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Una redada a las miserias humanas

En 'La redada', la directora francesa revive momentos dolorosos para su país, como el asesinato de 13 mil judíos. La cinta se estrena este viernes en Colombia.

Hugo Chaparro Valderrama / París

21 de diciembre de 2011 - 05:20 p. m.
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“No hay tiempo para afligirse por las rosas, cuando los bosques se incendian”, escribió en el siglo XIX el poeta Juliusz Slowacki. La directora francesa Rose Bosch invirtió los términos en su segundo largometraje, La Rafle (La redada, 2010). Preocupada por las rosas mientras los bosques de Europa se incendiaban durante la Segunda Guerra Mundial, se atrevió a filmar un momento polémico de la historia de Francia, cuando en el mes de julio de 1942 el mariscal Petain permitió una redada por la que fueron encerrados en el Velódromo de Invierno de París más de 13.000 judíos que luego serían deportados a los campos de exterminio nazis. Bosch se concentró en las historias de los niños —las rosas amenazadas por el fuego de la guerra—, narrando su historia en medio de la estupidez y el asesinato propiciados por los colaboracionistas que traicionaron a los judíos con una deslealtad de matices criminales.

La investigación para la película le llevó tres años de pesadilla a Bosch por los descubrimientos que le evidenciaron las cartas, los testimonios y las entrevistas con los ancianos que, a mediados de los años cuarenta, sufrieron la persecución y detención en el velódromo antes de obligarlos a viajar en los trenes de la muerte conducidos por Hitler.

“El guión fue escrito con base en testimonios reales”, dice Bosch con una pasión evidente por la necesidad de recordar la historia oscura de Francia y la utilidad que ha tenido su película en el país donde la polémica y la necesidad de aclarar la memoria de las miserias humanas llevó a las salas a tres millones de espectadores, siendo considerada La Rafle una de las seis mejores películas francesas de 2010.

“La niña que escapa con el bebé es la abuela de mi abogada. El cura, que murió en 1944, escondió en Montmartre, durante la guerra, a muchísimos niños. Uno de los bomberos, que actualmente tiene noventa años y que en aquel entonces tenía veinte años de edad, vive en Burdeos, donde lo entrevisté. Otro personaje está basado en un niño que alguien tiró por la ventana del tren porque era pequeñito; cayó entonces al lado de las vías hasta que una familia lo encontró, para darse cuenta de que no recordaba su apellido. Cuando trabajaba en mi investigación supe del capitán Pierret y de su trabajo en la Resistencia, por el que reveló en dónde tenían almacenadas los alemanes las municiones que fueron bombardeadas por los ingleses. Después de la película, una familia de Marsella me escribió a través de Facebook diciéndome que había narrado la historia de su abuelo. La historia de la enfermera también es real. Como la escena en la que el jefe del campo de concentración le dice a la niña que sus flores se van a morir en el tren. Otras enfermeras que trabajaban en el campo les escribieron a sus padres lo que había sucedido con este cabrón, contándoles que mientras él decía esto, la gente lloraba”.

¿Por qué privilegiar la realidad sobre la posibilidad de narrar una ficción con base en esa realidad?

Para mí la realidad es mucho más fantasiosa que la ficción. Además se trataba de una cuestión de honor. No podía imaginar esta historia de una manera esnobista en términos artísticos. Habría sido algo idiota y obsceno. Para mí el drama existió en la realidad y, si no lo utilizaba, habría contado tal vez una historia demasiado pretenciosa, lo que para mí era algo imposible moral y éticamente.

¿Qué aprendieron los niños que actuaron en la película y, específicamente, los niños húngaros que participaron en la recreación de un episodio de la historia vergonzosamente olvidado?

Los húngaros han escondido el pasado de su propio país. Lo sé porque hay un movimiento de extrema derecha en Hungría muy racista que se ha encargado de eso. Han tratado de ocultar el hecho de que 800.000 judíos fueron deportados de Hungría a mediados de los años cuarenta, porque eran el 10% de la población y el resto de los húngaros no los quería, como ha sucedido siempre, por ejemplo, con los gitanos. En Hungría no se han preocupado por su memoria. Cuando he tenido la oportunidad de conversar con ancianos húngaros, les he preguntado cuántos años tenían en aquella época y ellos me decían que alrededor de doce; que sabían de la existencia de judíos de Budapest pero, según ellos, ya no estaban en el país porque todos se habían ido a Estados Unidos. En otras palabras, no quieren aceptar lo que sucedió. Por eso no creo que el nazismo haya muerto en Europa. Existe en países como Francia y Alemania. He visto manifestaciones de miles de personas marchando mientras hacen el saludo nazi. Así que no me sorprendió que en Hungría no haya gustado mucho la película.

Y en Francia, ¿cuál es el tipo de público que se ha interesado más por ‘La Rafle’?

Curiosamente, el público joven, el espectador que está entre los doce y los veinte años de edad. Desde que se estrenó en marzo de 2010, La Rafle ha sido un éxito desconcertante. Aparte de los espectadores que ha tenido la película en las salas de cine, cuando se editó en DVD fue número uno en ventas. Sin duda se han hecho muchas películas sobre los nazis, pero no tantas como son necesarias sobre los colaboracionistas de los nazis.

Después de filmar esta película, ¿no la espanta mucho más el ser humano?

Nuestra especie está loca. Es disfuncional. ¿Cómo es posible maltratar a los niños? No puedo entenderlo. Después de La Rafle sigo sin comprender lo que ocurrió. ¿Cómo fue posible que los policías, que también eran padres, pudieran entregar a los niños judíos de Francia para que los asesinaran los nazis? Y el mundo empeora cada vez más. Piense simplemente en el terrorismo. Si mis hijos me dijeran que no quieren saber nada de este mundo y se quieren refugiar en Tahití, lo entendería por completo. No sé cómo no terminé alcoholizada después de escribir el guión. Pero tenía que hacerlo. Y filmarlo, como una catarsis, porque sería algo concreto y tendría una utilidad específica cuando el público viera la película.


Además se trata de una película que privilegia el mundo femenino, realizada por una mujer, acerca de niños vulnerados por la crueldad del mundo adulto, protegidos ante la amenaza de la muerte por madres ocasionales, como la enfermera…

Primero que todo, hicimos la película en memoria de toda la gente que fue a prisión. Pero también porque ya hemos visto lo que ha hecho el poder de los hombres en el mundo durante dos mil años. Creo que las mujeres somos más pacientes que los hombres. Damos la vida y la respetamos más. Tenemos una relación íntima con los niños, que sólo una mujer es capaz de conocer como algo orgánico. Así que no sobra decir: ¡Ya basta!

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Por Hugo Chaparro Valderrama / París

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