14 Apr 2020 - 6:04 p. m.

Una posible reinvención del oficio del promotor de lectura

Mediar, promover o animar la lectura ha sido siempre una preocupación de personas, de maestros, de padres, de entidades, de gente desesperada que no entiende cómo otros no leen. Sin embargo, en medio del desaliento que produce, ha sido también un tema de esperanza, de constancia, de creencia, de fe, una especie de apostolado en tiempos siempre difíciles. 

Isaias Romero P. / @Lectopaternidad

Los libros abandonados, o la triste postal de una sociedad que parece haber olvidado su pasado.  / Cortesía
Los libros abandonados, o la triste postal de una sociedad que parece haber olvidado su pasado. / Cortesía

En el principio fue el libro

A ciencia cierta quienes hemos asumido este oficio sabemos que la promoción de la lectura no debería existir como trabajo, debería ser algo natural e inherente al ser humano que no requiriera mediación, pero también sabemos que miles de factores han alejado a la gente de libros así como de leer su realidad, o las estrellas, el cine, la música. El trabajo del promotor de lectura depende de la gente, se vale de sus dudas y de sus intenciones para ser eficiente, de reconectarlos con aquello que abandonaron por alguna circunstancia o para demostrarle a quien no lo ha descubierto, la poderosa herramienta que es. Se alimenta con las reacciones de los niños, con las preguntas de los usuarios de una biblioteca, con los viajes cargando una maleta llena de libros hacia una vereda, cruzando un río, andando en un paraje, o visitando un páramo saludando frailejones. Es un trabajo inspirador que con muy poco hace enormes contribuciones al bienestar de la gente, a la cultura, al acceso a la información como un derecho, pero es un trabajo que sin la gente pareciera no existir. Un trabajo que se desnutre en estos tiempos. Es como un libro maravilloso que está esperando que alguien lo tome de alguna repisa en una biblioteca del mundo y que a pesar de tener el secreto para la felicidad, si nadie lo lee se pierde. Creo que estos momentos de confinación, en los que las bibliotecas están cerradas, en el que los promotores de lectura están en sus casas y en el que todas las iniciativas de lectura que han sufrido para estar donde están se han detenido, son los indicados para una reinvención del mejor oficio del mundo, contrario a lo que pensaba Camus sobre el periodismo. 

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Han sido días complejos con los picos naturales en la existencia humana a veces amando y a veces queriendo matar. Este forzoso alejamiento creo que ningún promotor o bibliotecario lo tenía en sus planes, quizás no pensamos jamás que este trabajo, como tantos otros, se viera tan afectado, no sólo en términos de contrataciones que de hecho es una tragedia, sino también en lo que implica alejarte del público y en los más recientes casos acercarte a un público que no te ve. Pero esa reinvención también tiene algo de magia. Me ha gustado mucho ver todos esos cuadritos con movimiento en las pantallas y a tantos promotores en el mundo preocupados y esforzándose porque allá, en algún lugar remoto del ciberespacio, alguien este sonriendo o mirando enternecido recibiendo su botella al mar. 

A pesar de que en algunos escenarios hemos llegado tarde a la virtualidad como método de animación a la lectura, ha sido grato en tantos videos observar las bibliotecas de las casas, las pequeñas, abundantes, moribundas; ver las salas desde donde se emiten, algunos con material improvisado, otros con cuidado y dedicación, incluso convencen a sus propios hijos y sobrinos de salir en las pantallas, leyendo o escuchando alguna historia. Han metido a los abuelos, a las nanas, a las madres, hasta los peluches que tenían como recuerdos de la vida, en ese cuadrito que permite los bordes de su celular. Se han disfrazado, han sacado su mejor y peor cara, a algunos no les importa que la luz no entre lo suficiente para verles o que el sonido de sus voces se pierda entre trastos que se lavan en la cocina cercana o llamadas para ir a almorzar. He recibido llamadas de otros, por ejemplo, pidiendo auxilio, son capaces de pararse en un escenario atestado de niños y encantarlos con su voz como una flauta de Hammelin, pero le temen profundamente a la cámara. Otros, a pesar de llevar años dedicados al oficio, simplemente no saben qué hacer.

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Dicho sea de paso, promover la lectura no es en una sola vía, no se tiene una sola forma o un solo método de hacerse; ha hecho falta más entrenamiento es eso de hablarle a un público que no está en cuerpo presente, difícil, pero esa inventiva tal vez, requiera más figuras de papel, no diciendo cómo se hacen en un video, sino dejando que ellas sean las que hablen, quizás una voz, un podcast, un stopmotion, en eso la tecnología tiene miles de variedades que no pueden ser sólo videos. 

Formas de reinventarse

Si de algo puede servirnos todo este encierro es para reflexionar, primero en que si trabajamos para una entidad que nos paga por leerle a otros somos profundamente afortunados y deberíamos agradecerlo sin medida. Dos que si por alguna razón llegamos por tropiezo a este trabajo, que no lo teníamos en nuestra expectativa laboral, aun mayor debe ser el agradecimiento por la enorme posibilidad que brinda el hacer parte del mejor trabajo del mundo, hay que dejar que la lectura nos transforme y tres, asumir de una vez por todas que somos promotores, mediadores o animadores de lectura, sin prevenciones y que, como debe ser, nos le medimos a lo que sea. El reto para quienes no se han montado en el tren de las pantallas, es hacerlo, y para los que están ahí hace rato es bajarse. El reto es dejar que sean las palabras las que inunden toda la virtualidad. 

Algunas iniciativas que sirven de luz comienzan con una iniciativa de la renacida Biblioteca Gabriel Turbay y su programa LEO en Bucaramanga: con una inscripción sencilla te llaman por teléfono a contarte un cuento, sobre todo para personas de la tercera edad que requieren mucha compañía. Otra puede ser un voluntariado para leer en los hospitales, el miedo nunca ha sido un buen aliado y desde hace más de 200 años la lectura es considerada un paliativo que ayuda a otros a sanar. ¿Y los vecinitos? Los niños también son unos héroes en estos momentos, imaginen lo que es tenerlos encerrados tanto tiempo, bueno pues su equipo de sonido, un bafle, un megáfono, una hora de cuento en los pasillos de un conjunto residencial sin que tengan que acercarse mucho puede ayudar. ¿Qué tal un cuento escrito todos los días o transcrito debajo de una puerta donde exista un niño? será más que alentador.

Que tal adoptar la idea de Arco, el del Bibliocarrito y poner al servicio del conjunto, de la cuadra, de la calle los libros que se tienen en la casa, una biblioteca urgente. Estudiar y conocer el oficio es otra opción, redes como la de El Banco de la República tienen consabidas lecturas y talleres especializados sobre la forma en que se puede siempre mejorar, por sólo mencionar a una de las posibilidades. Aprender de otros es inspirador, miles de videos de gente haciendo estupideces contrastan con las narraciones y las historias de los promotores de lectura del mundo que han llevado el oficio a otro nivel. 

Recordemos que los relatos para niños, ese público maravilloso y siempre agradecido con el bibliotecario o el promotor de lectura, no nacieron con los libros impresos, tienen una historia milenaria donde la imaginación y la voz eran lo fundamental, en el adn del promotor de lectura está un cromosoma de servicio. Recordemos también que como tal y como funciona un puente entre algo que ya existe y alguien perdido, el promotor está presente, sabe que no hay un método, como dice Chambers, para acercar al lector y que en los momentos más oscuros de la humanidad, la lectura ha sido ese bálsamo que nos ha aliviado el dolor y la incertidumbre, llevémosla, porque desde la casa, leer es encontrarse.

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