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Una sociedad con minoría de edad

Bajo la idea de Kant podríamos decir que la sociedad colombiana aún no ha encontrado la voluntad suficiente para responder por sus males. El segundo pico de la pandemia, que demostró que seguimos echándole culpas a los otros sin mirarnos a nosotros mismos, es un ejemplo de ello.

Andrés Osorio Guillott

13 de enero de 2021 - 09:00 a. m.
La mayoría de ciudades en Colombia tiene una ocupación de más del 80 % en UCI debido a la nueva ola de contagios.
Foto: Mauricio Alvarado
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“La culpa es de los que se fueron de vacaciones”; “la culpa es de los hinchas que no pudieron disfrutar del fútbol en sus casas”; “la culpa es de los que se fueron de fiesta”; “la culpa es del Estado que prometió mejorar las condiciones en los hospitales y no cumplió”. Los comentarios que señalaron a los culpables del segundo pico de la pandemia tuvieron todo tipo de objetivos y provinieron de esa misma diversidad de responsables. Todos tenían razón, pero todos también son la muestra de un mal que nos aqueja como sociedad y es aquel que se aparta de los problemas y señala con el dedo inquisidor a todos los que lo rodean, olvidando que también es cómplice en menor o mayor medida.

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Decía el filósofo alemán Inmanuel Kant en el texto ¿Qué es la Ilustración?: “La ilustración es la salida del hombre de su condición de menor de edad de la cual él mismo es culpable. La minoría de edad es la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad, cuando la causa de ella no radica en una falta de entendimiento, sino de la decisión y el valor para servirse de él con independencia, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! (Ten valor de servirte de tu propio entendimiento) es pues la divisa de la ilustración”.

Y ese ha sido nuestro mal: no haber superado la minoría de edad y no haber entendido el valor del entendimiento y de la voluntad para ser parte y origen de las soluciones, y no ecos de los problemas. El debate no se centra en culpar al que señala a los otros de sus errores, sino en reflexionar acerca de esa costumbre cada vez más frecuente de buscar responsabilidades en otros lugares y no empezar por nosotros mismos.

El pasado 12 de enero el Ministerio de Salud reportó 14.179 nuevos casos de coronavirus y 331 muertes. Con estas cifras el país llegó a un total de 1.816.082 casos confirmados desde que comenzó la pandemia y 46.782 muertes. El número de personas recuperadas es 1.646.892.

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Las cifras, que superan a los del primer pico de la pandemia en Colombia, se debió a muchos factores. Muchos dicen que era algo inevitable al tratarse de diciembre, del mes de las vacaciones, las novenas y las reuniones familiares. Todos los que señalaron a los posibles causantes de la nueva ola de contagios podrían tener razón, pero lo que destapa ese escenario de repartir culpas, -que inclusive si tratamos el concepto mismo de culpa podría llevarnos también a una explicación de la sociedad bajo la influencia religiosa y la idea de redención-, es una fragmentación que no tiene que ver necesariamente con la polarización que todos conocemos, sino que se refiere a esa falta de autonomía que bien señalaba Kant y que también habló Jean Jacques Rousseau en El contrato social desde el concepto de voluntad general:

“Cada uno pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general, y cada miembro considerado como parte indivisible del todo.” Este acto de asociación convierte al instante la persona particular de cada contratante, en un cuerpo normal y colectivo, compuesto de tantos miembros como votos tiene la asamblea, la cual recibe de este mismo acto su unidad, su yo común, su vida y su voluntad. (...) En efecto, cada individuo puede, como hombre, tener una voluntad contraria o desigual a la voluntad general que posee como ciudadano: su interés particular puede aconsejarle de manera completamente distinta de la que le indica el interés común; su existencia absoluta y naturalmente independiente puede colocarle en oposición abierta con lo que debe a la causa común como contribución gratuita, cuya pérdida sería menos perjudicial a los otros que oneroso el pago para él, y considerando la persona moral que constituye el Estado como un ente de razón -puesto que éste no es un hombre, gozaría de los derechos del ciudadano sin querer cumplir o llenar los deberes de súbdito, injusticia cuyo progreso causaría la ruina del cuerpo político”.

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La voluntad general tiende al bien común, y como bien lo explicó Rousseau no se trata de un asunto de fuerza mayor, pues la voluntad, al estar asociada con la libertad individual, dependerá de la subjetividad de cada quien, y no estará supeditada a los intereses colectivos de la comunidad. En ese sentido, no podría denominarse como “malo” o “reprochable” que otro individuo no esté de acuerdo con la voluntad general. En sí, lo que se intenta explicar con este concepto, y adaptándolo a nuestro contexto, es que nosotros como sociedad no hemos establecido ese bien común que cobija a la voluntad general, y que podría, en este caso, guiarnos a todos hacia un presente con mejores condiciones.

“Frecuentemente surge una gran diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general: ésta sólo atiende al interés común, aquélla al interés privado, siendo en resumen una suma de las voluntades particulares; pero suprimid de estas mismas voluntades las más y las menos que se destruyen entre sí, y quedará por suma de las diferencias la voluntad general. Si, cuando el pueblo, suficientemente informado, delibera, los ciudadanos pudiesen permanecer completamente incomunicados, del gran número de pequeñas diferencias resultaría siempre la voluntad general y la deliberación sería buena”, dice Rousseau, aclarando en qué escenario podría ser la voluntad general el resultado de las diferencias que podrían darse entre los individuos de la sociedad.

Volver al principio de “La vida es sagrada”. Solamente entender ese principio para encaminar el bien común que mencionó el filósofo en El contrato social. Cuidarnos a nosotros para cuidar a los demás. Hacernos cargo de nosotros, liberarnos de esa indiferencia malsana y cómoda con la que solemos señalar y condenar a los demás a los males que se perpetúan entre nuestra cotidianeidad. Lo difícil es eso, entender el verdadero sentido de nuestra voluntad, que no debe servir únicamente a los intereses particulares, sino que termina siendo parte de una sumatoria de voluntades, de actos que terminan configurando aquello que criticamos creyéndonos ajenos al problema.

No sobra volver a Kant y su pregunta sobre la Ilustración para entender la importancia de la libertad, esa misma que nos llevó a la voluntad general de Rousseau y que nos llevaría a reflexionar sobre el rol que jugamos como individuos en la sociedad, y así, además de comprender el valor de nuestra voluntad a la hora de ser responsables de nosotros y de todos, podríamos dejar de subestimar el poder de nuestras acciones y de nuestro papel como sujetos que vivimos y participamos de una comunidad: “La pereza y la cobardía son causa de que una gran parte de los hombres continúe a gusto en su estado de pupilo, a pesar de que hace tiempo la Naturaleza los liberó de ajena tutela; también lo son de que se haga tan fácil para otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo no estar emancipado! Tengo a mi disposición un libro que me presta su inteligencia, un cura de almas que me ofrece su conciencia, un médico que me prescribe las dietas, etc., etc., así que no necesito molestarme. Si puedo pagar no me hace falta pensar: ya habrá otros que tomen a su cargo, en mi nombre, tan fastidiosa tarea. Los tutores, que tan bondadosamente se han arrogado este oficio, cuidan muy bien que la gran mayoría de los hombres (y no digamos que todo el sexo bello) considere el paso de la emancipación, además de muy difícil, en extremo peligroso. Después de entontecer sus animales domésticos y procurar cuidadosamente que no se salgan del camino trillado donde los metieron, les muestran los peligros que les amenazarían caso de aventurarse a salir de él. Pero estos peligros no son tan graves pues, con unas cuantas caídas, aprenderán a caminar solitos; ahora que, lecciones de esa naturaleza, espantan y le curan a cualquiera las ganas de nuevos ensayos

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