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Dentro del aula múltiple del colegio Juan Lozano y Lozano, en Suba, no hay espacio para el ruido, literalmente. Los cuerpos apelmazados detienen el aire entre las rendijas de las ventanas, las moléculas de polvo bailan suspendidas encima de los saxofones y las volutas de los chelos, y los atriles están cubiertos por la luz matutina: cálida y traslúcida que se mete a través de las tejas.
Cuatrocientos niños sostienen, cada uno, un instrumento musical: flautas, violines, chelos, saxofones... Los más pequeños están adelante, las cabezas de los más grandes se ven atrás. En forma de u cubren el espacio, y cerrando el círculo están los espectadores del primer concierto de la orquesta del colegio.
“Estamos haciendo historia”, dice Édgar Alarcón, el director de la orquesta del colegio, que lleva tres meses de creación. De frente, ante los niños, llama a otros cuatro profesores de negro impecable. Una sola mujer, la profesora de violín, se pierde entre los niños y ocupa, como ellos, un sitio en la banda.
David García, el director de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, hace parte del público que presenciará el esperado concierto. “La Orquesta Filarmónica de Bogotá dejó de ser una orquesta para transformarse en un complejo musical”, dice llevándose la mano a la boca para disimular el sonido de su voz y no interrumpir el preámbulo.
Hace dos años la OFB inició un proceso de formación musical con 2.000 niños en 30 colegios públicos de Bogotá. El proyecto comenzó como todas las ideas que implican cambio: tímida y paulatinamente.
“Al principio éramos nosotros quienes teníamos que convencer a los colegios para que nos abrieran el espacio de ir y enseñar música”, cuenta el director.
La idea de formar orquestas, coros y bandas en la mayor cantidad posible de lugares de Bogotá surgió de la obra social y cultural que se desarrolla en Venezuela mediante el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles, creado por el maestro y músico venezolano José Antonio Abreu.
“Queremos que las relaciones de Colombia y Venezuela se entiendan de una manera diferente a como se les conoce normalmente. Hay un intercambio musical muy fuerte, un flujo cultural importante”, dice David García.
En el público hay tres representantes del vecino país. Una de ellas, con unas gafas negras, puntiagudas en las esquinas, dice que así empezaron en su país, con paciencia, dedicación y un sentido amor hacia la música.
El silencio inunda la habitación. El profesor Alarcón sube las manos una, dos, tres veces y de pronto, como un disparo seco que entra en el corazón, uno de los tambores retumba.
Todos los asistentes se reincorporan en sus asientos y el mundo parece haberse detenido detrás de la puerta. Hay momentos así. Momentos que con el tiempo se transforman en fábulas compartidas y los reconstruimos con el fin de acomodarlos a nuestra historia y convertirlos en algo que podamos atesorar.
Ahora hacen parte del programa 16.000 niños que están comenzando su educación musical. “Una de nuestras premisas es que debemos generar formación especializada en los colegios públicos”. David García no deja de aplaudir en cada silencio que hacen los niños. Retoma: “Hemos traído a los mejores profesores. Músicos colombianos que residían en otros países a quienes les abrimos nuevamente las puertas”.
El proyecto logra sistematizar la instrucción y la práctica colectiva e individual de la música a través de orquestas sinfónicas y coros, como instrumentos de organización social y de desarrollo humanístico, propuesta que logra consolidar una estrategia definitiva de paz y convivencia.
Las orquestas que se conforman en la ciudad no sólo representan a 16.000 niños sino 16.000 familias y su vez vecinos, y a toda una sociedad que puede encontrar en la música una manera para pensar diferente el mundo.
La lechuza fue una de las canciones que tocaron los estudiantes del Juan Lozano y Lozano, una canción simple interpretada con instrumentos complejos, sobre todo el instrumento del corazón. El sonido de las cuerdas de los violines, del viento pasando a través de las aberturas de la flauta, el golpe en el tambor y el latir estrepitoso del alma subiendo por la garganta hasta sentir que saldrá volando de un momento a otro y se quedará en el aire: ahí con la canción y el polvo y los suspiros de quienes los veían. Son esas cosas que no se tocan, que no se ven, que no tienen nombre. Cosas que duran lo que dura un suspiro. En lo etéreo. Es ahí donde están las respuestas, donde está la vida misma.
“Esto lo iniciamos como un sueño. El arte es la mejor catarsis. Un niño que aprende a tocar un instrumento musical seguramente se convertirá en mejor estudiante y también en una mejor persona. La música no puede acabar con ninguna guerra, pero definitivamente le da felicidad a un niño y la felicidad sí evita guerras”.
Los instrumentos que tocan los niños son propiedad de los colegios. Cada uno ensaya cuatro horas a la semana y el colegio aporta los escasos espacios para explorar sus gustos musicales.
“Por la falta de espacios, la Filarmónica está arrendando sitios para que los niños puedan ensayar de manera constante y lo mejor posible”, explica García.
No hay sólo bandas principiantes. La OFB tiene una orquesta juvenil con los mejores músicos jóvenes, no sólo de Bogotá, donde se reúnen todos aquellos que, graduados de la universidad y de distintos conservatorios del país, se insertan en la Filarmónica creando un nivel alto de formación musical.
Los aplausos estremecieron a los niños. “Mis papás me van a comprar un saxofón”, dice una de las integrantes de la banda, “pero por partes. Ya me compraron la boquilla”.