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Una opinión sobre la película “Amélie y los secretos de la lluvia”

Amélie y los secretos de la lluvia es una obra que le propone retos al espectador: ir más allá de una narrativa convencional que abriga los sentidos.

Daniel Rojas Chía

18 de marzo de 2026 - 01:38 p. m.
Amélie y los secretos de la lluvia es una adaptación de la novela Metafísica de los tubos, de Amélie Nothomb.
Foto: Archivo Particular
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No se sabe con exactitud desde cuándo el ser humano cuestiona su existencia, pero ha creado muchas líneas de pensamiento que intentan darle explicación a esta crucial pregunta, tomando como punto de partida una frase del escritor ruso Fiódor Dostoyevski que dice: “El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para qué se vive”.

Desde la sensible y meticulosa mirada de un gran equipo de animación, dirigido por Maïlys Vallade y Liane -Cho Han, Amélie y los secretos de la lluvia, basada en la novela Metafísica de los tubos de Amélie Nothomb, presenta una belleza visual, simbólica y conceptual.

Desde el mundo de los sueños, tan ligado a la imaginación, Amélie es una niña que solo quiere ser testigo de un mundo que le acaban de presentar. Se dedica a observarlo y nota que tiene tantos mensajes como miradas. El director de Arte de la cinta, Eddine Noël, presenta una mezcla multicultural entre Bélgica y Japón en tiempo de la posguerra, que envuelve a la película durante su primer acto en un velo melancólico y apreciativo, todo desde los ojos de una bebé.

Esta gran película presenta a Amélie, pequeña niña belga nacida en Japón. Gracias a su entrañable amiga Nishio -san, el mundo se convierte en un universo lleno de aventuras y descubrimientos. Al cumplir tres años un acontecimiento inesperado transforma su realidad. Para Amélie, todo está en juego a esa edad: la felicidad, la pérdida y la comprensión de que el mundo es mucho más grande de lo que imaginaba.

El largometraje animado, nominado al Premio Óscar, por momentos parece un cruce entre el realismo poético francés y el cine contemplativo asiático dentro de una propuesta estética que recuerda la sensibilidad y la atención por la belleza de lo simple, pero íntimamente impresionista con claroscuros del director francés Jean Renoir, como el valor simbólico sobre la lluvia, que no es un mero recurso escenográfico, sino un dispositivo narrativo que articula memoria, deseo, transformación y aprendizaje.

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Al suspender la acción y dilatar el ritmo, la lluvia genera un espacio de contemplación que privilegia la experiencia sensorial sobre la líena narrativa, pero sin sacrificar su fluidez.

Cada plano se convierte en una reflexión que despierta una percepción que necesita la película. Con el tiempo, los ojos de Amélie brillan más y nos situan amablemente en un terreno donde lo efímero adquiere un valor filosófico.

La pequeña protagonista funciona como mediadora entre lo cotidiano y lo fantástico, pero esa visión no solo es imaginación, sino una invitación para cuestionar la relevancia de sus pensamientos. Se abrazan los recuerdos y se vincula la idea de lo maravilloso y cotidiano en Alejo Carpentier: aquello que, sin romper las leyes de la realidad, introduce una dimensión de extrañamiento y revelación, regresando a la lluvia como eje narrativo y al agua como un elemento capaz de revelar lo oculto y de conectar lo personal con lo colectivo.

En su puesta en escena, la película es una animación francesa en 2D digital, caracterizada por un estilo visual artesanal, tipo acuarela y sin contornos, lo cual es importante, pues ningún personaje se retiene a sí mismo, ni entra en una normatividad rígida (bueno, solo en una ocasión que vale la pena descubrir en la sala).

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Los tonos pastel enfocan la atmósfera y las emociones con la poética edición de Ludovic Versace y la bella música original de Mari Fukuh, que permiten que la fotografía fluya como el conocimiento. Los reflejos en los charcos y las transparencias en los cristales construyen un universo visual donde la realidad parece estar a punto de disolverse, lo que posibilita que este recurso dialogue con la estética impresionista.

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Amélie y los secretos de la lluvia es una obra que le propone retos al espectador: ir más allá de una narrativa convencional que abriga los sentidos.

Por Daniel Rojas Chía

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