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Una vida

El hermano del Premio Nobel de Literatura presentó el jueves en Bogotá la obra del británico Gerald Martin, pero con este discurso le puso algunos puntos sobre las íes con la voz de los familiares que se sintieron malinterpretados y hasta calumniados.

Jaime García Márquez / Especial para El Espectador

31 de octubre de 2009 - 04:00 p. m.
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Conocí a Gerald Martin el 25 de julio 1991, día del cumpleaños 86 de Luisa Santiaga, en Cartagena de Indias. Para ese día Eligio, mi hermano menor, había coordinado una cita con el inglés. Cuando llegamos al apartamento de nuestra madre, Gerald nos recibió de pie, con una sonrisa amplia y generosa, que ayudada por sus bigotes le alcanzó para los tres alegres compadres, como acostumbraba Luisa a llamar a sus hijos, en virtud de la costumbre guajira de convertir a los hermanos mayores en padrinos de los menores y después, padrinos de los sobrinos, dando como resultado, ser hermanos, ahijados y compadres a la vez.

Luis Enrique le dio la mano y le preguntó ¿te tomas un trago? Después llegó Mercedes. Ya en este momento en la sala había una algarabía producida por más de 30 niños, entre nietos, bisnietos y  tataranietos. A partir de ese momento, para toda la familia García Márquez, seguramente sin excepción, empezó a ser ‘el tío Gerald’ (apelativo que le dio La Kundy, hija de Luis Enrique). Le abrimos no sólo las puertas de nuestros hogares, que no son pocos, sino también nuestros corazones, cosa común en nosotros.

Durante los 18 años transcurridos desde entonces, se han construido muchos puentes sobre los ríos, y también hemos perdido varios miembros de la familia. Entre ellos, el inolvidable Yiyo (Eligio García Márquez), que hubiera cumplido mejor esta misión de presentar el libro, que hoy me ha tocado en suerte, aunque estaré igual de asustado frente al monstruo de mil cabezas, como él llamaba al público, con la enorme diferencia de que él sí tenía una pluma hábil y entrenada, la cual, por desventura, no metieron en mi equipaje.

De este primer encuentro con Gerald se sucedieron muchos más, todos muy gratos, en especial el viaje a La Guajira de la mano del primo inteligente Ricardo Márquez Iguarán.

Una vida, la biografía de Gabriel García Márquez escrita por Gerald Martin, densa no sólo por su connotación física sino por su contenido literario, cubre con sobrada maestría la vida y obra de nuestro Premio Nobel. Martin, con lenguaje directo, nos lleva de la mano, sin sobresaltos, por el mundo mítico de las obras literarias y el mundo real del fabulador de Aracataca, dándonos las claves para entender que la vida de este colombiano se entrecruza con su obra, de tal suerte que las fronteras invisibles de esos dos mundos, en manos de Gerald, aparecen nítidas, como por obra de prestidigitación, y lo confuso se hace simple.

Los primeros quince capítulos son dedicados a su vida, su infancia, sus primeros cuentos, su período formativo, entre la vida llena de vicisitudes y sus virtudes narrativas y el ejercicio del periodismo. El análisis de su viaje a Aracataca con su madre en 1950, que lo inspiró para su cuento La siesta del martes, en donde describe la imagen de la señora vestida de negro, con su niña, que cruza a las dos de la tarde el camellón de los almendros, en busca de las llaves del cementerio para visitar la tumba un hijo enterrado allí.

Gerald explica en forma magistral por qué es tan importante esta imagen para el futuro del joven escritor y concluye diciendo que García Márquez había alcanzado allí su condición de narrador. La mirada de Latinoamérica desde Europa lo hace tomar conciencia de su condición de tercermundista y crea las bases para que él asuma posiciones políticas que servirán más tarde para escribir El otoño del patriarca y mucho tiempo después para el discurso “La soledad de América Latina”, leído en Estocolmo el día anterior a la entrega del Premio Nobel.

Recomiendo a todos los compañeros “gabiteros” (categoría de los lectores furibundos de Gabito que no tenemos formación literaria), que lean cuanto antes esta biografía, porque estoy seguro de que se van a deleitar. Debo recordar que ninguna biografía jamás será perfecta. Hay muchas interpretaciones, cargadas de subjetividad y por supuesto de afecciones que distorsionan la realidad de acuerdo con el color del cristal con que se mire. En mi caso, observo en las investigaciones periodísticas, imprecisiones y suposiciones. No pretendo abrir una polémica, sólo quiero la verdad, aunque duela. La verdad siempre es mejor que la incertidumbre.

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Utilizaré las voces de mis familiares fallecidos, para que expresen sus comentarios con temas que a ellos involucran consignados en esta obra.

Habla el abuelo Nicolás Márquez: en verdad no hubo un duelo, hubo un encuentro desgraciado que amargó toda mi vida. El señor Gerald debe tener pruebas documentales para sustentar que yo soborné a las autoridades a fin de conseguir mi libertad.

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Habla mi padre, Gabriel Eligio: el señor Martin me hace muchos cuestionamientos en relación con Gabito. Todos contribuyeron a que se quedara con sus abuelos, incluyendo al Coronel. Cuando lo mandé a estudiar a Bogotá, no lo  hice para desterrarlo, lo hice para que tuviera una mejor educación. Más tarde mandé también a mi otro hijo, Luis Enrique. Es decir, palos porque bogas y palos porque no bogas. En cuanto al tema de la violación: la demanda la hubo, pero no la violación. Concluir que sí la hubo, por ejercer yo la homeopatía, se me ocurre calumnioso.

Habla mi madre, Luisa Santiaga: el pobre Gerald duró 18 años haciendo un libro sobre mi hijo. ¿Por qué necesitó tantos años para hacerlo? Siendo él adivino. Él sabe más de mí que yo, sabe, por ejemplo, la fecha de inicio de la gestación de Gabito… ¿qué tal?

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Alfredo (Cuqui): como diría Gustavo, ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. El inglés del carajo sabe “Hasta de dónde son los cantantes”.

Yiyo: Jaime no te metas con Gerald. Él pertenece a una dinastía de ingleses expertos en biografías. Son terribles, feroces y si les buscan la lengua, te levantan las alfombras y te sacan los trapitos a la calle. Mira cómo cogió a Krausen y lo desbarató. ¡Bien hecho! No te hagas el pendejo, también sé que te gustó la biografía, resaltaste con marcador todo el libro, como lo haría yo. De todas formas el nacimiento del hermano mayor sirvió para muchas cosas, entre otras para que Gerald hiciera la biografía de Gabriel, Una vida, con la cual se hará famoso, rico y de ñapa tendrá un pocotón de sobrinos. Además para que los colombianos tengamos un Premio Nobel y yo pudiera estar con ustedes esta noche.

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Muchas gracias


Falta la fe de erratas de Gabo

En entrevista con El Espectador, publicada el pasado 11 de octubre, el biógrafo británico Gerald Martin respondió así sobre las posibles imprecisiones de su investigación a lo largo de 17 años:

¿Cuál fue la última vez que habló o se encontró con Gabo y qué balance final le hizo de este libro?

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Me encontré con él en enero y no me dio ningún balance final, pero sí dijo que sabía que a pesar de “ciertos errores” y “algún desacuerdo” el libro había sido investigado y escrito de buena fe. También dijo que se alegraba mucho de verlo terminado “porque yo siempre había querido ser famoso”.

¿Cómo asimiló él y su esposa historias privadas que se cuentan en el libro, como la de Tachia Quintana, que fue novia de Gabo?

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No sé. Me imagino que habrán aceptado que ciertas experiencias han sido tan influyentes —o incluso determinantes— a la hora de componer sus libros que a veces la discreción tiene que sufrir cierta elasticidad. Pero también pienso que obré con respeto y responsabilidad y que ellos lo saben. Por otra parte, ellos y Tachia (para referirme a tu ejemplo) siguen siendo excelentes amigos.

¿Cree que no cayó en la idolatría del mito literario? ¿Qué tan crítico pudo ser con el Nobel?

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Bueno, algunos críticos ingleses y norteamericanos piensan que fui muy “deferente” y demasiado “admirativo”; algunos colombianos piensan que soy “amarillista” y que tengo “instintos malsanos”. No puedo negar que mi visión de García Márquez hombre es infinitamente más positiva ahora que hace veinte años, pero me pregunto quién, sabiendo lo que sé, podría sacar otras conclusiones (!veremos!). Te aseguro que Gabo no piensa que yo lo idolatré.

Las imprecisiones de Gerald Martin, según Jaime García Márquez

Que no hubo duelo:

“Medardo, un hábil tirador que había cabalgado con Nicolás (Márquez) en la guerra y entonces vivía en la aldea vecina de El Papayal, desafió e insultó a su antiguo comandante en repetidas ocasiones, tantas que éste se tomó en serio las advertencias y a partir de entonces andaba al acecho del joven. Medardo fue al pueblo el día de la fiesta, endomingado con una gabardina blanca, y tomó un atajo por un callejón que ya no existe. Al descabalgar de su montura con un manojo de forraje en la mano y una vela de peregrino en la otra, Nicolás le preguntó: ‘¿Estás armado, Medardo?’. A lo que éste contestó: “No”. “Bueno, recuerda lo que advertí”, y Nicolás disparó una vez, algunos dicen que dos… los propios hechos parecen demostrar que fue Nicolás quien escogió cuándo, dónde y cómo llevar a cabo el enfrentamiento final”. Páginas 42 y 43.

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Que no hubo soborno:

“Algunos comentan que logró comprar su puesta en libertad con lo que sacaba de sus artesanías; que trabajó en un improvisado taller de joyería dentro de la cárcel e hizo peces, mariposas y cálices, y que después se valió de sobornos para salir. Nadie ha hallado todavía ningún documento en relación con el caso”. Página 44.

El día de gestación de Gabo:

“Luisa pudo quedar en cinta la segunda noche después de la boda —caso que no lo fuera antes— y, según la leyenda familiar, la buena nueva prometía hacer más cordial la gélida relación entre Gabriel Eligio y el coronel”. Página 54.

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Por qué lo criaron los abuelos:

“… aunque la leyenda familiar sostenga lo contrario, al parecer su presencia (la de el papá de Gabo) en la casa del coronel no era grata, finalmente decidió llevarse a Luisa a Barranquilla y, tras ciertas negociaciones poco claras, se acordó que Gabito se quedara con los abuelos”. Página 57.

Que su papá no fue un violador:

“Una mujer de una aldea cercana contrató a un abogado que acusó a Gabriel Eligio de haberla violado bajo los efectos de la anestesia, y aunque él negó el cargo de violación, más grave, admitió ser el padre del hijo de aquella mujer. Mantener relaciones sexuales con un paciente también infringía la ley, pero se las arregló para salir impune del que tal vez fue el momento más delicado de su carrera”. Página 101.

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Que sus padres no lo desterraron hacia Bogotá:

“…Gabito lloró por el mundo que había dejado atrás. Era un huérfano: no tenía familia, ni sol, ni idea de qué iba a hacer”. Página 105.

Por Jaime García Márquez / Especial para El Espectador

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