OLGA SAMPER
“En el 68 tenía 17 años y estaba en el primer semestre de derecho en La Soborna. Grafitos, afiches, volantes estaban por todas partes. El 3 de mayo empezó la gran protesta. Sin darme cuenta estaba en el centro, y allí, a medio metro, Sauvageot y Cohn-Bendict. Éste era el incendiario, y el primero el reflexivo. Cuando la policía nos detuvo empezamos a hacer barricadas. Nos quedábamos toda la noche. Una vez, un camión que iba a vender fresas a la ciudad nos las regaló. Jamás olvidare la manifestación que De Gaulle convocó. Salieron a la calle millones de personas que nos hicieron ver como un grupo pequeñito. No entendíamos cómo repudiaban la libertad. Finalmente empezó a correr el rumor de que iban a echar paracaidistas sobre nosotros. Después de la última manifestación regresé a Colombia, estudié en los Andes y nunca regresé a París. Pero mi vida no fue igual después de esa primavera en la que me tocaron las fresas de la revolución”.
CARLOS LERSUNDY
“El 68 me cogió estudiando en Nueva York. Tenía 23 años. Allá supe de la utopía de paz de los jóvenes intelectuales de Harvard, inspirados en los efectos del LSD. En pocos días intuyeron que su sueño era irrealizable y lo enterraron, pero los medios masivos le dieron vida. Me gocé los tres días de Woodstock con dos amigos.
Regresé a Colombia a comienzos del 71. La moda de la generación del 68 apenas comenzaba. Armé mi propia comuna: compré 30 fanegadas de tierra en la Sierra Nevada. Construí mi casa y me instalé a la orilla del río, con dos amigos. Los tres teníamos pareja, pero la mía se fue a los pocos días. Por allá pasó mucha gente. Todos podían vivir ahí. Sólo tenían que cuidar las matas de ñame y de yuca y las frutas. Pero bastaron 12 meses para comprobar que el sueño de los años 60 era una utopía. Se acabaron las matas de yuca y de ñame y la deforestación avanzaba. Volví a Bogotá y aquí estoy, aunque sin olvidarme de ese sueño”.
BENJAMÍN VILLEGAS
“Mayo de 68 no tuvo impacto inmediato. Sin embargo fue calando y en los años 70, personalmente, alcancé a sentir su coletazo. Se trataba de todo el movimiento contracultural del que mayo era el modelo.
Entre el 71 y el 72, junto a Juan Escobar, alquilamos 17 casas que estaban detrás del Hilton e inauguramos La Calle. Cerramos las casas por fuera y las comunicamos por dentro. En el fondo quedó una discoteca llamada El Templo. La Calle se volvió un sitio de expresión juvenil, donde se vivía, se meditaba, se tocaba música. La gente vendía artesanías, ropa, pinturas. Era una comuna en la que nunca faltaba nada. Muchachitos de 14 y 15 años de todas las clases sociales empezaron a llegar. Cada cual aportaba organizando, limpiando. No fue un proyecto comercial sino creativo. Cuando empezó a ser permeado por otros intereses, cerré el sitio. Fue una época maravillosa, la manera de gozar mis 23 años. Si no hubiera estado allí, tendría otra concepción de la vida”.