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Una historia de olvido y repetición

La Constitución de Rionegro estaba hecha para ángeles, según dijo el poeta Víctor Hugo.

Camila Builes

16 de noviembre de 2014 - 09:11 p. m.
Manuel Murillo Toro, uno de los referentes del liberalismo radical.
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Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a pasar por el andén minúsculo que bordeaba la casa: una estructura magullada por el tiempo a la que, desde la distancia, se veía cómo le salían partículas de polvo por las ventanas, de blanco cal, puertas verdes. El ruido metálico de los pitos de los carros retumba en los oídos de los transeúntes, que fatigados por el sopor del día buscan el consuelo de sombra natural que hallarían en el parque contiguo al viejo edificio. Sentado de frente a la fuente estaba él: ojos azules, sombrero café, reloj de oro.

“Lo mejor de la casa son sus jardines”, dijo mientras todos, pegados a sus pantallas móviles, lo ignoraban. “Cuando entras a la Casa de la Convención, un olor a antaño te perfora las narices. Yo sé lo que es olor a viejo porque más viejo que yo no hay y así huele el lugar, a viejo, a viejo sabio”.

Don Aníbal tiene 64 años. Es un habitante común del municipio de Rionegro. Mientras habla señala con el dedo oxidado el Museo Casa de la Convención en Rionegro, Antioquia. Fija la mirada en la fuente, apoya los codos en las rodillas mientras encaja sus manos en su barbilla. Comienza a hablar para sí mismo, pero su voz puede escucharse a unos cuantos pasos de distancia: “La época radical de 1863 a 1886 fue uno de los períodos que más han marcado la historia colombiana, por la agitación de ideas y por los programas políticos, sociales y culturales que promovieron sus gobernantes, pero tal vez por eso mismo ha sido uno de los períodos que más controversias han suscitado”.

Comienza a contar una historia porque a veces la nostalgia arremete en el pensamiento y sólo recordando la vida pasada se disipan las tinieblas de la memoria. Cuenta cómo es la Casa de la Convención. “Un asunto de contexto”, comenta. Tres corredores en forma de U enmarcan el jardín central, que, como era costumbre en el siglo XIX, los partía por la mitad una fuente. Tres habitaciones en el lado izquierdo, dos en la parte delantera y otras tres en la derecha. Un carruaje de la época se ubica en la entrada, negro, grande. Cuadros y lámparas en forma de araña. Cada cuarto resguarda un pedazo de historia olvidado. El museo es un lugar resguardado del tiempo que se detuvo en la puerta para conservar, a media asta siquiera, un embrujo entre política, bailes y ancestros.

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“Empecemos como se debe: por el principio”, dice don Aníbal Hincapié y sonríe por primera vez.

“El 4 de febrero de 1863, la ciudad de Rionegro fue el lugar donde se dio la redacción de la nueva carta constitucional, que se desprende del gobierno radical y federalista que enmarcaba al país para aquella época. ¿Me vas entendiendo? —hace una mueca—. Sus cimientos fueron entonces el federalismo y el liberalismo. Esta Constitución es conocida como la más liberal en toda la historia del país; consagró autonomía absoluta, por lo cual se llamó radical. Se proclamaron libertades individuales tales como libertad de comercio, de opinión, de imprenta, de enseñanza, de asociación... Y ahora que todo el mundo habla de libertad y de paz, sin siquiera saber que desde el siglo antepasado Colombia intentaba dar visos hacia la modernidad de la ilustración de aquella época, fue el mejor momento para periodistas, juristas o generales juristas y letrados al mismo tiempo, librecambistas en economía, anticlericales de grados diversos, creyentes en el poder de la ley escrita, excelentes escritores y tribunos. A su amparo, el país avanzó en algunos aspectos hacia el progreso intelectual y material. Se inició con ellos la era de los ferrocarriles, se estableció el telégrafo eléctrico, se fundó el primer banco comercial, se organizó la Universidad Nacional, que había desaparecido en la década anterior al 60, se impulsaron las profesiones técnicas y las ciencias”.

Todos en un solo lugar, con sus botas de cuero hasta la rodilla, espada en cintura y bigotes puntiagudos. Una mesa para la mayoría de liberales que no se parecían a sus retratos colgados en la pared, los cuales siempre ostentaban algo que no tenían: altura, cabello, sinceridad.

El país acababa de salir de varios años de una guerra civil que dejó miles de muertos liberales, conservadores, gólgotas y ciudadanos del común. La separación de los dos principales partidos políticos colombianos determinaba el ciclo de nuevos conflictos que tendrían lugar hasta finales del siglo XX. La campaña conservadora caía y el liberalismo se proclamó ante el repudio de los dirigentes y la alegría del pueblo. El siglo XIX estuvo cargado de numerosas guerras y conflictos políticos. Mientras tanto, los sonidos de la nueva era para Colombia penetraron los oídos de Tomás Cipriano de Mosquera, dirigente del encuentro de la Convención y presidente del país.
“Hay una frase que recuerdo de él, la de la fuerza... —mientras piensa, don Aníbal aprieta los labios, cierra los ojos—. Sí: ‘No tengo fuerza para rechazar la fuerza; pero tengo algo más, el derecho, que está de mi parte, o la opinión nacional, que la veréis triunfar con el trueno de la verdad’. Ya nadie recuerda ese tipo de frases, no se recuerdan porque el pasado, con la excusa de que fue mejor, no se trae al presente para no tener que analizarlo, pensarlo, validarlo”.

Llueve. Las nubes de Rionegro quieren soltar un buen manto de agua. Entramos a la casa. Una habitación con todas las fotos de los presidentes, hasta César Gaviria, nos recibe. La mayoría de rostros son irreconocibles. Don Aníbal acerca su índice a una foto: “Este, este es Mosquera”. Lo que hay dentro del marco es una especie de pintura. Bandera de Colombia en el hombro izquierdo, el cuello cubierto por su traje militar que le llega hasta iniciar la quijada. Tiene un bigote de oreja a oreja. El ceño fruncido.

“Yo no nací en esa época, aunque hubiese querido. Mis padres, profundamente conservadores, siempre pensaron que la religión católica era la respuesta a todo: la educación, la política, la economía. Todo de las manos de un Dios que colgaba en oro del cuello de los que tomaban las decisiones por todos. Quizá eso fue lo que más me impactó de la Constitución de 1863, que a diferencia de las expedidas anteriormente tuvo una inspiración de corte democrático liberal y trató de abrir camino a la fundación de un Estado laico. Un Estado con espacio para todos, para la creencia y para el ateísmo”.

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Don Aníbal se sienta un momento en la habitación donde se guarda la copia —casi destruida— de la Constitución de 1863. Una urna de vidrio la protege. Con caligrafía impecable y hermosa detalla, uno a uno, los artículos pactados hace 151 años. Un hilo de luz entra por el techo, ilumina el centro del comedor, como una pequeña lámpara en una noche febril. De repente se pone de pie, ágil, y dice en tono exaltado:

“Había olvidado decir que las libertades de imprenta y de expresión fueron de los temas que más causaron revuelo en la sociedad del siglo XIX. La creación de periódicos y boletines a gran escala determinó el poder de conocimiento que tenía el pueblo en general. Según la Historia del periodismo antioqueño, de Jorge Ospina Londoño, de la Academia Antioqueña de Historia, en Rionegro, para el año de 1867 el señor Federico Jaramillo Córdoba dirigía la imprenta y a la vez editaba en ella El Estudio. Entonces llegó Fidel Cano y se hizo cargo de la imprenta. Funcionaba en esa época frente a la iglesia de San Francisco, detrás del parque de Los Mártires. Fuera de El Estudio se publicaron además El Éter y La Idea, al igual que tres ediciones de El Espectador, y allí se publicó La Golondrina, un periódico literario del señor Juan José Botero”.

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“La misma constitución de Rionegro —toma aire—, la carta de los radicales, orientó los asuntos del Estado. No obstante ser un documento magnífico, tenía graves defectos que dificultaron la acción de los gobiernos nacionales. El más perturbador de todos, las normas que contemplaba para la aprobación de cualquier enmienda que se le hubiera querido hacer”.

El escritor francés Víctor Hugo se refiere a la Constitución de 1863 (frase cuestionada por historiadores) como una “Constitución para ángeles”, y quizá tenía razón. Desde la concepción de esta carta magna se pretendían alcanzar elevadas aspiraciones políticas, culturales e intelectuales que normalmente no se buscaban en la Colombia católica, apostólica y romana de entonces. Se creyó entonces en otro tipo de ángeles: de carne y hueso, que creían en la libertad de pensamiento, en el libre desarrollo de las capacidades intelectuales, físicas y morales y en la libertad de ser, en el otro y por el otro.

Con las manos atrás: la izquierda abrazando la derecha, don Aníbal Hincapié sale de la Casa de la Convención, voltea y exclama, de nuevo, como si estuviese hablando para sí mismo: “No sé por qué cuento todo esto. De pronto porque el recordar me hace sentir más vivo, más lleno, más cercano. También puede ser porque en estos tiempos de amnesia obligatoria un poco de memoria no cae mal”.

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Por Camila Builes

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