Por: Jaime Forero Álvarez
El almirante José Prudencio Padilla fue fusilado, y ahorcado después de muerto, en la Plaza Mayor de Santa Fe de Bogotá por órdenes del libertador Simón Bolívar. Federico, el protagonista de la novela “Las Conversaciones del Almirante” pudo averiguar que la degradación y doble ajusticiamiento de Padilla, en el fondo de las cosas, y de las almas, no tuvo que ver realmente con su supuesta participación en el atentado contra Bolívar en la brumosa noche septembrina, sino con los celos que le amargaban el alma al mediocre y feo general Montilla, que nunca pudo perdonar que la única mujer que le había parado bolas se hubiera acostado con ese hermoso mulato por el cual se morían de amor y deseo las negras, las indias, las mulatas, las sambas y las blancas del Caribe.
“El general murió al amanecer / la historia se escribe de noche. / Siempre te dije te quiero / y como te quise te quiero / estás en mi corazón” (Patato y Totico). En lo penúltimo que pensó el almirante Padilla -y lo dijo ante el pelotón de fusilamiento- fue en los honores que se había ganado y merecido en vida: “Estas charreteras no me las dio Bolívar sino… –y se detuvo un diminuto instante de silencio eterno, porque se le agolparon palabras inciertas que nunca dijo, e inseguro como nunca lo fue en vida, terminó - …sino la República”. Y ya, cuando las balas estaban a punto de salir por la boca de las armas de la República “se le vino por última vez a la memoria su querida Juanita Rodíguez, la deliciosa Zamba Jarocha, y claro está el fementido Mantilla, sagaz, aconsejando a Bolívar y a Urdaneta, nombrado para el caso responsable de los sumarios… Y por supuesto tenía que tener presente el último amor de su vida, su querida Juanita Romero”.
La historia se escribe de noche y se relata (como en este caso) en la penumbra de una cárcel a donde fueron a dar por revolucionarios el almirante y, doscientos años después, Federico. Cayeron presos al mismo tiempo, porque el tiempo en esta novela no transcurre, como en efecto no transcurre en estos universos infinitos que hoy, siempre y nunca habitamos. El tiempo no transcurre sino ocurre en las cabezas de Federico y de su almirante Padilla quien, en su segundo cautiverio, en las mazmorras de Cartagena, decide confesarle a Federico cómo fueron las cosas en los mares de sueños y batallas y en las tierras de amores y conspiraciones.
El almirante, encadenado, resuelve embolatar sus noches sonámbulas conversando con Federico no tanto para que se sepa la verdad, seguro como están ambos de que la verdad no existe y si existe no importa en este tiempo real o imaginado que, como dije, no transcurre, sino que permanece desde siempre, y de forma fascinante, como en una novela sobre un almirante emblemático y un universitario pretendidamente revolucionario, claramente nihilista. El tiempo, en esta novela, habita en los planos que Federico y el almirante atraviesan, de un lado a otro, rememorando las cosas que no suceden pero que finalmente sí ocurren porque estaban escritas en el destino del uno y del otro.
Además de la antedicha relatividad temporal que nos permite ir de un momento a otro pasando por la enredada cabeza de Federico, es fascinante esa ¿dualidad? narrativa en la que el autor pretendidamente omnisciente (Ricardo Gómez Mora) deja que sea en la mente de Federico, en su mundo circunstancial, despiadado como una cárcel, delicioso como sus mujeres, Isabel, Ángela, y las mujeres caribes de Padilla; deja que sea en ese mundo amable como las inacabables tertulias con sus amigos del alma en las dos ciudades de sus amores -la del exilio y su amada Bogotá… deja Ricardo Gómez, magistralmente, que sea en la cabeza del exiliado, de ese abandonado por sí mismo, en donde sucedan las cosas.
Conduce a Federico para que sea él quien nos relate, con una cercanía y una complicidad total, la vida de su almirante y la suya propia que, por fuerza del destino, es decir por su terquedad, vienen a ser, no vidas paralelas, sino un solo sueño, es decir una sola realidad que se mueve en esos planos imaginados en que el tiempo es lo que nunca ha sido, ni será.
En este sentido, esta novela es, como alguna vez dijo Kundera, un viaje interior. Tal como debe ser una verdadera novela: la vida como la pensamos, la soñamos o la deliramos; es decir, como la vivimos y la novelamos a pesar de que algunos historiadores pretendan “al igual que los dueños de la iglesia, hacer la misma cosa viscosa e inalcanzable de los próceres y de los santos.”
Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖