'¡Usted no ha entendido la novela. Reflexione!'. Y Mario Vargas Llosa se quedó perplejo ante la invitación que le hacía Roger Caillois sobre La ciudad y los perros que acababa de editarse en francés. A partir de ahí el Nobel peruano dice, contra el origen de su propia novela, que el Jaguar no mató al Esclavo pero se atribuye su muerte. Y Vargas Llosa supo que la lectura de un autor sobre su propio libro no es la más justa.
Con esta anécdota celebrada con risas en el salón de actos de la Real Academia Española, en Madrid, Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) terminó de desandar la historia del medio siglo de su primera novela que el miércoles recibió todos los honores en la presentación de una edición conmemorativa elaborada por la RAE y la Asociación de Academias y editada por Alfaguara. El volumen consta de un gran aparato crítico de autores como Marco Martos, Víctor García de la Concha, Darío Villanueva y Javier Cercas.
De pie, y ante un salón lleno, el escritor evoca los orígenes de la novela que se mezclan con los suyos como adolescente y como lector y escritor. Cincuenta años de un libro que, en realidad son 60 porque la historia se remonta a su vida en el colegio militar Leoncio Prado de Lima, entre 1950 y 1951, que soñaba con vivir una gran aventura como las que leía y terminó viviendo el micromundo peruano en un internado.
Era su realidad a la espera de ser convertida en ficción para revelar verdades. Ahí anida el Vargas Llosa futuro.
Él sigue contando esa intrahistoria como si fuera la primera vez que la recordara. Revive los años del colegio donde conoció la violencia y descubrió el valor de la libertad. Hasta que en 1958 viaja a Madrid becado por la Universidad Complutense donde, en una pensión, empieza a convertir aquello en ficción y que terminaría cuatro años después en París, para luego obtener el V Premio Biblioteca Breve. Luego superó la censura franquista, modificando ocho frases.
Evoca sus deudas con Tirant lo Blanc, Faulkner y Flaubert y la 'vocación extraordinaria' que le defendió de la adversidad. Hasta que llega a las palabras de Caillois: '¡Usted no ha entendido la novela. Reflexione!'.
Cincuenta años después, cuatro críticos españoles de referencia dan más luces sobre La ciudad y los perros. De los hallazgos, Juan Antonio Masoliver Ródenas, de La Vanguardia, dice que 'como en el caso de Joyce con Ulises, no rompe con la tradición de la novela realista sino que, partiendo de Flaubert, la lleva al límite de sus posibilidades'.
Para José María Pozuelo Yvancos, del ABC, el autor 'posee talento narrativo, y su primera novela lo muestra ya dominador de técnicas perpectivísticas, al ceder su relato a tres voces alternantes. Esa configuración compleja, que van rehaciendo la estructura desde la visión plural, le sirvió para dar vida a dos de los grandes asuntos que han acompañado su obra: el poder y la libertad'.
Su repercusión en España, según Santos Sanz Villanueva, de El Cultural, de El Mundo, se debe a 'la narratividad y la innovación formal y lingüística, la gran lección que Vargas ofreció a la novela española en unas fechas en que el realismo social empezaba a estar seriamente cuestionado'.
Cincuenta años después su vigencia la resume Jordi Gracia, de EL PAÍS: 'La consistencia ejemplar de la novela está hecha de valentía analítica y de denuncia moral porque es un libro comprometido no con la injusticia de un sistema de enseñanza o de un país sino con nuestra fragilidad, la que late detrás de las convenciones y los amaños'.