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Veinte años más joven

Esta aventura editorial y cinematográfica fraguada en Medellín lleva el nombre de ‘Kinetoskopio’ y cuenta con más de 90 números en el historial, en sus dos décadas de existencia.

Hugo Chaparro Valderrama

03 de junio de 2010 - 06:46 p. m.
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Febrero-marzo, 1990: el primer número de la revista Kinetoscopio aparecía en el paisaje editorial “como una propuesta y [una] alternativa de expresión cinematográfica para la ciudad de Medellín”. Veinticuatro páginas mimeografiadas, impresas con el entusiasmo y el sentido del riesgo que deciden las aventuras del cine, sin que nadie pudiera asegurar entonces la prolongación de la suerte durante los siguientes veinte años. El tiempo permitió que se extendieran las páginas y el mapa: la ilusión del barrio que reducía el interés del cine a Medellín rebasó las fronteras parroquiales y abarcó otros lugares, para comprender el fenómeno de las imágenes y su diálogo con el público a través de la pantalla.

Su primer comité de redacción, registrado en la bandera del segundo número —abril-mayo, 1990—, permite suponer otra forma de vencer la muerte, cuando evocamos el legado de Paul Bardwell, César Augusto Montoya y Luis Alberto Álvarez. Tres nombres que permanecen en el origen de una revista con la que se puede comprobar la evolución del oficio de la crítica como reflejo de la cinefilia en acción.

Los textos, multiplicados por los colaboradores, descubrieron entonces la ansiedad de los inéditos por presentarse ante el lector doméstico cuando antes se buscaban otros rumbos en Latinoamérica —Perú, Cuba, Argentina o México—, tras la desaparición en Colombia de revistas fugaces, que aún permanecen con su memoria impresa e indeleble, como Ojo al cine o Arcadia va al cine.

En Kinetoscopio, los realizadores, su público y el rumbo impredecible del cine colombiano han tenido un espacio generoso donde los argumentos contribuyen para que el rastro de un arte, con el que se nutre un fragmento significativo de las reflexiones en el mundo contemporáneo, consiga una dimensión más allá del cubrimiento noticioso y la reseña bonsái del espectáculo.

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Sus 90 números hacen parte de la biografía nacional en la penumbra del cine. Responden cómo, por qué y quiénes, del lado de acá y de allá de la pantalla, han traducido con la cámara lo que significa un vocablo siempre desconcertante, Colombia, a las imágenes de sus películas y a los textos escritos alrededor de lo que pueden significar para sus espectadores.

Una sección, “De estreno por el mundo”, sugería que el mundo debería estar más cercano a la cartelera local o, al menos, a los textos que se publicaban, para que el lector cruzara la geografía y pudiera sumergirse en el vértigo de una producción interminable. Al mismo tiempo que se organizaba de manera espontánea un equipo de corresponsales en distintas partes del mundo, la necesidad de visitar la galería de cuadros en movimiento que es un festival de cine permitió asistir al momento original del fenómeno futuro —por ejemplo, cuando un director desconocido llamado Wong Kar-wai presentaba en el Festival de Toronto, en una sala casi vacía, un ‘cinemito’ de los años 90, Chungking Express—.  

El cine como pretexto para el viaje definió un contraste en las páginas de Kinetoscopio: entre el ritmo infatigable de producciones que colonizaban la imaginación de los espectadores —según el repertorio de directores como los chinos o los iranís en su primer esplendor—, con las nuevas condiciones de producción, y los enigmas que se proponían resolver los directores colombianos. Historias distintas que decidían, cada una a su manera, cómo presentarse en el terreno común de la pantalla.

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Ahora la revista traza la figura de un círculo perfecto, cuando se prepara el siguiente número y la celebración de los primeros veinte años. Recordar el título de una película sobre la ansiedad política de los años 70 a la manera de Godard sirve para definir lo que ha sido la historia de Kinetoscopio: ‘Tout va bien’. Sí, todo está bien, y queremos soñar que seguirá estando aún mejor, en beneficio del cine para ver y para leer.

Por Hugo Chaparro Valderrama

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