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Una deuda con la tradición negra

El Museo Nacional abre sus puertas a una exposición sobre los alteres fúnebres y los santos afrocolombianos.

Angélica Gallón Salazar

20 de agosto de 2008 - 05:11 p. m.
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“Ustedes tienen una responsabilidad con las comunidades afrocolombianas a la que no le han puesto la cara”. Este fue el grito de protesta que el Ministerio de Cultura y el Museo Nacional, en tanto instituciones del Estado, recibieron de académicos y activistas cansados de que no se reconociera  que en Colombia “sí existe el racismo” y agotados de que “el discurso de la raza sea tapado por el de la pobreza”.

Ante la evidencia de que las comunidades afrodescendientes han estado excluidas de los lugares canónicos del arte y la cultura, y ante la necesidad de responder por esos derechos adicionales que la declaración de Suráfrica (2001) le reconoce a todas las víctimas (y sus descendientes) de la trata trasatlántica, el Museo Nacional inició una investigación y un trabajo de campo con estas comunidades. Trabajo que se viene realizando desde 2005 de la mano del profesor Jaime Arocha de la Universidad Nacional y la profesora Claudia Mosquera. La exposición temporal Velorios y Santos Vivos que se inaugura hoy a las 7 de la noche en el Auditorio Teresa Cuervo, del Museo, es el primer resultado.

“Queríamos darle una presencia justa a las comunidades de San José de Uré, de San Basilio de Palenque, de Quibdó, Tumaco, entre otras, sin estereotiparlos y decidimos que los rituales funerarios podrían ser un buen camino ya que condensan muchos temas como la música, la culinaria, la religiosidad”, asegura Cristina Lleras, curadora del Museo. 

Pero llegar a este acuerdo era tan sólo un primer paso, ya que pensar en llevar altares y tumbas a un lugar no sólo moderno, sino sobre todo profano como una sala de un museo, resultaba para muchos raizales un despropósito. “No podemos armar altares fúnebres en la sala porque el altar llama muerto” dijeron las sabias, “no pueden haber tumbas sin muerto”, replicaron los sabios.

Las comunidades se mostraban recelosas con esta iniciativa acostumbradas a que se les explote, se les mire como raros y nunca reciban nada a cambio. “Además,  nos encontramos con que los mayores tienen un conocimiento guardado que protegen ya sea como resistencia o como parte de un pacto de secreto”, explica Lleras, consciente de que hay muchos detalles que en la exposición no se pueden retratar.


La solución a la que llegaron todos en común acuerdo fue que esos pintorescos altares, hechos de papeles de colores recortados con ciencia, decorados con mariposas y tablones de madera podrían ser llevados al museo si eran consagrados.  Así, durante la inauguración, los representantes de las comunidades que se han desplazado hasta la capital para darle vida a estos velorios consagrarán los altares a todos los muertos insepultos, víctimas del conflicto y, en el caso de San Andrés, a todos los náufragos que no han vuelto a casa.

Los ‘santos’ hermanos

Inspirados en la manera en que los raizales organizan su casa cuando un pariente ha muerto, la sala de exposición está divida en tres espacios: el profano, lugar donde se da el encuentro tradicionalmente, se juega, se cuentan chistes sobre el muerto; el semi profano, que encarna la cocina, lugar en donde se prepara los alimentos para todos los que vienen a acompañar al muerto,  y el sacro, en donde están los altares fúnebre. En esta altura de la exposición  se han dispuesto una serie de cánticos complejos y dolorosos, llamados “alabados”, que interpretan las cantaoras de las regiones.

La exposición pretende así dar “una mirada tradicional y contemporánea a lo que es un altar”, como asegura Lleras, pero además es una exposición gratuita que busca tener un gran impacto, y que pretende, sobre todo, “que la gente que venga deje los prejuicios en el vestíbulo del museo y entre a admirarse y a dejarse  deslumbrar por una complejidad que no le ha sido reconocido con justicia a los afrocolombianos”.

 

Por Angélica Gallón Salazar

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