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En clase de neuroanatomía se enseña que es la amígdala, el núcleo accumbens y un sinfín de circuitos neuronales los que determinan cada una de las emociones humanas, y la humanidad en sí misma. Pero ¿por qué aferrarse a lo contrario? Además del enorme simbolismo otorgado al corazón, al latido y la sangre, esa punzada que se siente en medio del esternón ante un dolor del alma hace pensar que es su cercanía lo que le ha dado tanto protagonismo al miocardio. El dolor del alma, el dolor del miedo, el dolor de la soledad, de la pérdida de la certeza, de la incertidumbre, se siente, inevitablemente, en donde las manos se juntan como quien se aferra a lo que ya no está.
Esa punzada empezó ante la constatación de la ausencia. Cuando hacen las ecografías prenatales, el latido del corazón, esa certeza de vitalidad, genera un movimiento en la imagen, como la de una televisión vieja. Ese día, al entrar, esa imagen de quietud, de falta de movimiento, de una inexplicable tranquilidad y por tanto claridad en la imagen, se tradujo en esa punzada, en ese vacío que se confundió con un ataque de náuseas. Pero ante esa nueva claridad en la imagen, él no pudo evitar notarlo y decir «por primera vez la veo bien», con un tono de emoción que intensificaba sus náuseas al saber, ella, antes de que se lo dijeran, que ya estaba todo perdido. Ese dolor del alma, o del corazón, esa soledad intangible, esa certeza de muerte, se le instauró en medio del pecho y no ha podido, desde entonces, resolverlo.
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En ese momento la punzada se agravaba al saberla muerta dentro de ella. Al sentirla, al saber que estaba, pero su corazón ya no latía. Una sensación de muerte intrínseca, de muerte propia, de soledad, de vacío, de consternación al saberla muerta. Muerta dentro de ella. Una sensación que por cuestiones logísticas se tuvo que prolongar hasta poder programar los debidos procedimientos. Ese dolor, ese corazón roto, esa punzada en el pecho se prolongó con tanta intensidad que se volvió insoportable. Tanto así, que ella sintió alivio al terminarlo todo. Alivio de no saberla muerta dentro de ella.
El vacío, más que el vacío en la tristeza, en el aislamiento, en el miedo, en la soledad, es un vacío literal. No es claro, realmente, el grado de propiocepción, o de conciencia, pero ella alcanzaba a sentir su ausencia. Ese vacío lo constató en la siguiente ecografía, unas semanas después, donde al entrar, en lugar de ver la cavidad, de ver el saco, esa imagen de espacio negro, espacio infinito, en lugar de ver movimiento, veía las paredes uterinas, una muy cerca de la otra. Dos paredes que no dejaban espacio para nada más, como si nunca fue, o como si no estará. Dos paredes, sin espacio, y quizás, sin esperanza. Y entonces, volvió esa agudización, salvaje y agresiva, del dolor del alma, del dolor torácico que le impide tragar y que le revuelve el estómago. Ese dolor de un corazón roto, o más bien, un dolor de un corazón que no fue, que dejó de ser.
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En medio del insoportable juicio de su vitalidad, ya sea por la ciencia, por creencias, o simplemente por imprudencia de la gente, se he visto inmersa en la necesidad de negar su maternidad. Y aunque este pensamiento agudiza, una vez más, esa aclamada punzada, ella intenta repetirse, en la soledad, en los rincones de su tristeza, que en efecto sí fue mamá. No es muy claro si eso se deja de ser, o si se será siempre, independiente de lo que le depare este irremediable laberinto de incertidumbres. Pero el saberla suya y ella convertida en su madre, esa palabra tan acogida, tan soñada, por más que agrave con rudeza el nudo de su soledad, es una certeza que atrapa e intenta curar esa punzada como quien controla una hemorragia masiva con un par de gasas y con unos pocos sueños de algodón.