Cultura

Publicidad
10 Dec 2011 - 9:00 p. m.

Un tal Flaubert

Ahora que vuelve a ser noticia, una relectura del clásico francés a partir de su novela póstuma ‘Bouvard y Pécuchet’.

Nelson Fredy Padilla

El viernes Gustave Flaubert fue primera página en España por el estreno nacional de Madame Bovary, con lleno total, en el Teatro Principal de Alicante. Se anunció que la obra recorrerá Europa. Mañana se cumplen 190 años del natalicio del escritor francés, con un merecido lugar entre los clásicos no sólo por haber creado a Emma Bovary sino por La educación sentimental. Sin embargo, quienes vuelven sobre su obra a veces se olvidan de Bouvard y Pécuchet, la inacabada novela publicada hace 130 años, uno después de su muerte. Deliciosa lectura de fin de año.

Tan importante es que está reseñada en las Obras completas de Borges con el artículo “Vindicación de Bouvard y Pécuchet” (páginas 259-262), donde exalta el talento madurado de Flaubert para escribir una “historia engañosamente simple”. “Las negligencias o desdenes o libertades del último Flaubert han desconcertado a los críticos; yo creo ver en ellas un símbolo. El hombre que con Madame Bovary forjó la novela realista fue también el primero en romperla (…) la obra mira, hacia atrás, a las parábolas de Voltaire y de Swift y de los orientales y, hacia delante, a las de Kafka”. Se había propuesto hacer una revisión de todas las ideas modernas y murió en el epílogo, pero lo que dejó muestra la dimensión de su capacidad narrativa.

Bouvard y Pécuchet parece al comienzo una clásica fábula en la que se combina el azar con la historia de dos almas gemelas, pero, a medida que avanza la novela, el lector empieza a descubrir la farsa filosófica creada por Flaubert, menospreciada porque él la consideraba un borrador, pero tal vez su más ambicioso viaje, tan divertido como deprimente, a través de la razón humana. Una exploración a los límites de la ingenuidad, la imbecilidad, la ignorancia y la filosofía. Aunque recuerdan al Quijote y Sancho a Laurel y Hardy, estos personajes van mucho más allá. No por casualidad se dice que en esta obra quería condensar el producto de todas las lecturas de su vida, burlándose de aquellos que posan de eruditos.

Flaubert arma la historia de dos escribanos que dejan sus trabajos y se retiran al campo a disfrutar de una herencia. Sin embargo, más que cosechas agrícolas empiezan a cultivar su propio pensamiento de una forma accidental, primero, y luego a partir de la duda metódica. “Y al tener más ideas, tuvieron más sufrimientos... Se consultaban mutuamente, abrían un libro, pasaban a otro, y después no sabían qué resolver ante la divergencia de opiniones”.

Inicialmente consideran que “el templo a la filosofía sería un estorbo”, se asquean del mundo, resuelven no ver más a nadie y vivir exclusivamente en su casa para ellos solos. Mientras tanto, la granja se los devora y para librarse de aquel sino trágico acuden a todos lo saberes agrícolas hasta que se dan por vencidos y terminan en ciencias como química, anatomía, medicina, fisiología. Y cada libro, cada estudio, cada debate les genera mayores interrogantes. “El cerebro les inspiró reflexiones filosóficas”. Aún así, el hasta entonces elemental Bouvard dice: “Los resortes de la vida están ocultos para nosotros”. El juicioso Pécuchet se encarga de abrirle los ojos hacia el universo, las estrellas fugaces, la naturaleza animal.

En quijotescas jornadas revisan las teorías de la creación del mundo, la arqueología, la geología, el origen del hombre, el arte, la historia política desde los romanos hasta la revolución francesa, la gramática. Incluso abordan gimnasia, espiritismo, magnetismo, esoterismo y magia. Todo en un tránsito inesperado de una vida de oficinistas a una de labradores fracasados, a una de pensadores, algo fabulesco pero propicio para entramar el discurso filosófico flaubertiano. Siempre los dos personajes inmersos en una sociedad decadente, en transformación, buscando su propia identidad mental y espiritual. Por algo Bouvard piensa que “no se sabe nada de un hombre en tanto se ignoran sus pasiones”. Para encontrarlas acuden a la literatura, a las novelas históricas y románticas, a la comedia, al teatro, a transformarse en actores, a inspeccionar el proceso creativo.

A través de la estética se abren paso hacia la filosofía en pleno siglo XIX, en ebullición, con corrientes de pensamiento aquí analizadas como la doctrina sansimoniana, el furierismo o la economía política. Recorren la realidad convulsionada de ese momento. “Lo espantoso del mundo los desconsolaba y para hacerlo más hermoso lo han padecido todo”, escribió Flaubert para justificar las utopías de sus personajes. Llegan a un punto en el que no estudian más “por miedo a las decepciones” y empiezan a fastidiarse mutuamente. Es entonces cuando entran en la etapa final y se preparan para el discurso filosófico a partir de discusiones sobre la libertad, el amor, las mujeres, la amistad, la religión, la alquimia y el espiritismo.

El Curso de filosofía para ser usado en las escuelas, de Guesnier, los introduce a “las facultades del alma” y pone a Bouvard y Pécuchet en plan de catarsis para no caer “en el abismo espantoso del escepticismo”. Por el contrario, “los actos de la sensibilidad moral, al contrario, no deben nada al cuerpo”. Es Pécuchet el que se quiere separar de los cerebros pobres e invita a su amigo: “Seamos filósofos”. Y por medio de la teoría hegeliana, que niega el libre albedrío, deciden sus posibilidades. Para ellos el mundo pierde importancia, “lo entreveían como en una nube que hubiese bajado de sus cerebros a sus pupilas”. En esas circunstancias es que hablan de la muerte y el suicidio, se burlan de ellos y trascienden al plano espiritual para hablar de Dios, la Virgen y Jesucristo. El discurso de la razón versus el de la fe.

Con cuerpo y espíritu moldeados, o al menos afectados, rematan su viaje ideológico con una aventura sobre la educación y la pedagogía, demostrando que “sus inteligencias necesitaban una tarea y sus existencias una finalidad”. Todo lo vivido se justificaba y Flaubert por eso redondeó anotando: “Las dudas los agitaban, porque si los espíritus mediocres (como observa Longín) son incapaces de cometer errores, los errores son propios de los maestros y ¿habrá que admirarlos? ¡Es demasiado! No obstante ¡los maestros son los maestros!”. Quedó planteado, con una exquisita técnica literaria, que en el mundo del conocimiento filosófico no hay final y tal vez por eso la muerte sorprendió a este escritor con la obra inacabada, aunque no sin antes dejar escrito que “la razón no basta para comprender ciertas cosas”.

Síguenos en Google Noticias

Temas relacionados

Literatura