La crítica argentina Beatriz Sarlo escribe en Tiempo pasado que “cuando no se trata de autobiografías de escritores, en el testimonio y la narración en primera persona toman la palabra sujetos hasta ese momento silenciosos”. El exilio del abuelo de Meruane, del que hasta ahora no se ha mencionado la causa, pero que se puede ver como un enigma enlazado a la situación palestina, es un silencio en la palabra de Meruane, es esa voz en primera persona —encarnada en la voz de Meruane— que se revela ante el anonimato político. ¿Pero cómo entonces habla la memoria sobre lo que desconoce? ¿Cuál es, pues, la relación entre la imaginación y la memoria en la escritura y en el trayecto migratorio?
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Para entrar en materia, hay que apelar en primera instancia al abuelo de Meruane en tanto es su historia, es decir, su testimonio, o lo que queda de su testimonio, el origen del trayecto de Meruane. Giorgio Agamben escribe en Lo que queda de Auschwitz (1998) que la palabra “testigo” deriva de “supersters” y se refiere al que " ha vivido hasta el final una experiencia y, en tanto que ha sobrevivido, puede pues referírsela a otros. [De otra parte] testigo se dice en griego martis, mártir [...] derivado de un verbo que significa “recordar”. El superviviente tiene la vocación de la memoria, no puede no recordar" (Agamben 10-5), sin embargo, en los casos de experiencias traumáticas se genera una impotencia de enunciación, es decir, parte de un trauma es la imposibilidad de hablar sobre lo acontecido. De este modo, hay razón para comprender que el material que Meruane conoce sobre el exilio de su abuelo sean relatos reciclados sobre lo que su padre y sus tías han podido contarle al respecto.
Ahora bien, siguiendo a Agamben, el superviviente tiene la vocación de la memoria y es, en ese sentido del no poder no recordar, que Meruane viaja a Palestina, llevada por el relato incompleto de su familia.
Como se mencionó en la primera parte de esta reseña, antes de emprender su viaje a Palestina, Meruane, que vive en Nueva York, viaja a Chile, recorre la provincia en la que creció su padre, escucha lo que él pudo volver a contarle sobre el exilio de su abuelo, y escribe, intentando recopilar sus memorias familiares: “empecemos a volver [...] y anoto esta frase o esta duda en un pedacito de papel”. Su regreso al pasado está marcado por un desplazamiento a la provincia de su padre, acompañado de la escritura. Meruane vuelve físicamente y vuelve en la palabra. Es así que el viaje a Palestina es una continuidad de una exploración del tiempo que la precedió: “la incursión en un tiempo que ya no existe. La excursión del presente”.
Es, pues, una exploración del pasado en el presente. Es significar – atrapar - improvisar, el pasado en el presente. Sobre esta conjetura de tiempos, Beatriz Sarlo escribe: “el tiempo propio del recuero es el presente: es decir, el único tiempo apropiado para recordar y, también, el tiempo del cual el recuerdo se apodera, haciéndolo propio”.
Pero una de las preguntas que sugiere el texto de Meruane, en torno a la memoria, es qué pasa cuando buena parte del pasado no se conoce o, pese a que se recuerda, no hay voluntad de recuperarlo.
De un lado, hay una diatriba entre quien no quiere recordar, por ejemplo, el padre de Meruane, que, según la mirada de ella, busca despojarse de las preguntas sobre el pasado: “el regreso del pasado no es siempre un momento liberador del recuerdo, sino un advenimiento, una captura del presente. Proponerse no recordar es como proponerse no percibir un olor, porque el recuerdo como el olor, asalta, incluso, cuando es convocado” (Sarlo).
Y de otro lado, está el intento de reconstrucción de un relato que Meruane no conoce en su totalidad y que lo que tiene de este son retazos. Pero, aun lo desconocido, lo carga en sí. En el aeropuerto, guardias israelís no ven en su pasaporte la nacionalidad chilena, se fijan, más bien, en el apellido Meruane, “Meruane: otro lago salado y seco que no tiene importancia y ha sido completamente borrado del mapa”. Con ese quiebre entre la memoria y el recuerdo desconocido, logra llegar Meruane a Palestina. Y narra –teje– su Palestina, entre retazos, silencios y miradas propias.