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"Varda por Agnès", una involuntaria carta de despedida

"Varda por Agnès" es la última producción de la pionera de la Nueva ola francesa. Un largometraje de no-ficción realizado pocos meses antes de su muerte en la que cuenta las motivaciones, detalles y pilares que tuvo en cuenta lo largo de su carrera.

Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

13 de febrero de 2020 - 06:51 p. m.
Agnès Varda nació en Ixelles, Bélgica, en 1928. En 1940, su familia se mudó al sur de Francia para escapar de la guerra. / Cortesía Interior XIII
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“Varda por Agnès” es un testamento que propone renunciar a las herencias. En esta película póstuma, la cineasta belga no habló de todas sus películas: ni de las más reconocidas ni de las menos exitosas, sino de las que fueron, en su mayoría, resultado de la experimentación.

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Primera toma de este documental: Varda sentada en una silla de directora de cine hablándole a un grupo de estudiantes que la escucharon con atención: sus orejas se convirtieron en esponjas. Quisieron que cada cosa que saliera por la boca de Varda se les hubiese tatuado en el cerebro. Ella no se esforzó mucho: habló con tranquilidad, lanzó uno que otro chiste, pero, sobre todo, trató de dar luz desde una experiencia que a ella más que darle lujos, le dio satisfacciones.

“Me han dado la Palma de Oro de Honor, el Oscar de Honor, el Donostia de Honor… Mucho honor. Pero el premio que más me ha impresionado en los últimos tiempos ha sido el del público de Toronto (2017), porque un reconocimiento así tiene algo menos de honor pero mucho más amor”, dijo Varda en una entrevista para La Vanguardia durante el Festival de Cine de San Sebastián en 2017. Lo que dijo tiene mucho que ver con una de las escenas de la película en cuestión, ya que a pesar de que explicó que “La peor pesadilla de un director era una sala de cine vacía”, también dijo que le hubiese parecido “horrible” hacer un cine incomprensible y distante.

 

Le gustaba que, por ejemplo, si un panadero se demoraba 15 minutos en cortar el pan para vendérselo al que lo miraba embelesado, la toma se hiciera de ese tiempo sin recortes ni engaños. Decía que grabar las escenas de este modo era la única forma de lograr que el que la viera se sintiera realmente ahí, en el lugar, en la fila para comprar o detrás del que estaba despachando la comida. Dio un ejemplo similar con una secuencia de su película “Cléo de 5 a 7” en la que demostró cómo se registró el recorrido de la protagonista: desde la salida de una casa hasta un espejo callejero, trayecto en el que además de ir hacia un lugar caminó hacia sí misma, y que grabó cada uno de sus pasos y objetos alrededor. Para ella, este tipo de tomas eran la forma de mostrar que en el cine estaba registrada la vida, que ahí había una ventanita para mirarnos y que una película era un modo de “acompañar el tiempo”.

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Varda murió el 29 de marzo de 2019 en París. Se casó dos veces y tuvo dos hijos. Sus fascinaciones quedaron atravesadas por el cine: feminismo, historias de extraños, cotidianidad, fragilidad humana, pequeños placeres y el cuerpo humano. Decía que a los humanos nos hacía falta amarnos más, atendernos más, escucharnos más. Ella, una mujer empática y sutil, se acercaba a los personajes que quería ver en sus películas con delicadeza. Más bien lo hacía con humanidad. Les preguntaba cualquier cosa, pero cualquier cosa que le interesara genuinamente y que intuyera también les importaría. Podía ser el comienzo de una conversación, quién sabe, pero siempre el acercamiento era honesto. La empatía era y es honesta.

Haciendo el documental “Los espigadores” se le acercó a un hombre que se comía cuanta cosa veía de la basura. Ella, que observaba a varias personas que recogían de los desechos de los demás, se interesó por él: se agachaba, agarraba el pedazo de basura y se lo comía. Fruta, pan, líquido y demás despojos revueltos en las sobras de otros miles, eran el alimento de aquel hombre al que Varda se le acercó para preguntarle: “¿Te gusta el perejil?”. Él le respondió que sí y le nombró los infinitos beneficios de la planta que se asomaba por su boca mientras hablaba.  

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“Inspiración, creación y compartir” fueron las palabras que guiaron a Varda a lo largo de sus sesenta años como cineasta. Ella lo dijo una vez y después lo repitió. Explicó con por qué fueron importantes para ella, pero luego lo ejemplificó con sus obras, a las que, aunque fuesen ficción, siempre les agregó distintas imágenes documentales. Le gustaba la realidad. Le gustaba la ficción que podía recrearse en una absoluta realidad: así no sería tan fantasioso, así sería más probable que le pudiese pasar a ella o a sus espectadores. Así la empatía no se debía forzar.

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Esta película es entonces la oportunidad para escuchar cómo Agnès Varda desmenuzó los momentos más significativos de su carrera como cineasta. Aquí se resgitró la introspección de los procesos que la llevaron a filmar películas memorables como Sin techo ni ley (1985). Varda por Agnès es la última producción de la pionera de la Nueva Ola Francesa, un largometraje de no-ficción realizado pocos meses antes de su muerte: una involuntaria carta de despedida.   

 

Por Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

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