28 May 2016 - 4:10 a. m.

“Una pastelería en Tokio”: una película más allá de la técnica

La cinta japonesa, que se estrenó la semana pasada en el país, es una historia conmovedora que revela el valor de las cosas simples.

Camila Builes

Un lema: “Sigo pintando y haciendo películas sobre la condición humana porque creo en la dimensión espiritual del cine. Pienso que el cine es otra vida, y lo que no puedes hacer en la vida real lo puedes hacer rodando. Eso es en lo que creo”.

Todas las películas de Naomi Kawase (Nara, 1969), dramas comunes e íntimos, se relacionan en un mismo sentido: la sencillez. Kawase es una narradora de sentimientos. Su obra pareciera tener el único objetivo de revelar la trascendencia de lo simple y convertirlo, al mismo tiempo, en maravilloso. Suele ser un cine delicado en la forma, evocativo en el fondo, melancólico de tono y, por momentos, lineal en el tema.

Una pastelería en Tokio, su última película, no es una excepción. La apuesta por mostrar el lado misterioso de Tokio, sin avisos publicitarios, despliegue tecnológico, caos vehicular y exceso de contaminación, convierte a esta cinta en una pequeña utopía urbana. Los cerezos en medio de los parques, la luna llena y los detalles naturales realzados durante el rodaje generan un espacio conmovedor que no necesita de grandes proezas técnicas para que se desarrolle la historia.

La vida de Sentarô, un panadero que vive en la capital japonesa y repudia hacer pasteles dulces, cambia cuando Tokue se aparece un día en su pequeña pastelería para ofrecerse al empleo que él está ofreciendo.

Tokue, interpretada por Kirin Kiki, es una anciana de setenta años que habla con los árboles, la luna y los pájaros. Después de haber padecido lepra y mantenerse internada durante años en un centro de recuperación, la mujer descubre el mundo a través de los pequeños detalles. “He hablado con las judías (semillas con las que se prepara el dulce de los pastelillos), he escuchado su voz, he visto el camino que recorrieron antes de llegar a la tienda: el sol que las abrazó, el agua que las regó. He visto cómo crecieron y cómo ahora están acá. La cocina es el arte de escuchar”.

Esa es la tesis de la cinta: escuchar. Dejarse llevar por los sentimientos que, aunque en este caso son heridas que no han dejado de sangrar, preparan el camino para la felicidad. La relación con el tiempo y con la muerte, a pesar de dolorosa, no es traumática.

Esta película vincula los personajes de una manera entrañable, pero sin ningún contacto físico. Los espacios individuales, que parecen ser enormes, intensifican los sentimientos. Largos momentos de silencio, donde el sonido del fuego en la caldera o el agua contra las judías advierten que hay más personajes, otros más allá de los humanos.

“Antes de la belleza está la miseria, el dolor. Primero debemos descubrir la fealdad del mundo, la belleza siempre viene después, por contraste. La belleza está en la superficie del miedo y de la fealdad, de todas las cosas, y por eso no será por la belleza que salvaremos el mundo. No sé en todo caso si el cine puede salvar a los hombres, pero quiero creer y espero que el arte lo haga”, asegura Kawase.

Si esta temática hubiese sido adoptada por una forma occidental de narrar, sería, seguramente, una historia con más picos y golpes. Atravesada por las construcciones temporales y sociales que hacen, casi siempre, de nuestro cine un relato más violento, más transgresor.

Una pastelería en Tokio funciona con armonía. Con la simpleza de las mejores obras. Sobrecogedora: no hay otra forma de describirla.

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