27 Jul 2021 - 12:25 p. m.

“Uno tiene derecho a contar las historias que quiera contar”: José Ardila

Reconocido este año por la Revista Granta como uno de los mejores autores jóvenes en español, piensa que lo políticamente correcto no debe “castrar” la imaginación.

Marcos Durango

José Ardila es un hombre risueño que dice sin miedo que no sabe y habla a menudo en términos de lo que cree. A propósito de su próxima charla con Jacobo Cardona en el Festival de Lectores y Escritores, Envigado 2021, que tiene como tema central la imaginación, el autor de Divagaciones en el interior de una ballena y el Libro del tedio cuenta sobre sus hallazgos y aprendizajes en el proceso de echar un cuento.

Muchos autores han reivindicado el aburrimiento como un estado creativo, y usted también ha abogado por esta idea explicando el fundamento de su Libro del tedio. ¿Cómo se aburre José Ardila?

Yo soy muy pasmado, muy quieto, entonces me aburre casi todo. Joseph Brodsky dice más o menos que la vida es sobre todo patrones y habla sobre el arte como una forma de escapar momentáneamente a eso que él llama el cliché de la vida. El tedio es un terreno fértil para la creatividad y la creatividad es una forma de escapar de esos patrones establecidos, de romperlos, de subvertirlos, de mirar distinto lo que se repite; es ser capaz de ver lo que es ligeramente no idéntico a lo anterior. Si vos sos capaz de ver, con seguridad hay cosas chiquiticas que se escapan de tus patrones y ahí puede estar el principio de una historia.

Ha dicho que escribe sobre lo que siente y que sus personajes son exageraciones de la gente que lo rodea. ¿Ha creado algún personaje sin ninguna referencia fuerte en lo real?

Yo no. Pero sí creo que es posible, es que las posibilidades de la imaginación son infinitas.

¿Qué tan fácil o difícil es imaginar a alguien de la nada?

Yo creo que la imaginación puede vivir sin la biografía, pero necesita anclarse a algún lugar. Pueden ser los libros que has leído o la música o la pintura o la simple observación cotidiana. A partir de algo que uno observa, como una persona que ve constantemente, aunque no la conozca, se detonan los caminos de una historia.

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Si “no (le) interesa contar historias que puedan ocurrir en cualquier parte”, ¿a qué apela en sus historias para conectar con el público?

Yo creo que la geografía pasa por la lengua y, para mí, sí es importante imaginar que esa historia que estoy contando está sucediendo en un lugar que conozco o en un lugar que habité. A partir de ahí se origina la lengua, cómo hablan los personajes. Hubo un tiempo en que esos narradores estériles, neutros, se hicieron muy populares; eran narradores destinados, sobre todo, a que a uno lo leyeran con más facilidad en España o en Argentina o en México, y es algo profundamente político, porque ese ejercicio de traducción no se les pedía a los autores españoles, argentinos y mexicanos. Ahí hay una jerarquía de poder que atraviesa la lengua y me parece que contar lo que a mí me interesa pasa por contar la lengua.

Las historias de García Márquez son muy locales en el sentido de que suceden en lugares muy parecidos al Caribe colombiano, pero al mismo tiempo, son muy universales. Lo singular las dota de universalidad. A mí, esa búsqueda es la que me interesa. Darle al lector la posibilidad de descubrir cosas que desconocían también es bella y que encuentren en eso tan extraño, que no se imaginaban que sucediera, un punto que los conecte con sus propias vidas.

Los escritores y sus escritos siempre están bajo el escrutinio de los lectores, ¿qué papel tiene lo políticamente correcto en su proceso creativo?

Ahorita está la literatura y hay un montón de satélites, como quién es el autor, qué dijo en redes... A la gente le importan un montón de cosas que exceden el libro. Y hay algo muy complejo que es el lugar de enunciación. Si vos no sos negro, ¿por qué estás contando una historia de personajes negros? No sos indígena, ¿por qué estás contando una historia que sucede en la comunidad embera? Y mirá todo lo que implica para la imaginación. Es casi no tener derecho a imaginar. Eso va condicionando y poniendo ciertas notas al pie a lo que estás creando. La autocrítica, la reflexión sobre lo que uno está escribiendo me parece necesaria, pero también que no sea castrante, que no convierta la imaginación en el instrumento de una ideología o de la forma correcta de hacer las cosas. Yo creo que uno tiene derecho a contar las historias que quiera contar. Creo que el asunto está en la complejidad, quizás. Porque si el escritor respeta sus personajes y trata de entenderlos, no debería ser racista, aunque sus personajes lo sean, por ejemplo. La artesanía diaria del escritor con sus personajes se traduce también en el respeto a las comunidades a las que puedan pertenecer.

Leyendo el cuento La casa uno de repente se encuentra riendo de situaciones hilarantes que brotan sin aviso en la narrativa y es algo que la crítica ha elogiado de su trabajo. En medio de esa pregunta por lo políticamente correcto, ¿usted se preocupa por hacer reír?

No es adrede. Yo he hecho teatro y he hecho comedia y he hecho stand-up comedy. Si vos te parás en un escenario para hacer comedia y el público no se ríe, fracasaste, pero creo que, en los cuentos, si la gente no se ríe, no debería ser problemático, porque los cuentos no están diseñados para hacer reír. El humor es una combinación de quién soy, de cómo miro la vida, de la distancia desde la cual miro las cosas que me suceden y luego la distancia desde la que escribo también. Como son personajes que se parecen a mí o a personas que conozco, creo que lo que hago casi inconscientemente es distanciarme de ellos. La distancia te permite la posibilidad de la burla. Porque si estoy tan cerca de mi papá y lo respeto tanto y lo quiero tanto que no soy capaz nunca de decir nada malo o gracioso sobre él, no voy a ser capaz de escribir la historia como quiero contarla.

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En una entrevista para Afluentes, de EAFIT, dijo que “Uno no debería tener miedo a destruirse”. ¿La literatura reconstruye eso que derrumba o las ruinas son el objetivo?

La destrucción puede ser una posibilidad. Es válido que uno intente destruirse a través de la literatura o también lo contrario. En el Libro del tedio juego con personajes que se llaman como yo o como mi papá o como mi mamá… Es como si intentara contar algunos aspectos de mi vida en el libro, aunque no es autobiográfico. Lo que hago es poner una lupa sobre cosas que me llaman la atención y a partir de ahí construir ficción. Y como intento construir ficción con personajes que se llaman como yo, tengo que ser capaz de destruir a esos personajes si el relato lo pide. Si no soy capaz de aceptar ese camino que me va mostrando el relato entonces no estoy haciendo nada. Mejor debería intentar escribir otra cosa.

¿Qué piensa sobre los decálogos del cuento?

Son también un ejercicio de ficción. Porque no hay forma exacta de definir cómo es un buen cuento. Encontrar un buen cuento es una cosa muy difícil que no parte de recetas. Si vos partís de una receta, tal vez logrés un cuento bien escrito, pero un buen cuento está un paso más allá de lo correcto. Yo creo que, si uno quiere aprender a escribir como cierto escritor, lo que tiene que hacer es leer al escritor y tratar de entender cómo funcionan los mecanismos de sus historias. Escribir siempre es imitar, es conversar con los escritores que a uno le gustan. Lo que pasa es que la imitación se disimula mejor cuando uno va ganando experiencia.

Si en su trabajo hay “deudas” con algunos escritores latinoamericanos, ¿cuál diría usted que es la característica que lo separa de todas esas otras formas narrativas?

Yo no creo que tenga todavía la soberbia de decir que estoy diciendo algo completamente nuevo de una forma completamente novedosa. Estoy permanentemente tratando de aprender de los escritores que me gustan; trato de entender qué me puede servir o qué me puedo robar de su estilo, de su forma de contar, y no creo que deje de hacerlo nunca.

¿Qué hace a un buen cuento?

No lo sé. Pero no me gusta la idea del cuento como pura narración. Me parece que en el cuento cabe todo y al final lo que determina si está bueno o malo es la relación con los lectores. No es posible definirlo del todo, pero uno lo ve.

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A propósito del reconocimiento que le hizo la Revista Granta, ¿qué espera José Ardila de los años que vienen?

Yo tengo por ahí cuatro novelas empezadas. Este año inicié una más que creí que sí iba a terminar, la abandoné y empecé otra, pero en el medio, mientras estaba trabajando en la otra me dieron una beca para acabar la primera. Entonces de aquí a diciembre ya deberé tener una versión de la novela que ya no me gusta. Uno no siempre está obligado a acabar, pero imagino que el trabajo de todo escritor se parece a eso: hacer que eso que empezaste, y que te gustaba tanto al principio, no deje de gustarte en el camino. Hay historias que quiero contar ahora que solo puedo contar con la extensión que me permite la novela, pero mi personalidad se parece más a la del cuentista. Lo que no quiero hacer es publicar una novela que no me guste.

En el Festival hablará con Jacobo Cardona sobre las múltiples formas de echar un cuento, ¿cuál es su forma preferida?

Me gusta que el cuento me lleve, que me vaya mostrando los caminos. Luego, como también fui actor mucho tiempo, me gusta imaginar los cuentos como textos que pueden ser representados que, si alguien se para en un escenario a leerlos o a actuarlos, funcionen también como monólogos o puestas en escena. Me gusta imaginar, cada vez que estoy escribiendo, que eso puede ser representado para un público.

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30 de julio. 5:00 p. m. Las múltiples formas de echar un cuento. Jacobo Cardona Echeverri y José Andrés Ardila Acevedo conversan con Luis Carlos Velásquez. Transmisión por Facebook Live y YouTube de la Biblioteca Pública y Parque Cultural Débora Arango. Festival de Lectores y Escritores, Envigado 2021, Viajemos entre páginas, del 29 al 31 de julio.

La programación puede consultarse dando clic en el enlace bit.ly/FestivalLectores.

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