Mujeres de la política estadounidense vestidas de blanco uniformado, una noche en la Cámara de Representantes. Los significados de ese color en la coyuntura del presente. Las elecciones estéticas de Melania Trump, la primera dama, las señales de silencio, indolencia, poder maltrecho que se leen en ellas. Una mirada a la vida de “Cenicienta”, tramposamente glamurosa, de Lee Radziwill, la hermana de Jacqueline Onassis, atrapada en esquemas de feminidad lustrosos, pero problemáticos. La conexión entre un caso aberrante, como el de Jeffrey Epstein, con una red pedófila de niñas, cubierta por amigos, grupos sociales y cómplices, y las dinámicas de un mercado neoliberal que ve en las mujeres cosas bellas y consumibles. La manera como las mismas mujeres participan, a nivel simbólico, en esas miradas.
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Lo que puede leerse, semióticamente, en la apariencia de una mujer en la política institucional, en la gestualidad del mismo presidente estadounidense, todo aquello que parece ínfimo, y de donde pueden destilar sorprendentes índices de temas menos aparentes -esa es la magia de la pluma de la doctora Garelick-.
En un mundo hiperestetizado, sometido al régimen visual de las redes digitales, donde la saturación de imágenes nos ha quitado también la capacidad de asombro hacia esa forma sensorial, esta mirada no puede ser menos que iluminadora y refrescante. En un país como Colombia, donde crece el interés por la imagen, donde la estética cumple un rol significativo en dominios tan variados y complejos como la política y la identidad, la pluma de la doctora Garelick es un referente para entender las deficiencias y posibilidades de nuestro periodismo local.
¿Cómo empezó a hibridar el estilo, el vestir, la moda y la literatura? ¿Cómo podría describir el transcurso orgánico que tuvo ese proceso?
Sí perseguí un camino más académicamente convencional al principio. Obtuve mi doctorado en Yale, mientras pasaba tiempo en París, en la Escole Normale Superieure. Era una época donde había intenso interés en la literatura y la teoría psicoanalítica. Adoraba esas aproximaciones. Quería todo tipo de textos de análisis profundo, pero con frecuencia encontraba la vida de la cultura y la academia estricta un poco seca, un poco insulsa. El trabajo en sí podía ser emocionante y profundo, pero la atmósfera cultural se sentía abstemia, poco jugosa si se quiere.
Extrañaba algunas de las pasiones de mis días más jóvenes: el teatro, la danza, la moda. Pero también sentía que había una jerarquía implícita en los intereses, y que aquellas cosas caían en un lugar menos “serio”, ante los ojos de ciertas personas poderosas. Empecé a alejarme un poco del acercamiento académico estándar de varias formas. Primero, decidí incorporar un estudio de performers femeninas en mi disertación sobre la literatura del fin de siecle. Escribí sobre Stephane Mallarmé, por ejemplo, y sobre Loie Fuller, sobre quien él había escrito esotéricamente. Quería saber quién era esta mujer que se había convertido en una “idea” o un concepto abstracto para los simbolistas y otros artistas masculinos. Qué estaba haciendo ella como artista. Eso me llevó a que escribiera un libro completo sobre Loie Fuller y su relación con el performance y el modernismo. Para mí esto era como una especie de historia crítica reconstructiva y feminista.
¿Cómo decidió que podía escribir algo novedoso sobre Coco Chanel? ¿Cómo cree que su libro “Mademoiselle: Coco y el pulso de la historia” refrescan los mitos e imaginarios fabricados alrededor de ella?
A partir del diseño de vestuario fue más fácil empezar a pensar más seriamente sobre la moda y su historia. Había planeado escribir mi tercer libro sobre Coco Chanel como diseñadora de vestuario, pero enfocada en su trabajo para el Ballets Russes, para Jean Cocteau y para otros cinematógrafos y directores de cine. Tuvo una carrera de 30 años en esa área, de la que pocas personas sabían, pero una vez empecé, me di cuenta de que Chanel era, claro, una diseñadora de vestuario, ¡pero que había diseñado para un mundo mucho más industrializado! Es decir, para la mayoría de las mujeres. Estamos todas, en cierto sentido, ataviadas hasta hoy por Chanel, en cierta manera, como Chanel -ya que ella diagramó su famoso “look” sobre ella misma-, así que cambié escribir un libro académico sobre Chanel y ese tipo de diseño de vestuario para escribir un libro mucho más grande, una biografía crítica de ella como una diseñadora global.
¿Cómo escogió los sujetos de su escritura? ¿Cómo es el paisaje de su investigación?
De cierta manera los temas me encuentran a mí. Salen del paisaje político y mis reacciones apasionadas ante los eventos cotidianos. Ahora mismo estoy respondiendo a la naturaleza de espectáculo que está teniendo la política estadounidense particularmente. Siento que el presidente actual ha establecido una administración altamente teatralizada, que realmente se apoya en muchos elementos tradicionalmente asociados con la cultura material de las mujeres: la moda, narrativa telenovelesca, discursos de novelas románticas, etc.
¿Cuál ha sido el tema de escritura más retador hasta la fecha?
Escribir sobre la presidencia de Donald Trump, mientras mantengo mi compostura crítica, siempre es el reto más grande.
¿Cuál es su opinión sobre las formas en las que el feminismo y la moda se conectan? ¿Piensa que el feminismo se ha convertido en una suerte de espectáculo dentro de la industria de la moda o considera que la ubicuidad de la mercancía feminista y la mensajería de la moda son un signo de algo más profundo? ¿Es más complejo que eso?
Para mí, cuando la moda usa el feminismo en una forma de “aplicación decorativa”, en tanto barata e inútil, como cuando Karl Lagerfeld hizo su desfile de protesta “feminista” con modelos portando pancartas, es ofensivo. No me gustan los eslóganes ni las camisetas tampoco. Eso no es feminismo verdadero. Para mí, el feminismo en la moda se hace sentir cuando alguien como Rei Kawakubo rediseña la moda para cambiar completamente cómo nos sentimos con nuestros cuerpos y nuestras ropas, sacando la mirada de las partes tradicionalmente “eróticas” y fragmentadas de la mujer. Rehusándose a cosificar la forma femenina y convirtiéndola, en cambio, en una escultura fascinante. Feminismo es cuando la ropa se ofrece como un placer sensual para la mujer que la luce, en vez de ser un placer visual para el que la mira. Feminismo es la sostenibilidad en la moda para que recordemos que preservar el planeta es feminista, y progresista -y esencial para todos-.
Encuentro a la diseñadora Stella McCartney muy interesante en ese sentido. También adoro a los diseñadores que les ofrecen a las mujeres una belleza sutil que no depende de una versión opresiva de tener “un cuerpo apropiado”. Acabo de descubrir una diseñadora iraní, Heydari, que es interesante.
Desfile de Stella McCartney, diseñadora británica a quien Rhonda Garelick admira por su interés en hacer moda sostenible. / AFP
¿Cree que la moda puede ser feminista? ¿Esa pregunta no debería ser respondida dentro de la naturaleza ambivalente y contradictoria que define a la moda misma?
Por supuesto que puede serlo. Y también es feminista ser abierta en tanto el placer del adorno individual y la moda. Es feminista discrepar sobre lo que es feminista.
Se podría decir que usted es una suerte de mujer maravilla, doctora Garelick. También hace consultorías internacionales y corporativas. Sus temas en este campo, según entiendo, incluyen la moda, los medios y las finanzas. ¿Nos podría contar un poco sobe el capítulo actual de su trabajo y su vida?
Bueno, no creo ser una mujer maravilla, pero sí he hecho muchos tipos de trabajos, aunque todos se relacionan entre sí. Empecé a trabajar como consultora cuando me sentía particularmente frustrada con la academia por muchos motivos, así que me ausenté de mi trabajo de docencia y me mudé de nuevo a Nueva York. Allí necesitaba un trabajo. Un amigo estaba haciendo consultorías y creyó que disfrutaría conocer a su jefe, un hombre que dirigía una agencia de consultorías ¡pero que era un doctor en filosofía antigua y había enseñado en Princeton también! Por supuesto, me sentía intrigada. Fui contratada por la agencia y empecé a hacer investigación de mercado y entrevistas etnográficas liderando grupos de foco, aprendiendo sobre mercadeo y estrategias de marca. Lo amé. Encontré que era realmente análisis y crítica cultural: involucraba conversaciones profundas. Continué. Eventualmente regresé a enseñar, pero seguía con las consultorías. Luego tuve una pequeña agencia propia con dos socias. Hicimos proyectos en los campos de la cosmética, los seguros, las revistas, las finanzas. Siempre fue fascinante. Iba a los hogares de las personas para hablar con ellos sobre sus reacciones a productos o al comercio. Iba a negocios y atendía reuniones tratando de discernir la cultura. Los problemas surgen cuando hay algo sobre un negocio que no puedo apoyar éticamente. Entonces es retador entregarse a seguir ayudándolos.
¿Cómo es su relación con las redes digitales?
Me encanta poder conectar con miles de personas en un flash, así que sí uso Facebook y Twitter. Luego siento un poco de vacío y añoro la conversación humana. Me he abstenido de Instagram hasta ahora solo porque temo que me va a consumir.
¿Qué cree que define o caracteriza el espíritu estético de nuestra época?
Creo que estamos viviendo en la era de la superficie, donde estamos rebotando de unos planos altamente reflectores sin sumergirnos adentro. Estamos deslumbrados por la conectividad, pero fallamos en cuestionar los mensajes lustrosos que recibimos. Extraño la conversación y el análisis profundo. Incluyo a la moda rápida en este paradigma también.