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Me produce mucha repulsa porque mi esposa es secretaria, y a mi secretaria, a pesar de tener una cola bonita, nunca se me ocurrió decirle ni pío, precisamente para no abusar del poder de mi cargo”.
Mi respuesta no se demoró: “Por ese camino, el de la corrección política, no vamos a ninguna parte. O el cuento es bueno, o no lo es. Imagínate que las esposas de los médicos franceses hubiesen protestado porque Flaubert presentó a Emma Bovary como esposa de uno, y al pobre Flaubert teniendo que cambiarle la profesión al marido de su Emma, con la protesta subsiguiente del nuevo colectivo femenino, y dejándolo todo al final en una bruma donde nadie sabría si monsieur Bovary, además de cornudo, tenía una profesión remunerada.
Si tu esposa es secretaria, será una buena secretaria, y te será fiel, y sabrá defenderse de su jefe si intentara propasarse con ella. Perfecto. Y si cuando eras ejecutivo no le tocaste a tu secretaria ese lugar delicioso donde la espalda pierde su aburrido nombre, sería para no abusar de tu cargo, pero no porque no te hubiese gustado hacerlo. O sea, no es tan simple como lo presentás. El cuento relata el caso de una secretaria, y no del arquetipo de las secretarias”.
Mi amigo no dio su brazo a torcer, como dizque hizo la Venus de Milo —con las consecuencias que ya conocemos—: “Me gustan tus argumentos, pero tengo peros. Lo que no tengo es tiempo para polemizar un poquito, así que te la debo, pero mi silencio no otorga”.
Mi inmediata réplica: “Conque te gustan mis argumentos pero tenés peros. Pues yo tengo manzanas. Imaginá la historia de la literatura bajo el prisma de la corrección política.
El Marcelo de Hamlet jamás se hubiera permitido decir que ‘Algo huele a podrido en Dinamarca’, sino que sería bueno mejorar el sistema de eliminación de basuras en el citado reino. Y otra tragedia suya, Shakespeare habría tenido que titularla Otelo, el subsahariano de Venecia; Cervantes jamás hubiese podido regodearse con la a todas luces discriminatoria frase ‘En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme’; al capitán Ahab le hubieran amputado la otra pierna por cuenta de Greenpeace de haber armado de nuevo la Pequod para darle caza y captura a Moby Dick; el marqués de Bradomín no hubiese podido experimentar el sentimiento de la ‘vergüenza zoológica’ cuando vio a los marineros ingleses haciendo en cubierta sus ridículos ejercicios gimnásticos durante el viaje con la Niña Chole a México; y al coronel haría muchísimo tiempo que el departamento de pensiones del Alto Gobierno ya le habría escrito. Y así hasta la náusea y el infinito”. Hasta ahora, mi amigo no ha vuelto a contestarme. Los mantendré informados si lo hace.