12 Nov 2018 - 1:00 a. m.

Venezuela y las huellas imborrables de una generación literaria

Hace exactamente cien años, y bajo el nombre de Generación del 18 (1918), un puñado de jóvenes poetas reaccionaba contra las tendencias artísticas dominantes y la atmósfera agobiante de la dictadura que vivía en ese momento Venezuela.

Carlos Castelblanco

Rómulo Gallegos.  / AP
Rómulo Gallegos. / AP

 Movidos por el afán de meter una patria íntima en sus versos, este grupo señalaría un camino que, con el paso del tiempo, daría origen a una de las más fascinantes corrientes de la literatura continental.

Eran tiempos difíciles en la convulsionada nación venezolana. La pluma aguda y elegante del ensayista Mariano Picón Salas señalaba que el siglo XX en Venezuela empezaba después de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez. Para toda una generación de artistas que vivieron su período de formación y juventud durante esta larga dictadura (1908-1935), se hacía urgente denunciar las condiciones de aislamiento en las que este régimen hizo vivir al país.

Esta juventud representó una nueva actitud, un nuevo modo de situarse frente a esa realidad social, política y cultural del país, no tanto por el hecho de ser jóvenes sino porque los cambios experimentados por la nación hacían insuficientes los sistemas para expresar las emociones, las ideas y valores que habían venido funcionando hasta entonces. La llamada Generación del 18 marca con su presencia un nuevo aire que impulsó la literatura venezolana hacia una nueva etapa.

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Una nueva ruta para el arte

Estos jóvenes, que no cumplían aún los veinte años y que en plena dictadura militar recitaban poemas en las plazas y pequeños teatros y los difundían a través de periódicos, desarrollaron una propuesta de rompimiento con el lenguaje y las formas tradicionales de la literatura. Estos primeros pasos de ruptura los dieron cuando “venezolanizaron” las tendencias literarias europeas en sus versos: por ejemplo san José, en los versos de Antonio Arraíz, uno de los poetas del 18 venezolano, es un maestro carpintero cumplidor, que mientras pule sus tablas de cedro amargo tararea joropos y es llamado compadre por las gentes del pueblo.

Los nombres de José Antonio Ramos Sucre, Luis Enrique Mármol, Fernando Paz Castillo, Jacinto Fombona Pachano, Pedro José Sotillo, Andrés Eloy Blanco, Enrique Planchart Loynaz y Humberto Tejera completan el grupo y aparecen con frecuencia en los periódicos y revistas de estos convulsionados años, tanto con poemas como con artículos que exaltaban valores e ideas que significan, primero, un cambio a las letras y, segundo, un aporte a la renovación literaria tan necesaria. Y así lo retratan estos versos de Luis Enrique Mármol:

Todos iban desorientados:

perseguían un objeto próximo;

unos iban a su trabajo,

otros al trabajo de otros…

Los ojos errantes y vagos,

hacia la mancha de los pinos

cruzó indolente un enlutado…

—¿A dónde vas?

—No sé —me dijo.

¡Todos iban desorientados,

y el enlutado hacia sí mismo!

Debemos, decía uno de los poetas de esta generación, Andrés Eloy Blanco, convertirnos en otros hombres, hombres que vivan bajo otras relaciones económicas y sociales, no las impuestas por la dictadura. Querían destruir la idea de un arte inofensivo, para decorar y complacer, y en su lugar construir uno que nombrara el dolor y levantara al pueblo, como en estos versos suyos: “¿Con qué luz alumbramos, con qué sueño escribimos? / Nos dio, para sembrarla, / la sombra de sus pobres, la noche de sus tristes, / su mano sin terrones, su boca sin cartillas, / nos dio su sombra hermosa, como una niña negra, / nos dio su noche bruta como una tierra niña”.

Como indica el escritor y crítico Arturo Uslar Pietri, entre las tendencias que predominan en los poetas del 18 hay un regreso a formas y temas del romanticismo tales como baladas y cantos históricos para señalar y denunciar la realidad y cómo era la actualidad venezolana de 1918, y así lo indicaba en sus versos el poeta nacido en Barquisimeto, Antonio Arráiz: “Apártate, padre. Voy a mi deber. / Él no comprendía. No le vi ceder. / —Apártate, Padre —le grité de nuevo. / —Mucha prisa llevo. Mucha fuerza llevo. / —Mucha vida llevo. No te tengo miedo”.

Esta generación de escritores e intelectuales prueba que, aun en las peores condiciones, cada pueblo busca siempre los caminos, no solo para mantener la continuidad de su cultura, sino también para mantener un diálogo vigoroso con su época histórica, que la palabra siga nombrando las realidades y sus protagonistas, hasta en el silencio, como lo dice en estos versos el poeta caraqueño perteneciente a esa generación, Fernando Paz Castillo: “La palabra buena / la palabra mansa / que al fin de muchas luchas, / y triunfos y derrotas / encuentra / que solo sabe comprender, callada”.

El sendero trazado por la Generación del 18

El 28 de octubre de 1917, en la ciudad de Mérida, un joven de 18 años, Mariano Picón Salas, leía una conferencia: Las nuevas corrientes del arte. En ella hizo una defensa fervorosa de la necesidad urgente de crear un arte venezolano que se alimentara de las realidades concretas y actuales de la nación. Ese mismo año, el poeta Julio Garmendia escribe El gusano de luz, una obra que es un diálogo sobre la guerra y la ceguera que ésta acarrea: “La llama del incendio entrará por el palacio de imágenes del poeta y por el mar de colores del pintor y por la catarata de armonías del músico”, sentenciaba Garmendia.

Estos momentos literarios, junto con los poemas de la Generación del 18, representan la primera manifestación de defensa de un arte nuevo, el momento en que se registra en Venezuela la presencia de una nueva sensibilidad abierta a los impulsos de un arte renovador. Y estos valerosos jóvenes fueron los primeros en criticar a caudillos y gamonales, crear lo que Rómulo Gallegos denominó la patria deseada: antimilitarista, civilista y donde el aire que se respirara fuera el de la libertad.

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Todos ellos, como una corriente impetuosa, desembocarán años después, en 1929, en una novela reveladora y trascendental para la literatura nacional y continental: Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, la primera de la trilogía compuesta por Cantaclaro (1934) y Canaima (1935). En Doña Bárbara el costumbrismo y el modernismo literario, al fin, se reconciliaron con serenidad. En estas páginas de la obra cumbre de Gallegos no solo están presentes y hablan los horizontes estremecidos por la lluvia, los morichales y las tolvaneras del llano venezolano, sino también las almas de los hombres buenos y malos que habitan allí. La condición humana se funde con el paisaje.

Otros importantes narradores venezolanos también recibieron la determinante influencia de la Generación del 18. Teresa de la Parra, una de las escritoras más importantes del continente y autora de la célebre novela Ifigenia (1924); Enrique Bernardo Núñez, con la novela Cubagua (1930); Arturo Uslar Pietri, autor de Lanzas coloradas (1931); Miguel Otero Silva, autor de la célebre Casas muertas (1955), y José Rafael Pocaterra, autor de Cuentos grotescos (1976), todas joyas de la literatura hispanoamericana y que caminaron tras las huellas de la inolvidable generación poética de 1918.

A los escritores de esta generación no solo los unió el afán de renovación que había contagiado a los intelectuales del continente, sino también el color y el calor honrado de su tierra poblada por el amor y el mar en las plazas y los patios de Cumaná o de Puerto la Cruz, de las historias de caballadas y esteros del Apure, de Barinas, y que a pesar de la tiranía incrustada en la vida diaria fueron una forma de resistir y un testimonio para que a los artistas y a su pueblo la tragedia no los congelara nunca más.

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