Hannah Arendt advirtió que nuestra época sería la de los fugitivos. La autora de La vida de la mente tenía razón; las rutas de la necesidad son recorridas por suplicantes que ponen a prueba, casi siempre sin éxito, la noción de hospitalidad.
Edward Said señaló que el desarraigo resulta “extrañamente atractivo como reflexión y terrible como experiencia”. La desgracia de los desplazados permite entender al hombre contemporáneo, escindido de toda certeza.
Nacido en Jerusalén, Said emigró con su familia a Estados Unidos y supo lo que significa perder el entorno común. No es casual que dedicara buena parte de sus ensayos al exilio. El desplazamiento abre una herida, pero permite ver el mundo con singularidad. Los grandes cronistas de nuestro tiempo están incómodos; saben que las cosas podrían ser de otro modo. Su lucidez contrasta con la rutinaria aceptación del sedentario. A fuerza de viajes indeseados, la mente despierta.
En Minima Moralia, autobiografía que lleva el contundente subtítulo de Reflexiones sobre una vida mutilada, Adorno considera que sentirse ajeno en la propia casa es un acto moral. Quien no se adapta, cuestiona. En cambio, los tiranos no se sienten huéspedes.
Entre otros escritores errantes, Said se ocupó de un intermediario entre las culturas árabe y judía. Rashid Hussein vivió en Tel Aviv como periodista y traductor de poetas hebreos al árabe hasta que la política se le hizo irrespirable y se exilió en Nueva York, donde habitó un territorio progresivamente imaginario, hasta su muerte en 1972. La bebida y el tabaco eran su nueva patria. Una noche se acostó con el cigarro encendido y una chispa encendió las grabaciones que conservaba junto a su cama. Ahí recitaban los poetas de Medio Oriente. El traductor murió asfixiado por el humo o, si se quiere, por las voces que había llevado a cuestas. No ardió por descuido; ardió por la distancia.
La Casa Refugio Citlatépetl se creó hace diez años para albergar a escritores perseguidos por sus ideas. La infatigable promotora de la idea fue Carmen Boullosa. Cuauhtémoc Cárdenas, jefe de gobierno del D. F., ofreció en 1998 una sede que el arquitecto Felipe Leal haría habitable. Recuerdo el acto inaugural, a comienzos de 1999, cuando el sitio tenía más escombros que paredes, y al que Salman Rushdie asistió en representación del Parlamento Internacional de Escritores. Cárdenas se refirió con sobriedad al tema del exilio, pero a nadie escapó el vínculo entre ese gesto y la política de asilo de su padre, el general Cárdenas, durante la Guerra Civil española.
En diez años nunca libres de apagones ni trámites capaces de sugerir que el primer asilado fue Kafka, la Casa Refugio ha recibido a autores de Serbia, Kosovo, Argelia, Senegal, Egipto, Chad e Irak. Cuando el Parlamento Internacional de Escritores se disolvió para integrarse a las buenas causas perdidas, la Casa Refugio se incorporó a la International Cities of Refuge Network (ICORN), con sede en Stavanger, Noruega. El contacto con una organización internacional acreditada resulta indispensable para evaluar las candidaturas de los escritores y saber el grado de peligro que corren.
Los motores de la casa
Los empeños de esta casa no existirían sin dos mexicanos que sólo por excesos de la geografía nacieron lejos. El director, Philippe Ollé-Laprune, encarna la noción francesa de savoir faire y la habilidad del trueque azteca. Su método para conseguir
un boleto es el siguiente: un filántropo textil le regala mil toallas; él las dona a un balneario a cambio de cortesías para pilotos; luego, una aerolínea le ofrece un boleto Dakar-D.F.
El otro apoyo cardinal viene de Álvaro Mutis, presidente del patronato. Durante diez años, el poeta de las travesías marinas ha recorrido el inclemente tráfico de la Ciudad de México para conocer a los refugiados. No hay espectáculo civilizatorio más alto que ver a Mutis haciendo sentir bien a un desconocido. Su actitud es la de un capitán que vivió las tempestades y sabe lo que vale un puerto. Mutis abraza, sonríe, cuenta una anécdota loca, menciona algún poema. Instantes después, alguien de Chad o Senegal o Irak habla de sus hijos, sus frutos favoritos, las palabras que le gustan, el olor del mar. Mutis logra que la reunión alcance una disparatada felicidad, como si los desastres fueran un rodeo para llegar ahí, donde se puede continuar. “Nadie sabe el trabajo que le cuesta a Álvaro ser tan simpático”, ha dicho García Márquez, su mejor amigo. Sobreponiéndose a cualquier dolencia, el poeta se presenta a decir extrañas palabras en árabe, mencionar una canción que escuchó cuando fue camellero en otra vida, hablar del atardecer en el Bósforo reflejado en el collar de una princesa, las cosas que aprende en sus viajes en torno a una mesa.
Las estancias han dado notables resultados. El escritor kosovar Xhevdet Barjaj llegó en 1999 con su familia, una maleta y una libreta con memorias de la guerra. Vivió en la Casa hasta 2002. Actualmente es profesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, publica en español, tiene nacionalidad mexicana y se ha nombrado a sí mismo “Xhevedtl”, el extranjero más autóctono. Por su parte, Kously Lamko, dramaturgo y músico nacido en Chad, llegó a México en 2003 y ahora inicia el proyecto de la Casa de África, en el centro del D.F.
Actualmente, la Casa hospeda al narrador senegalés Boris Diop Boubacar y al poeta iraquí Hatem Saleh.
La poesía es una forma de la adivinación. En Los trabajos perdidos, Mutis intuyó el territorio que acaba de cumplir diez años:
“Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio de este mundo”.
Ese lugar es la Casa Refugio y Álvaro Mutis la preside.