El narrador infantil casi como un accidente. Primera persona. Presente continuo.
Palabras en un papel, palabras secretas, sagradas, incluso. Una confesión infantil, pero no por eso menor. Simón y Luciana. Primera escena.
La historia de la primera novela de Adriana Carreño tropezó con ella mientras hacía una maestría en España. “Me imagino un niño que está escribiendo en una servilleta: ‘Te quiero, Valentina’”, fueron las palabras de un compañero. El argumento durmió un tiempo y comenzó a emerger en forma de cuento, primero. En tercera persona a veces, pero siempre desde la voz de un niño. Misterios de la creación.
La literatura infantil como camino profesional, una ruta que comenzó para Carreño como tutora de Fundalectura en el Plan Nacional de Bibliotecas. Cuatro años contándoles a los bibliotecarios cómo llegarles a los niños a través de la palabra. Bibliotecarios: archivistas de día, iniciadores de la lectura de noche, muchos sin educación superior, algunos incluso sin bachillerato. El amor al arte, de pronto.
Los libros como compañeros fundamentales, presencias definitivas, parte del paisaje en la infancia. Abuelos paternos con una revista literaria en Santander (Aurora), tío traductor de Rudyard Kipling y Oscar Wilde. Un padre que, además de boxeador y corresponsal de prensa, fue lector; lector y parapsicólogo. Pero bueno, lo que hubo en la vida infantil de Carreño fueron lecturas, así fueran sobre hipnosis o enciclopedias de hechicería: un superávit de letras, palabras, ideas.
La novela quedó terminada en abril, el punto final con el que llega una etapa plena de orgullo maternal, por decirlo de alguna forma: “Sentí que ahí ya era posible llegar a la mesa de un editor y decirle: ‘Mire, este es mi proyecto, léalo’”.
Dos años y medio de trabajo después, Simón es un personaje de 10 años que, en palabras de Carreño, pasa mucho tiempo en su cabeza y tal vez debido a esto no habla sólo como un niño de 10 años; también habla bastante de los libros que ha leído, las referencias literarias que lo construyeron.
Esta es literatura infantil sin el claro objetivo de hablarle únicamente a un niño. “Bueno, hoy voy a escribir para alguien de 12 años”. No. No sucede así. “El tema de los encasillamientos es una necesidad de afuera. Yo siempre he respondido con reticencia a eso: la etiqueta de escritor para chicos, escritor para grandes, así como la de éste es ensayista, poeta y así. Un escritor de verdad, si me permiten decirlo, es una persona capaz de ahondar en una búsqueda propia, muy personal, luchando en sí mismo con esas cuestiones que están en el mundo del cual uno forma parte”, dice María Teresa Andruetto, actual ganadora del premio Hans Christian Andersen 2012, un galardón apodado “el Nobel de la literatura infantil”.
“Asomado a la ventana espero ver a mamá regresando de comprar la fruta para el almuerzo que ya huele en la cocina. Pero no veo a mamá, está ella, Luciana. De lejos voy siguiendo los pasos que da. Pasos de goma y tela con nudo ciego. Luciana Garcés en el papelito del amigo secreto, la quinta en la lista, la octava en la fila. Jardinera con un hilo colgando. Sus ojos muy negros con una pepita brillante en medio como una gota de tinta. Me veo viéndola, mi cara es un incendio. Es Luciana Garcés, la niña más linda; la que ni en un millón de años volvería a hablar conmigo aunque le regalara un nuevo vestido sin manchas de barro, aunque algún día leyera lo que le escribí”, cuenta Simón: 10 años, enamorado.