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En los estantes se asoma por estos días un libro que tiene como título Las guerras en Colombia. Les sorprendería a muchos saber que quien lo escribió es una mujer y además es mexicana. Sin embargo, cuando uno se adentra en la vida de la periodista Alma Guillermoprieto, no cuesta entender por qué siendo extranjera ha logrado escudriñar en la carne misma de la guerra y narrar con un ojo inquieto lo que ahí se sufre.
Es una de las 100 intelectuales más influyentes del mundo (puesto 58), según el ranking de la revista Foreign Policy, y es, además, una de las reporteras más cotizadas en los difíciles mundos de los diarios norteamericanos. Su pluma ha sido fiel asistente a las páginas que el New Yorker y The New York Times Book Review le han dedicado a Latinoamérica. Los ingleses se enteraron de las atrocidades sucedidas en El Salvador y Guatemala por su voz, que durante meses contó en The Guardian la barbarie.
Pero ella no se cansa de tanto habitar los conflictos armados que durante décadas han azotado estas latitudes, a la final, sabe que lo peor que le puede pasar a un país es tapar a sus muertos y que a pesar de la desgracia siempre hay relatos maravillosos por contar, incluso de esos narcotraficantes que ahora azotan con desdén a México. Su obsesión es no aburrir al lector y su héroe no tiene imagen de político ni un fusil al hombro, es un pintor de otro siglo, el rebelde trastocador Toulouse Lautrec.
Si un estudiante le pidiera dos o tres pistas para entender la Latinoamérica de estos días, ¿qué propondría?
El caos y la esperanza. El caos es lo que hace que muchos amemos tanto a Latinoamérica, es un mar en el que nos movemos con más libertad y al mismo tiempo es lo que nos impide avanzar. Y la esperanza porque no se puede mirar para atrás y decir que estamos peor que hace 20 años, en salud y escolaridad hemos mejorado. Sin embargo, tenemos una amenaza enorme que se come todo, que es el narcotráfico; pero como no hay institucionalidad, no hay una manera fácil de salir de esto que está devorando mi país.
Al igual que ocurrió en los años 80 en Colombia, ¿empieza el narcotráfico a permear la cultura y la estética mexicana?
Aparte de la manifestación horrorosa de la muerte, tenemos unos narcocultos, que son religiones alternativas. Mientras aquí se hizo muy fuerte el culto a San Judas Tadeo, allá hay cultos a nuevos santos, por ejemplo, uno que
se llama Jesús Malverde. Crearon un santo que se llama Jesús, como el redentor, “malo”, que sabemos que en el “narcoidioma” quiere decir ‘bueno’, y “verde” que es marihuana o dólares, y cuando hubo que hacer un retrato de él, pidieron una estatua que se pareciera un poco a Pedro Infante y un poco a Jorge Negrete. Las mujeres se decoran las uñas con retratos de Jesús Malverde, hay canciones. Y luego está el culto de la Santa Muerte, una calavera que hace milagros y obra en contra de los enemigos.
¿Cuáles fueron los procesos sociales y políticos que conspiraron para que México se convirtiera en el santuario de los corredores para el paso de los cargamentos de droga que provienen de Suramérica?
La geografía, sin duda. Estamos al lado del mercado consumidor más grande del mundo. Milagro es que no haya llegado antes, además estamos a un breve recorrido en avioneta de los mayores productores. Antes no sucumbió el país en la década del 80. Sin embargo, yo añadiría otro factor, y es la corrupción que dejó en México los largos años de gobierno del PRI (Partido Revolucionario Institucional), que dejó como herencia fuerzas del orden incapaces de mantener el orden.
Películas como ‘La ley de Herodes’ o ‘Arráncame la vida’ nos remiten a un tema constante en el imaginario mexicano: la corrupción institucional... ¿Por qué ha sido tan difícil quitarse ese lastre de encima?
Es un fenómeno muy latinoamericano y complejo de explicar. Pienso que cuando hay una revolución en Nicaragua o en México, se abren la puertas de los servicios públicos a un montón de gente que no tenía acceso a éstos; entonces de repente hay hospital para todos, pero no hay suficientes camas, no hay suficientes médicos, ni enfermeras. Creo que, en parte, es el resultado de un exceso de demanda y un cuello de botella en la oferta.
¿Cambiar el estatus de ilegalidad que tiene la droga tendría repercusiones sobre las realidades latinoamericanas?
Si se legalizara la droga, habría que legalizarla en todo el mundo, porque o si no quedaríamos como países parias, y legalizar la droga en todo el mundo no es fácil. Son 144 países los que han firmado un tratado comprometiéndose a combatirla. Mi impresión es que en lugares como México la situación ya está tan deteriorada que no se resuelve gran cosa legalizando. Si legalizas sólo resuelves el tema de la violencia. Ahora bien, la violencia es de suma urgencia erradicarla, pero sin legalizar no creo que se pueda avanzar tampoco.
¿Al estar cerca de la guerra, al lado del volcán [‘Al pie de un volcán te escribo - Crónicas latinoamericanas (1995)’], ha encontrado cosas inesperadas?
La guerra, como cualquier fenómeno, tiene sus caminos propios. Siempre es cuestión de ir aprendiendo por dónde transitar dando el siguiente paso, uno tiene mejor suerte de la que se creería posible. Pero además sucede esta cosa que nos ayuda tanto a los periodistas, y es que todo el mundo quiere que le escuchen su historia: los guerrilleros, los traficantes tienen una historia que les parece que nadie ha escuchado. Y entonces uno descubre que los traficantes no sólo son seres muy humanos, sino que además tienen cuentos increíbles.
¿Por qué Europa sigue idealizando los movimientos guerrilleros latinoamericanos?
La gente que vive en países no caóticos y ya muy hechos, en donde todo está planeado y solucionado, sueña con la libertad de hacer cosas insólitas, y el ideal de las guerrillas encarna eso. Todos soñamos con admirar a alguien y admirar a alguien que está dispuesto a dar la vida por sus ideales me resulta lógico. Claro, es más difícil entender por qué los ideales se negociaron, porque es ya casi una guerrilla que necesita jubilaciones. Pero a mí no me extraña ese idealismo.
¿Cómo es el nuevo héroe latinoamericano?
Una de las cosas que sucede es que en este siglo, en el cual la religión tiene un papel muy pequeño y en donde las guerras ya se acabaron, no hay héroes. Yo no tengo un héroe. Cantantes de música popular, una estrella de cine que se va a África a repartir bonanza, ésos no son héroes y esta época sí que los necesita. Yo no sé si Barack Obama vaya a ser un buen presidente, pero lo cierto es que la gente se volcó porque necesitaba un héroe.
¿Podría haber otras vías diferentes a la política para labrar una identidad latinoamericana?
La identidad no se va a labrar en la política, de hecho, pocas cosas se labran en la política. Yo creo que la música y el cine son nuestros grandes unificadores.
¿Se puede hablar de una izquierda latinoamericana?
Son por los menos dos: una que es parlamentaria y que cree en la consolidación de instituciones, y hay una que todavía se prende mucho a la idea del líder carismático o heroico y creo que no es momento para esos líderes. Pero también hay un centro que aporta ideas. Creo que ahora las ideas buenas son las que valen y las etiquetas valen mucho menos.