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“Volverse Palestina” y algunas reflexiones sobre la migración (I)

Presentamos la primera parte de una reseña sobre la crónica de la escritora chilena Lina Meruane, “Volverse Palestina”, y las preguntas que su texto sugiere sobre la narración y la memoria.

María Paula Lizarazo

29 de septiembre de 2020 - 06:23 p. m.
Lina Meruane es la autora de "Volverse Palestina". Se trata de una edición dividida en dos partes. Primero está la crónica del viaje que hace la autora a Palestina y que fue publicada por partes en distintos medios. Luego, un ensayo con el que vuelve a viajar a Palestina, ahora de forma intelectual, pensando con algunos de los que han escrito en torno a la ocupación Israelí de Palestina o del conflicto entre Israel y Palestina.
Foto: Rodrigo Fernández
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“El destino de los palestinos ha sido, de algún modo, no terminar donde empezaron sino en algún lugar inesperado y lejano”. Con esa cita de Edward Said comienza la crónica Volverse Palestina (2014) de la escritora chilena Lina Meruane. Se trata de una edición dividida en dos partes. Primero está la crónica del viaje que hace la autora a Palestina y que fue publicada por partes en distintos medios. Luego, un ensayo con el que vuelve a viajar a Palestina, ahora de forma intelectual, pensando con algunos de los que han escrito en torno a la ocupación israelí de Palestina o del conflicto entre Israel y Palestina.

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Lina Meruane vive en Nueva York. Es de allí desde donde emprende su viaje a Palestina. Pero la crónica comienza antes, en un viaje previo que hace a Chile. Allí se desplaza entre las calles, buscando la casa en la que habitó de niña y recapitulando la historia de sus abuelos, que migraron desde el Levante Mediterráneo a Chile en 1915. Del rastreo de su apellido en una topografía, escribe: “Meruane: otro lago salado y seco que no tiene importancia y ha sido completamente borrado del mapa”.

Que el río Meruane esté borrado del mapa revela un vacío, como la hondura del agua, en la historia de la familia de Meruane. Lo que hubiese antes de su abuelo es desconocido. Incluso la historia de la migración del abuelo se presenta como burbujas de jabón: “la recapitulación del pasado se ha vuelto dudosa incluso para mi padre. No le contaron suficiente o no prestó atención o lo que le llegó era material demasiado reciclado”.

La intención de Meruane de viajar a Palestina puede leerse como una reconstrucción de la historia de su familia o, bien, de su historia propia. A la historia propia, el filósofo Jürgen Habermas, la relaciona con la historia de un pueblo y una concepción de identidad. En Identidad nacional e identidad postnacional escribió: “la identidad de una persona, de un grupo, de una nación o de una región es siempre algo concreto, algo particular [...]. De nuestra identidad hablamos siempre que decimos quiénes somos y quiénes queremos ser. Y en esa razón que damos de nosotros se entretejen elementos descriptivos y elementos evaluativos. La forma que hemos cobrado merced a nuestra biografía, a la historia de nuestro medio, de nuestro pueblo, no puede separarse en la descripción de nuestra propia identidad”.

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Pero aquel precepto de lo concreto que menciona Habermas se desmorona en la crónica de Meruane. La historia individual es, pues, concreta hasta que el relato de dicha historia se va haciendo escaso. Lo anterior implica que si se asume que el material del padre de Meruane es reciclado, entonces la historia que se reconstruya sobre el abuelo no será concreta. Será un hueco a llenar con aguas de otros cuencos: “le propongo a mi padre empezar a retroceder. Refrescar esos lugares que se nos han ido secando. Lugares, esos, de los que nos fuimos yendo sin volver la vista atrás. Él, como antes sus padres la Beit Jala natal, abandonó hace mucho la pequeña ciudad-de-provincia donde nació. Y yo, como ellos, me he ido moviendo: he tenido distintas direcciones”.

La anterior cita abre dos direcciones para embarcarse en la crónica desde el vacío seco: antes de narrar el viaje a Palestina, Meruane planta su “yo” narrativo en territorio chileno, es decir, le da un territorio de partida a su voz, que es el mismo espacio de partida de su historia individual, al cual lo precede un puerto anterior y desconocido: el “yo” narrativo de Meruane emprende en Chile porque hubo un trayecto en la historia de su abuelo que lo llevó de Palestina al exilio en ese país. En este sentido, la primera dirección que se abre es una pregunta por la voz: al ser un relato biográfico de Meruane, ¿habría que hablar de testimonio?, o más bien de qué es lo que implica que un relato sea testimonial. Esta pregunta salta directo hacia la otra dirección: la vida de su abuelo, la vida de su padre y la vida de Meruane tienen en común el trasegar, la memoria filial y el regreso de Meruane al punto de partida de su abuelo. ¿Pero hasta qué punto el abuelo forma parte de la memoria de Meruane si todo lo que ella conoce de él y su trayecto es “material reciclado”?

La crítica argentina Beatriz Sarlo escribe en Tiempo pasado que “cuando no se trata de autobiografías de escritores, en el testimonio y la narración en primera persona toman la palabra sujetos hasta ese momento silenciosos”. El exilio del abuelo de Meruane, del que hasta ahora no se ha mencionado la causa, pero que puede verse como un enigma enlazado a la situación palestina, es un silencio en la palabra de Meruane, es esa voz en primera persona, encarnizada en la voz de Meruane, que se revela ante el anonimato político. ¿Pero cómo entonces habla la memoria sobre lo que desconoce? ¿Cuál es, pues, la relación entre la imaginación y la memoria en la escritura y en el trayecto migratorio?

Por María Paula Lizarazo

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