Publicidad

Vásquez Arroyave: el pintor que engañó al poder

Creó retratos costumbristas, reinterpretaciones de motivos religiosos y murales en zonas públicas. De manera sutil, polemizó contra el poder y las figuras establecidas en las creencias.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
juan David Torres Duarte
17 de marzo de 2015 - 05:41 p. m.
Archivo / Ramón Vásquez Arrovaye falleció el sábado a sus 92 años.
Archivo / Ramón Vásquez Arrovaye falleció el sábado a sus 92 años.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Ramón Vásquez Arrovaye tenía una certeza sola: que el espíritu de su arte emanaba de Dios. Fue criado en un hospicio religioso, dado que su familia no tenía un peso cuando llegó a Medellín, y luego ingresó a un colegio cristiano. De modo que su encuentro con el arte, que fue temprano —a los 11 años, decía, ya era profesor de pintura—, se dio al mismo tiempo que su encuentro con Dios. Para él, ambas intenciones del pensamiento tenían un mismo origen y dependían una de otra. Quizá así sucedía de palabra, pero en el momento de pintar motivos religiosos —la figura de Cristo crucificado es costumbre en sus óleos— Vásquez Arroyave sometía la figura a cierta transformación. Quizás en ese momento comprendía, aunque no parece haberlo convertido en palabras, que el arte y Dios rara vez compaginan.

Vásquez Arroyave solía decir que había pasado por todas las escuelas artísticas y que el arte había venido con él: decía haber sido impresionista, manierista, barroco, abstracto —y un nuevo y desconocido movimiento que algunos medios, sin saber qué decían, llamaron “identidad antioqueña”. En ese aprendizaje aparecen dos de sus obras centradas en el tema de Cristo: “Cristo” y “Jesús crucificado”. El primer cuadro, visto desde arriba, muestra a Cristo con los brazos estirados, tan estirados que apenas parecen dos hilachas sobre el fondo rojo y negro. Se alcanzan a ver los músculos, y el cabello cae y se confunde con esa oscuridad. Es posible que haya allí una cabeza, pero es posible también que sea la mera muerte que se hace presente: el Cristo desaparece en la muerte. No es un Cristo que sobrevive a los tiempos; es, de hecho, un Cristo mortal. En ese cuadro se presencia su deceso.

El pintor, que nació en Ituango —en una pequeña vereda bautizada Signo— y que vivió prácticamente toda su vida en Antioquia, era religioso pero era también artista. La gran fábula bíblica de la muerte de Jesús le entregó un motivo pictórico, y él hubiera podido pintar como lo hicieron antes otros: un rostro del Jesús sufriente y portador de los pecados de toda la humanidad. Sin embargo, decidió otros modos y son esos modos los que hablan de su arte. En el segundo cuadro, Vásquez Arroyave crea una perspectiva frontal del cuerpo de Cristo. Sucede lo mismo: es carne que se derrite, tiempo que pasa, materia que se calcina. En esta ocasión, el fondo es azul y la figura de Cristo es más visible, menos confusa. Su cabello cubre su rostro. Una representación de su cara lo haría más vivo, lo haría un semidios. Pero esta es justo la interpretación que Vásquez Arroyave evade. Jesús fue asesinado por los hombres, y ese asesinato es su culpa y también su condena. Los motivos religiosos tienen aquí un reflejo narrativo —y como la narrativa transforma y seduce, suele ser motivo de desprecio en ciertas creencias.

El sábado, cuando Vásquez Arroyave falleció, el alcalde de Medellín y algunos concejales lamentaron su muerte por las redes sociales. Dijeron que Antioquia había perdido a uno de sus más grandes artistas. Más allá de su tamaño artístico —que lo definirá el tiempo—, que los políticos acojan el lamento por la muerte de Vásquez como propio es una muestra de la inteligencia del pintor. No entendieron —o tal vez no quisieron entender— el significado de sus lienzos. Siempre, de manera sutil, supo poner límites sociales a sus cuadros. Y en esos límites estaban los políticos y los poderosos en el bando contrario. Sus murales están en hospitales e instituciones de educación pública: esa ubicación les otorgó cierto significado; es bien sabido que los muralistas suelen poner sus obras en lugares de poder. Esos eran, entonces, los lugares de poder para Vásquez Arroyave: la educación, la caridad frente a los enfermos y desahuciados. Aceptó la creación, entre 1982 y 1986, de la pintura que hoy cubre la cúpula del Congreso. El fresco representa la constitución: el manual en donde se crea la libertad de un país.

Vásquez Arroyave, en una entrevista reciente, dijo que le gustaba crear polémica. Le gustaba ir a contracorriente, crear líos como se crean pinturas. “Baño en la quebrada”, “Dolor a cuestas”, “El último viaje”, las dos partes de “Entierro de segunda”, “Procesión aldeana” y “La muñeca” son retratos de figuras sin rostro, con las cuencas huecas, el rostro cincelado por cierta pedregosa tristeza. En una ocasión, de pequeño, Vásquez Arroyave esperaba ansioso el día de la raza porque traerían a un grupo de indígenas para hacer una representación de la diversidad. Todo cuanto encontró aquel día fue desgraciado: los indígenas fueron tratados como “especímenes de desfile” y estaban famélicos, o eso veía el ojo agudo de Vásquez en sus rostros enjutos. Los indígenas trabajaban en artesanías y ese día él se dio cuenta de que su vida era un desastre, de que la religión y la política los habían utilizado por siglos. Sus cuadros no carecen de esa iluminación.

Por juan David Torres Duarte

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.