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Un viaje hacia el origen del odio

La cinta canadiense estuvo nominada en los Óscar 2011 como Mejor Película Extranjera.

Liliana López Sorzano

28 de diciembre de 2011 - 04:35 p. m.
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Los gemelos Jeanne y Simon Marwan se encuentran ante el notario que les está leyendo el testamento de su madre, Nazal Marwan. Dos sobres enigmáticos les son entregados, uno para su padre, a quien creían muerto, y otro para su hermano, de quien desconocían su existencia. Este es el punto de partida de la historia que desencadenará en un viaje físico y psicológico de sus hijos canadienses, quienes desconocen la raíz de sus orígenes, para encontrar la verdad sobre su madre, exhumar ese pasado doloroso que revela una vida marcada por la guerra y el odio, y que justifica en parte el mutismo por el que pasó antes de su muerte y el rol de heroína que descubrirán después de haber hurgado en sus días de juventud.

Las historias paralelas de los hijos que se entretejen con el pasado de su madre, interpretado por la actriz belga Lubna Azabal de manera poderosa y convincente, son secuencias de suspenso y sorpresas que van revelando una nueva verdad, una nueva faceta de un destino movido por la resistencia.

La película es una adaptación de una obra teatral del canadiense de origen libanés Wajdi Mouawad, en la que el director Denis Villeneuve quedó atrapado por la manera de abordar el conflicto de identidad de los personajes a través de la familia, que al mismo tiempo funcionaba como metáfora de la situación en Oriente Medio. “En la película he tratado de darles un valor universal a esos conflictos de identidad”, confiesa.

Tanto en la obra de teatro como en la película la trama se desarrolla en Daresh, un lugar que no existe en la realidad, pero que refleja la situación del Líbano de los años 70 y 80. Villeneuve defiende haber seguido con la misma tónica del guión original y de situarla en un país inconcreto para no tomar partido y alejarse de las miradas definitivas tan difíciles de abordar en la complejidad de un país.

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“El objetivo de la obra es profundizar en el tema de la cólera y no el de generarla: el territorio de Incendies es un campo de minas históricas. Para llevar a la pantalla un texto tan dramático y para evitar el melodrama, he optado por la sobriedad de un realismo crudo, conservando el factor mitológico de la obra, con la ayuda de una elaboración de la luz natural y de las sombras. La emoción no debe ser un fin, sino un medio para lograr el efecto deseado de catarsis”, afirma el director Denis Villeneuve.

Es de destacar la manera como la película plantea esa alternancia entre drama personal y conflicto político religioso contada con equilibrio, sin caer en extremos de negros o blancos .

El final será revelador y el rompecabezas se completará. Una verdad llena de horror y de ternura a la vez cerrará la pantalla. Así lo confirma uno de los críticos de The New York Times ,A. O. Scott, quien afirma que “a pesar de que Incendies da cuenta de una brutalidad frentera, también sugiere que dar cuenta de esa realidad puede ser un acto transformador de bondad”.

Por Liliana López Sorzano

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