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Veladas de delirio por la capital (Cuentos de sábado en la tarde)

Esta historia de amor ocurrió a principios de los años cuarenta, cuando las ansias por modernidad y progreso impregnaron la transformación urbana de la capital colombiana.

Santiago Vargas

19 de diciembre de 2020 - 04:59 p. m.
El Negro Chivas nació en Quibdó, cuando recién había entrado el siglo XX.. // Canal Capital.
Foto: Archivo Particular
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1. El Negro Chivas

El Negro Chivas nació en Quibdó, cuando recién había entrado el siglo XX. Gracias a los ahorros de sus padres, se mudó a Bogotá a licenciarse en derecho, dejando atrás a una hermosa mulata, con quien se había comprometido a casarse. Unos meses después de haber llegado a la capital, el Negro recibió una carta que le avisaba que sus padres habían muerto y que su prometida se había marchado con un chofer, al que apodaban ‘as de oros’. De un solo totazo, el Negro se quedó sin prometida y sin la manutención de sus padres. Con el tiempo, tras empeñar sus libros y vestimentas, pasó a depender de la limosna que los capitalinos depositaban en un tarrito que trasteaba desde la Plaza de las Nieves hasta la Plaza de Bolívar. Cuentan que perdió por completo la razón. Pero quién se atreve a juzgarlo, si es que el destino le había arrebatado todo.

Desde el día en el que se enteró que su mujer se había marchado con otro, hasta el día en el que ocurre esta historia, el Negro Chivas acudió a diario a la Plaza de las Nieves a desafiar al sol, en quién personificó al ‘as de oros’, el canalla con quien se había fugado su mujer. Normalmente, se sentaba, bajo los árboles, en una barandita de cemento con unas columnas ornamentadas al estilo neoclásico. Ese día, el Negro estaba de mal humor; tal vez porque el sol estaba particularmente picante. Se sentó en la barandita, se acomodó el sombrero y entrelazó las manos detrás del capuchón de su gabardina grasienta para decirle al sol: “Buenos días, as de oros”. Le invitamos a leer: La pensión (Cuentos de sábado en la tarde)

Al Negro le irritaba la gente que cruzaba por la Plaza de las Nieves; los sombreros petimetres y abrigos negros de los bogotanos producían una sola masa lúgubre. Se irritó tanto que se fue a dar un paseo por la séptima, deambulando sin destino hasta que se detuvo frente a un aviso que anunciaba la inauguración, aquella misma noche, del Teatro Colombia1. ¡El teatro, el maldito teatro! Como odiaba, el Negro, los teatros que, desde hace años, avasallaban el barrio sin control y derramaban, cada noche, pelotones de insoportables personajes. Varias veces, el Negro había intentado entrar a los teatros, pero los vigilantes se habían encargado de evitarlo a puntapiés. Aún así, el Negro quedó anonadado con el Teatro Colombia. Su fachada tenía, en la parte inferior, una franja de ventanales amplios, fraccionados con acero dorado, desde donde se asomarían, esa misma noche, los canallas más elegantes de la capital. A este ventanal, se le superponía otra franja con bajorrelieves que reproducían tallos y flores. Y remataba con otra franja de coronamientos triangulares que imitaban columnas jónicas intercaladas con retratos de las musas. El Negro retornó nostálgico a la Plaza de las Nieves a desafiar al sol, una vez más.

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2. La Loca Margarita

El olor a claveles rojos recién regados con orines dominaba el hogar de la Loca Margarita. Se trataba de un rancho de bareque, el cual compartía con albañiles, cortesanas y mendigos. La casa, adosada a una antigua pared de adobe, ocupaba casi toda la manzana. Al interior, en el espacio comunal, había un fogón de piedra, velas de sebo, un baúl antiquísimo, una bacinilla donde orinaba la dosis con la que regaba su jardín y una pequeña mesa sobre la cual reposaban dos retratos: el de su difunto esposo, el suboficial Nemesio Gutiérrez, y el del general Rafael Uribe Uribe. Unos años atrás, Margarita había presenciado, en carne propia, el momento exacto en el que, en plena Plaza de Bolívar, dos carpinteros habían asesinado a hachazos a Uribe Uribe. Ese día, Margarita llevaba un vestido blanco, el cual terminó manchado con la sangre del general. Desde aquel entonces, Margarita dejó de usar vestidos de color blanco, los cuales remplazó por prendas rojas, el color de la sangre de Uribe Uribe y del Partido Liberal.

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Margarita, nativa de Fusagasugá, llevaba más de treinta años viviendo en Bogotá. Se había fugado de su pueblo natal en 1902; un año que marcó un quiebre en su vida y en su cordura. Ese año, Margarita recibió la noticia de la muerte de su esposo, tras la derrota del batallón comandado por Uribe Uribe en la Batalla de Palonegro. Y, ese mismo año, llegó una patrulla a Fusagasugá, liderada por el general conservador Arístides Fernández, quien ordenó apresar a todos los liberales del pueblo. Entre ellos, se encontraba Miguel, el único hijo de Margarita, quien, con tal solo veinte años, fue torturado y fusilado en la plaza principal. Gracias a la intervención del sacerdote, el batallón le perdonó la vida a Margarita, quien huyó a la capital, donde se dice que, al llegar, ya había perdido por completo la razón. Pero quién se atreve a juzgarla, si es que los godos le habían arrebatado todo.

Tras más de treinta años de vida en la capital, Margarita ya se había acostumbrado a ese hábito al cual terminan sometidos, tarde o temprano, los habitantes de las grandes ciudades: la rutina. A diario, se tomaba a soplo y sorbo una taza de chocolate y, cuando el reloj marcaba las seis y media de la mañana, salía de la casa. De ahí, arrancaba hacía los entonces áridos cerros orientales y subía por unos estrechos senderos hasta el Chorro de Padilla, donde las aguadoras le ofrecían unas cubetas de agua para bañarse. Entre las aguadoras, Tina y Petronila eran las únicas suficientemente destornilladas como para volverse amigas de Margarita. Mientras ésta se bañaba, aquellas llenaban de agua cristalina múcuras vacías con las que, pacientemente, iban cargando a sus burros. Tras finalizar el baño, Margarita, Tina, Petronila y los burros descendían a pie hasta la Quinta de Bolívar. Y, mientras que Margarita regresaba al centro, Tina, Petronila y los burros tomaban la Avenida de la República hasta Chapinero, a vender botijas de agua. Luego de despedirse de sus comadres, Margarita se dirigía de vuelta a su hogar.

Ese día, la Loca Margarita se detuvo ante un edificio en la calle veinticuatro que no había visto antes. Se quedó contemplándolo durante algunos minutos para aquietar su curiosidad. Tenía unas escaleras de piedra, lo suficientemente anchas como para que cupiera el loquerío entero de San Diego; la entrada era de vidrio y estaba marcada por un muro que sobresalía de la fachada; la parte de arriba del muro se plegaba hacia atrás y hacia arriba, formando una especie de torre; justo encima de la entrada, había unas letras metálicas que deletreaban: ‘Biblioteca Nacional’. Salvo por el color amarillo de la biblioteca, que se parecía al de las casas de Fusagasugá, resolvió que era el edificio más moderno que había visto en la ciudad.

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Margarita le quitó la mirada a la biblioteca y siguió su camino hacia el centro. Cuando iba pasando por la Plaza de las Nieves, vio a un hombre con un sombrero polvoriento y una gabardina grasienta. Estaba sentado en una barandita con la mirada puesta en el sol. Margarita sonrió ante tal escena, se le acercó a aquel hombre y le dijo: “Negro ten cuidado. Te vas a quedar ciego.” El Negro, le quitó la mirada al sol y la puso sobre Margarita. Miro nuevamente al sol y dijo: “Gracias, as de oros por devolverme a mi mulata.” Se levantó de la barandita, recogió su tarrito de monedas y agarró a Margarita del brazo. Juntos, tomaron la Avenida de la República y cogieron la calle once para dirigirse hasta las chicherías del oriente de la ciudad. Después de un par de copas, se dieron cita para el día siguiente a las cinco.

3. La calle once

Ya eran más de las cinco de la tarde. Margarita aguardaba sentada en un andén frente a la Iglesia de la Candelaria. Sola, con las mejillas empolvadas, observaba a la gente que caminaba por la calle once. Quince minutos más tarde, entre el tumulto de la angosta y empedrada carrera cuarta, apareció finalmente el Negro Chivas, quien se detuvo, retrocedió un paso y, con la cortesía de un aristócrata, se descubrió la cabeza e hizo una venia para saludar a Margarita. Acto seguido, la agarró del brazo y empezaron a andar juntos por la calle once. Margarita le susurró al oído: “¿Cómo se ha portado el as de oros hoy?” El Negro no respondió.

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“Doctor Chivas, ¿sabía usted que acá, en la calle once, están las mejores escuelas del país? Algún día me gustaría volver a ser maestra y darle una buena formación liberal a todos estos jóvenes que deben estar bastante perturbados por todos los años que duraron esos godos de mierda en el poder. ¡Qué viva el partido liberal!” Juntos, se regocijaban a carcajadas entrando a las sombrerías y a las tiendas de ropa de la calle once. Los dueños de los almacenes gozaban con la inusual pareja. Tanto así que, en las aguapanelerías y salones de onces, les regalaban chocolate y toda clase de tentempiés. Luego, se sentaron a descansar bajo la sombra de la Catedral Primada. Margarita alcanzó a reconocer la canción que sonaba: “La vieja calle donde me cobijo, tuya es su vida, tuyo su querer.” Cuando terminaron las onces sobre el andén de la once, se pusieron de pie en silencio y cruzaron el jardín de corte inglés de la Plaza de Bolívar. Cogidos de la mano, atravesaron la estatua del libertador, sobre la cual el Negro se amarró el zapato. Siguieron caminado por la once hasta la carrera catorce.

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El olor de los magnolios que apenas comenzaban a crecer magulló al Negro Chivas, quien sentía que pronto iba a ulcerar de la emoción de tener, nuevamente, a una mulata a su lado. A esa hora, los rostros más distinguidos de Palermo y Teusaquillo habían salido a pasear por la catorce. Para ese entonces, la catorce, recién bautizada Avenida Caracas, era un bulevar bordeado por casas inglesas de ladrillo, el cual contaba con un sendero peatonal en el medio, ocupado por robles y tulipanes. El Negro Chivas y Margarita observaron con cautela a dos mujeres de cabello lacio corto que llevaban vestidos negros con flecos que apenas alcanzaban a cubrirles las rodillas. Margarita las miró y frunció el ceño. Al instante, se agarró el vestido de la cintura y lo alzó hasta que sus tobillos quedaron descubiertos. Cogió al Negro de la mano y, juntos, cruzaron la carrera catorce.

El Negro envolvió el brazo derecho alrededor de Margarita, se quitó el sombrero y lo puso sobre la cabeza de ella. Permanecieron en silencio. El miedo y la incertidumbre que conllevaba enamorarse de un loco se había apoderado de ambos. Sin mayor remedio que la compañía del otro, caminaron hasta la Plaza España, atravesaron sus jardines y cruzaron los puentes por encima del lago. Finalmente, se sentaron a descansar un rato frente al busto de mármol de Miguel de Cervantes. Una vez más, desde la radio de un señor fumando cigarro, sonó Gardel. El Negro, quien hace rato no había pronunciado palabra, se inclinó sobre Margarita y le dijo: “Menos mal estamos locos.”

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Por Santiago Vargas

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