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Lugares comunes, felizmente ciertos: el cine de un país es su álbum familiar; filmar la realidad contribuye para que el espectador la pueda comprender mejor; una cámara presenta el mundo de forma testimonial e implacable; el lente es un ojo que observa y revela; la pantalla es un espejo en el que nos reflejamos.
Ideas comprobadas durante un lapso de once años por la Muestra Internacional Documental que organiza la Corporación Colombiana de Documentalistas Alados.
Partiendo desde Bogotá hacia el resto del país, la Muestra gira en los ojos del público que agrega a la ficción cinematográfica y a su imperio ineludible, las visiones y la audacia, en términos narrativos y formales, del documental que sugiere con su libertad una relación cercana al cuento y a la poesía. En términos literarios, mientras los novelistas sobreviven agobiados por las exigencias de una estirpe editorial interesada exclusivamente en la prosa, en la moda y en su rentabilidad, los cuentistas y poetas son los héroes del momento: escriben a pérdida editorial sin rendirle cuentas a nada distinto que a sus retos personales.
Héroes cinematográficos en una época de bombardeo audiovisual, autónomos según las circunstancias de la producción. Un ejemplo reciente: Irène (2009), de Alain Cavalier; un diario cinematográfico que traduce a imágenes la memoria, la evocación en la ausencia y el diálogo del director consigo mismo y con el público.
Desde el 28 de septiembre y hasta principios de noviembre, cruzando por ocho ciudades de Colombia, la Muestra Documental privilegia de nuevo los hallazgos de los directores que transforman su búsqueda en vanguardia, reinventando el cine para ver y para vernos a través de sus imágenes.
Otro ejemplo: la presencia en la Muestra de la mexicana Lourdes Portillo. Su largometraje Señorita extraviada (2001) fue el resultado de un viaje a Ciudad Juárez para investigar los motivos del asesinato masivo al que han estado sometidas cientos de mujeres, así como también “para seguir a los fantasmas y escuchar el misterio que los rodea”. Una referencia ineludible para comprender la atrocidad que permanece —las protestas se multiplican ahora mismo en México por el nombramiento de Arturo Chávez Chávez como titular de la Procuraduría General de la República, cuando en los años 90, siendo funcionario del sistema judicial de Chihuahua, demostró una misoginia legal que consideró de forma apática los asesinatos—.
¿Cine verdad, como quería en los años 20 el ruso Dziga Vertov? No se trata de una imposición tajante. En el documental también existen las manipulaciones. Pero la sinceridad de directores como Cavalier y Portillo, en distintas dimensiones y con actitudes diferentes, admite una relación en beneficio del espectador: su juicio enfrentado al valor de las imágenes decide su necesidad y su justicia, el legado que permanece tras la proyección, de qué manera el documental se renueva con sus directores, impredecibles en su actitud para hacer de la cámara una herramienta a su servicio, antes que al servicio de lo rutinario, y para revelar el impacto y la utilidad de un género sin tregua ante sus temas. Algo que comprueba, año tras año, la programación de la Muestra.