El Magazín Cultural

6 Mar 2020 - 6:13 p. m.

Una definición de la literatura cosmética: la ilusión y el fracaso del buen arte

Hubo un tiempo en que ser publicado por una editorial grande era sinónimo de talento y prestigio. Hoy no: las editoriales, comerciales o alternativas, publican todo tipo de literatura, todo tipo de escritores, todo tipo de temáticas. Ser publicado por un sello distinguido no es garantía de talento; a lo sumo, sí de cierta fama.

Jaír Villano/ @VillanoJair

La literatura cosmética nos invade: su fuerza aprovecha las debilidades del ser moderno para hacerse pasar por expresión sublime. / Cortesía
La literatura cosmética nos invade: su fuerza aprovecha las debilidades del ser moderno para hacerse pasar por expresión sublime. / Cortesía

X escritor de x ciudad es publicado por uno de los colosales. Sus colegas, no publicados, autopublicados o publicados por sellos desconocidos, lo celebran. Puede que no sea fulgurante, pero lo publicó uno de los poderosos. El x escritor de la x ciudad resulta, además, tener buenos contactos en los medios; estos, en consecuencia, les ofrecen sus micrófonos. El x escritor es elocuente: está mejor hablado su libro que escrito. En la x ciudad no hay crítica: de modo que el lector despistado, inocente y de toda buena fe, se hace una consideración alta sobre él (o ella).   

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La novela no es mala; pero tampoco es de urdimbre aguda. Funciona. Es literatura cosmética: para antes de ir a dormir, para leer en un café, para pasear el libro en un colectivo. El lector, contento de saberse lector, lo disfruta. No hay preguntas, no hay interpelaciones, no hay silencios; todo está resuelto: la sensiblería, despierta lágrimas; los diálogos, bruscos pero con las mismas expresiones del día a día; los imprevistos, son idénticos a los que se presentan en la vida; el detective es un galán irremediable, cual telenovela.

El consumidor de este tipo de literatura no sólo se siente contento con la historia: quiere devorar más, quiere seguir adquiriendo, quiere seguir con este tipo de literatura. El apetito se despierta: “me encanta leer; soy un devorador de libros; amo la lectura”.

Surge la inquietud: ¿Leer qué? ¿Cuál lectura? ¿Qué tipo de literatura?

La literatura cosmética está elaborada para eso: para cierto tipo de lector, bajo cierta circunstancia, cierta condición social. Se trata del arte de masas.

Literatura que anula la complejidad de toda buena obra -y cuidado que complejidad también es la sencillez para narrar lo más difícil (eso que algunos llaman inefable)-, y privilegio del artificio: adornos y malabarismos efectistas. Dramatismos y filosofía de cliché.

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El lector de esta mercancía cree que elige lo que lee, pero en realidad el mercado lo estudió y le fabricó el producto. No es un individuo capaz de pensar por sí mismo: es un cliente reducido a un prototipo de consumo.

Hay ofertas que no necesitan estudio: derivan de representantes de la cultura de masas con cientos de seguidores. Un periodista famoso, un actor conocido, un youtuber escandaloso, un cantante pop, un político polémico, a alguno de ellos se les ocurre escribir un libro y tienen asegurados muchos ejemplares vendidos.

En otro caso, las mismas editoriales urden el plan de business: saben que es un personaje controversial, que mueve masas. No saber escribir es lo de menos: para eso existen las plumas fantasmas.

Los sellos grandes crean respaldos editoriales donde caben todo tipo de géneros. ¿Quién puede alegar esto? Nadie. A fin de cuentas, es su negocio.

El problema, no obstante, es que la literatura cosmética trascienda su espacio y se instale en escenarios que no le corresponden. De repente, una poesía menor resulta la más celebrada y admirada en buena parte del mundo. (Importados de Europa; la cuna de la gran cultural).

El reparo a la literatura cosmética es que no se conforma con ser un puente para otra literatura -en alguien que apenas comienza a leer, digamos-; sino que ofrece tanta diversidad, y su velocidad deja tanto antecedente, que forja sus propios acervos. Y entonces, este lector se hace una opinión errada de la calidad literaria por ausencia de escarbar la verdadera tradición.

Y cuando se abre el espectro, se queda flotando en la superficie. Hay un escritor que los más jóvenes han revivido por superposición a los mitos que hay alrededor suyo: Bukowski. Se vuelve la vedette del momento. Se alzan las ventas. Se reedita. Se piratea en los andenes. Bukowski: sexo, drogas, alcohol, ¿y la obra?

Al lector de la literatura cosmética no le interesa detenerse en ese escritor que camufla su tristeza en sus historias y que terminó entregado al alcohol por cuenta de su crisis existencial. No le interesa hurgar ese registro; no le interesa saber que cercano a él desfilaban otras plumas igual de desquiciadas pero menos ruidosas: Cheever y Carver.

Es la imagen de Bukowski: son sus cuentos más fáciles de leer, son sus pasajes más livianos. No digo que el norteamericano sea brillante; quiero indicar que producto de los antecedentes literarios, surgen las interpretaciones. Entre menos profundas son las referencias menos complejas son las elecciones.

No voy a nombrar toda esa camada de autores que ahora aclaman. Generalmente, el clima se encarga de apaciguarlos: ¿alguien se acuerda de Medina Reyes? 

La crítica literaria académica debería orientar la discusión. Arrojar al escenario común sus observaciones. Lamentablemente, no. Esta crítica, hinchada por sí misma, parece más preocupada por aunar obras dispersas a las que luego se les atribuye una categoría de análisis sostenida por un prefijo: pos, neo, eco, etc.

A veces uno siente que el afán por el estudio se hace en perjuicio de las cualidades del arte escrito; y entonces la literatura cosmética se justifica.

La academia, como epicentro del análisis, debería ser más exigente en sus requisitos de investigación y menos flexible en los elementos externos que acompañan la aspiración literaria. (Los catedráticos que buscaban a Archimboldi -en 2666- lo hacían porque estaban convencidos de su virtuosismo verbal; no por su mise en scène).

No se pueden aliviar las falencias de una obra por el afán de encontrar un nuevo material de estudio, o por elaborar una tesis, o por destacar aristas que no se circunscriben a su entramado estético.  

Uno lee la crítica contemporánea y entiende que los atributos literarios que componen la pieza es lo que menos importa. Ahora se sobreponen aspectos como el performance, la imagen, el sonido. Como si eso revitalizara lo literario y no fuera un complemento ornamentario y correspondiente con las veleidades de la cultura moderna.

Como no son nuevas sus narrativas -hablan de imagen y de astucia inventiva y uno piensa en los aportes de Apollinaire y de Nicanor Parra- tampoco lo son sus teorías; ya en los años setentas, Barthes lo indicaba: “Ya es sabido que el trabajo de esta crítica está primordialmente constituido por la búsqueda de las fuentes: se trata siempre de relacionar la obra estudiada con otra cosa, con algo distinto de la literatura; este algo distinto puede ser otra obra (precedente), una circunstancia biográfica o también una “pasión” realmente experimentada por el autor y que él expresa[1]”.

La reformulación de la noción existencial de la literatura no sólo debe desarrollarse en función del artículo indexado, o de la interacción con el par; también debería dirigirse hacia los consumidores, que son los que de alguna manera le dan su razón de ser, pues por buena, regular o mala que sea una obra, su fin siempre es el mismo: ser leída.

Ya no es solamente qué es lo literario, sino lo que el público adopta como ello.  De hecho, la sola idea de abordar esto con quien la consume y la concibe como la cima es dificultoso.  

Se podría, no obstante, contemplar desde una perspectiva propositiva: su uso puede ser como un inicio, como una primera aventura a ese mundo amplio, ingente y caótico que compone el arte escrito.

Pero ¿cómo hacerlo en tiempos en que la paciencia y el reposo para leer están en competencia con todo tipo de ofertas de entretenimiento? ¿Cómo indicarle a ese muchacho que eso que le parece tan bueno tiene precedentes mejores, autores menos impactantes pero más agudos? ¿Cómo hacer para que rastree esas otras plumas sin que abandone el ejercicio por la lectura, sin que se deje tentar por la inmediatez y el divertimento que garantizan las maquinarias audiovisuales?

Esta literatura no está hecha para formar buenos lectores, sino para hacerle creer al cliente que se nutre de buena literatura. Leer es una actividad que la cultura de masas aplaude, y el mercado lo sabe, y por eso hay que crear productos que faciliten y agilicen lo que han vendido como una pasión ardua y tediosa: la lectura.

Hablar de un clásico, tenerlo como un punto de partida y de final, es para ellos como aquel que cuando contesta su teléfono saca un modelo sin cámara frontal. Es decir, algo vetusto, anacrónico, pasado de moda.

Los libros se han vuelto eso: una moda. Los autores, los protagonistas de una pasarela.

Hay individuos que se sienten mal porque no leen, porque no entienden lo que leen, porque no les gusta. Eso se acabó: la literatura cosmética satisface las necesidades.

 El tiempo se ha vuelto un privilegio; leer se ha vuelto un lujo. No hay espacio para reflexionar en qué empleamos las horas libres. Mucho menos para leer.

Imposible calcular el momento de ocio de cada uno, pero es más bien difícil que en escasez y premura de tiempo se pueda llegar a un arte que demanda calma y disposición, que exige atención y aplomo, que invita a interperlarse y a dudar sobre lo que se es.

“El placer se petrifica en aburrimiento, pues, para que siga siendo placer, no debe costar esfuerzos y debe por lo tanto moverse estrechamente a lo largo de los rieles de las asociaciones habituales. El espectador no debe trabajar con su propia cabeza: toda conexión lógica que requiera esfuerzo intelectual es cuidadosamente evitada”, nos dicen Horkheimer y  Adorno[2] en uno de sus ensayos sobre las industrias culturales.

La maquinaria editorial lo sabe de sobra. Y por eso lanzan sus productos. Y por eso erigen vedettes. Y por eso atiborran de fans sus lanzamientos.

El público no quiere saber del dolor -así este atraviese toda la vida-: el público quiere el camino hacia la felicidad; el público no desea más problemas -así estos nos agobien día a día-: el público quiere salirse de sí mismo; el público no desea más preguntas: el público anhela las respuestas.

El público ya no quiere ni tiene tiempo para leer en sentido riguroso, y, como también se trata de darle un aire de responsabilidad social, se habla de fomentar e incentivar; pues bien, ahí tienen: diversidad, amplitud y hasta libros en promoción.

Se necesita reivindicar apuestas que fracasen a propósito, que les resulten inútil a las exigencias del mercado, que se dejen vencer en la aspiración del best-seller, que refuten el valor de eso que hoy llaman arte.

La literatura cosmética nos invade -es casi que imposible contrariar con ella-: su fuerza aprovecha las debilidades del ser moderno para hacerse pasar por expresión sublime.

 

 

 1. Ensayos críticos- Roland Barthes, Seix Barral, 2003

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