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Una vida sin transar

El escritor ruso más importante del Siglo XX fue un eterno perseguido por los regímenes que criticó, comenzando por el de Stalin.

Fernando Araújo Vélez

07 de agosto de 2008 - 05:51 p. m.
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El encuentro parecía la triste y última escena de una película de detectives. El perseguidor, Vladimir Putin, se apareció con toda su pompa y su séquito para ofrecerle sus más sentidas condolencias a la viuda del hombre que había buscado para eliminar durante años y años. Cuando lo vieron ingresar a la última de las salas de la Academia Rusa de las Ciencias, los murmullos y los rezos de las señoras que de negro pedían por el descanso eterno del alma de Alexander Solzhenitsyn se transformaron en un estrepitoso silencio.

Toses, respiros, ruidos de tazas y vasos sobre mesas. Putin, informaron casi de inmediato las agencias de prensa, se detuvo unos segundos ante la puerta del recinto. Bajó la cabeza. La viuda de Solzhenitsyn se le acercó y lo tomó del brazo levemente. Se lo llevó a una sala aledaña. Hablaron cinco minutos, ante la mirada y los oídos expectantes de los cientos de amigos y familiares que desde horas antes acompañaban a la señora Natalia Solzhenitsyn.

Hubo miradas de odio, por supuesto. Gestos de nobleza. Recuerdos. En los tiempos en que Putin fue director de la KGB, Solzhenitsyn se le convirtió en una especie de obsesión. Lo persiguió con saña y vehemencia desde 1973 hasta 1990. Luego, ya caído el Muro de Berlín, convertidas muchas repúblicas de la antigua Urss en independientes, y transformada Rusia en un estado capitalista, el escritor y su perseguidor se entrevistaron. Con los años, y ya como jefe de estado, Putin adoptó como medidas algunas ideas de Solzhenitsyn. Nunca fueron amigos entrañables.

No podían serlo. Sin embargo, sabían a la perfección que de una u otra forma se necesitaban. Uno, desde el poder, las decisiones y el presupuesto del Estado, requería de la imagen y las ideas del otro. Solzhenitsyn se ganó ese derecho a pulso y dolor con su propia vida, sus denuncias y luchas, que se iniciaron pocos días después de haber sido condecorado por los altos dignatarios del ejército soviético, gracias a sus ejecutorias contra el nazismo en el campo de batalla como capitán de artillería.


Cuando la pesadilla física de la Segunda Guerra Mundial finalizó, el laureado capitán le escribió una carta-denuncia a otro oficial en la que criticaba al tirano José Stalin y se burlaba de él llamándolo “Bigotón”. Entonces lo enviaron a Siberia, en la región de Kazajistán, donde tuvo que vivir de trabajos forzados (gulags) y de un caldo diario durante ocho años (1945-1953).

El destierro, el hambre, la indignación y el dolor lo hicieron escritor. Había estudiado matemáticas y física y se licenció como doctor en 1941. Sin embargo, su ascendencia intelectual, los libros que su familia caucasiana le legó, los que pudo leer mientras se preparaba para ir a la guerra y los que por debajo de cuerda le pasaron en el frente de batalla, ya lo habían marcado al lado de otras marcas juveniles.

“Desde mi niñez escribió tiempo atrás fui criado en un hogar ortodoxo (cristiano), por eso, en pleno fervor de la posrevolución bolchevique, en la escuela los demás alumnos se burlaban de mí y me despojaban de la cruz que llevaba en el cuello. Yo nunca ingresé en los Pioneros (la organización creada para aleccionar a los niños)”.

En Siberia escribió y escribió como pudo, con toda su vocación en la punta de una pluma desgastada, recordando tal vez a Fedor Dostoievski cuando fue acusado de conspirador y acabó desterrado también en Siberia. Un día se lo llevaron a San Petersburgo. Le informaron que sería ejecutado. Mientras aguardaba a que su verdugo iniciara su función, Dostoievski le comentó a su vecino de cadalso: “¿Quieres oír la historia del cuento que se me acaba de ocurrir?”.

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Solzhenitsyn era Dostoievski por su pasión y su angustia, lo fue por sus impecables retratos del alma rusa en el Siglo XX, pero como escritor quería crear una Guerra y paz como la de Tolstoi, aunque tuviera que ser en tiempos de totalitarismo y bajo la siniestra sombra de Stalin. Lo intentó con Un día en la vida de Iván Denísovich, texto de sus épocas de campos forzados, editado en el 62, nueve años después de haber recobrado su “libertad”. Y once años más tarde, en el 73, con El archipiélago Gulag, en palabras de la periodista española Pilar Bonet “una sinfonía del horror, un documento implacable y pormenorizado del destino de los pueblos que formaban la Urss”.

Pasados 30 años, su última biógrafa, Liudmila Saráskina, con quien solía conversar en el retiro de su dacha ubicada en las afueras de Moscú, escribiría que “Solzhenitsyn no consideraba su literatura como un asunto privado, una diversión, un ejercicio literario o una forma de realizarse, sino como algo con más sentido, y él fue quien mejor que nadie en el Siglo XX confirmó la tradición de que un escritor en Rusia es más que un escritor, ya que su literatura sale del marco del relato o la novela. Él se planteó y cumplió la tarea de devolver la memoria a Rusia. Por eso, es imposible dividirlo en escritor y activista social. En eso reside su grandeza”.

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La notificación de un Nobel

En 1970, Alexander Solzhenitsyn fue notificado por la Academia sueca de que había obtenido el Premio Nobel de Literatura. Como antes, pero de distintas formas, continuaba siendo un perseguido. Por ello, sólo recibió el galardón tres años después, casi a escondidas y en Suiza. Acababa de aparecer El archipiélago Gulag, páginas y páginas con los rostros de las víctimas y los victimarios de la represión comunista. A comienzos de 1974 fue tildado de traidor a la patria. Le quitaron su nacionalidad. Lo condenaron en su ausencia. Repartieron panfletos denigrando de su obra y su vida. Él huyó. Primero a Suiza, luego a Vermont, Estados Unidos. Apenas pudo regresar 20 años más tarde.


El miércoles pasado, poco antes de que se iniciara su funeral en el monasterio medieval de Donskoi, la viuda de Solzhenitsyn leyó en voz alta, indignada e irónica, el editorial que el diario comunista Pravda le dedicó a su marido: “Fue uno de los principales instrumentos para destruir tanto el estado como la nación (...) ¡por eso está siendo aplaudido tan extáticamente por el presidente ruso Medvedev y por el presidente estadounidense Bush!”, decía, en violentos y sarcásticos párrafos.

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Doña Natalia, como la llamaban por donde iba, había escuchado ya cualquier cantidad de improperios dirigidos contra su esposo. Había aprendido a desdeñarlos, casi igual que a los halagos. Casi igual que aquellas solemnes y políticas palabras de Mijail Gorbachov un día antes: “Fue el primero en denunciar en voz alta el carácter inhumano del régimen estalinista. Realizó un aporte inestimable a la superación del totalitarismo”.

A la una de la tarde estaba ante el féretro de su amado. Como dijo en el momento en que a Alexander Solzhenitsyn le dio un ataque al corazón que acabó con su existencia, le agradecía a la vida porque hubiera fallecido así, de forma natural, y no en una mazmorra nauseabunda, o como consecuencia de los palazos que le dieron, o a raíz de alguna infinita afección respiratoria. “Cuando murió, trabajaba en la puesta a punto de sus obras completas, en su estudio, tranquilo y sin mayores presiones”, comentó.

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Más de 24 horas después los periódicos y noticieros más importantes del mundo daban cuenta sobre el deceso del hombre que partió en dos la literatura rusa del Siglo XX. Como escribió el crítico José María Guelbenzu en El País de España: “Guste más o guste menos, la literatura de Solzhenitsyn posee la fortaleza y el empuje de los grandes escritores del XX. El tiempo dirá hasta dónde llegó ese esfuerzo heroico de un hombre que, en el siglo de los totalitarismos, no se dejó abatir por la adversidad ni por la maldad y dedicó a ello su vida. No pertenece a la maravillosa vena satírica de la literatura rusa que va de Nikolai Gógol a Bulgakov porque su ímpetu carece de humor, sino al empeño agotador de los grandes creadores de historias de aliento, como su admirado León Tolstoi”.

Por Fernando Araújo Vélez

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