujo un libro mío y se lo impuso a un editor de Turín, porque no habían vuelto a publicar libros míos. De hecho, ellos son los mejores lectores. Uno nunca lee un libro con tanto cuidado como cuando lo traduce, son los lectores más cuidadosos, los que yo más quiero y a los que más les debo.

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¿Hay algún escritor de la historia del que le gustaría ser amigo?

Me hubiera gustado, si existiera la reencarnación o algo así, conversar con un escritor que en realidad nunca escribió nada, un escritor ágrafo, que es Sócrates. Tener un diálogo con Sócrates, donde él me haga ver todas mis contradicciones, todas mis tonterías y me demuestre que como él “yo no sé nada”, sólo conversando… Hay dos grandes conversadores de la historia que nunca escribieron: Sócrates y Jesús, digamos que con cualquiera de los dos sería maravilloso poder conversar, pero dije primero a Sócrates, que nació antes, entonces con Sócrates.

Si pudiera escribir un libro con otro(a) escritor(a), ¿con quién lo haría?

Cuando vivía en Italia y era profesor de español, intenté hacer un libro a cuatro manos. Lo empecé a escribir con un amigo, Roberto Carliero, se llamaba, no lo he vuelto a ver; era una novela epistolar, muy fácil, yo era un personaje inventado que escribía una carta y se la mandaba, él era otro personaje inventado que contestaba las cartas y a través de las cartas pues se fue armando la historia. Eso no llegó a nada, lo dejamos ahí, pero empecé a escribir ese libro en italiano y me recuerda que algún día me gustaría volver a escribir un libro en italiano, espero hacerlo antes de morirme, aunque ya no hablo tan bien italiano.

Y bueno, hace poco Fernando Trueva me propuso que hiciéramos una obra de teatro, y yo nunca he escrito para teatro ni guiones ni nada de eso, pero quiero mucho a Fernando y proyectos así me ilusionan. Me propuso que escribiéramos sobre la amistad entre David Hume y Adam Smith, esos dos grandes filósofos economistas, dos grandes hombres británicos, y ahora los dos estamos muy ocupados en nuestros propios proyectos, él con sus guiones, yo con mi libro, a lo mejor después me siente con él a escribir una obra de teatro.

En su trabajo como autor y editor hemos sido testigos de que usted es un defensor de los libros y la cultura, ¿cómo mitigar a estos intelectuales pretenciosos que alejan a las personas de la literatura?

Yo no sé si hay intelectuales que alejen a la gente de la literatura y de la lectura. Si los hay, no creo que sean intelectuales. ¿Por qué los tendrían que dedicarse a hacer daño? Me parece que son más bien idiotas que buscan inocular su propia infelicidad en los demás. Uno no va por la vida regañando, acusando a la gente de lo que no sabe. Eso no me parece un ejercicio intelectual, sino un ejercicio de vanidad insoportable.

Es imposible saberlo todo y la gente que hace alarde de eso, sobre todo en cierto campo literario, es muchas veces de una ignorancia lamentable. Por eso me gusta Sócrates, porque él sabía que nada sabía. Y al otro lado están quienes desprecian a los que desconocen a los autores que ellos conocen o que ellos han estudiado toda la vida. No sé a dónde quieren llegar, y si es a desanimar a la gente, pues espero que no lo consigan.

Para ver la primera parte de esta entrevista, puede hacer click en este enlace: Las rutinas y lecturas de Héctor Abad Faciolince


(*) Tinta club del libro es una iniciativa que propone una experiencia de lectura mensual a través del envío de libros seleccionados por curadores invitados. Cada edición incluye un título en una edición producida especialmente para el club, acompañado de materiales editoriales que contextualizan la obra y su elección.

Este proyecto articula la figura del curador como eje de su propuesta editorial. Escritores y agentes del campo literario participan en la elección de los títulos y en la construcción de un marco de lectura que se extiende más allá del libro, mediante textos y espacios de intercambio asociados a cada edición. Tinta se plantea así como un dispositivo de mediación entre autores, obras y lectores, con una periodicidad mensual.

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Por Sandra Pulido Urrea

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