El Magazín Cultural

Wislawa Szymborska, y su angustiosa e irónica poesía

Si se trata de sentir, si se trata de disfrutar, si se trata de estremecer, y de gozar, y de reír con sutileza, si se trata de maravillarse con eso que nos maravilla. Yo elijo la poesía de Wislawa Szymborska.

Jaír Villano / @VillanoJair
12 de julio de 2018 - 06:46 p. m.
La escritora polaca Wislawa Szymborska, quien falleció en la ciudad de Cracovia en julio del año 2012.  / Cortesía
La escritora polaca Wislawa Szymborska, quien falleció en la ciudad de Cracovia en julio del año 2012. / Cortesía

Tan irónica como profunda, tan sutil como fuerte, tan burlona como sensible, tan existencial como sencilla. Mejor que sean sus poemas los que hablen: “En el río de Heráclito/ los peces pescan peces, / el pez descuartiza al pez con un pez punzante, / el pez construye un pez, / el pez vive dentro del pez, / el pez huye del pez asediado”.

Unas veces puede ser más retórica, y en otras más honda: “fácil de ahogar en una cucharada de océano/ pero falto de gracia para hacer reír al vacío”. Y sin embargo, en sus versos conserva esa mirada tan suya, tan letal y tan tenue, tan poetiza como irónica, esa que afirma y luego interroga, que duda y luego pontifica, que le inserta espinas al sentido de la existencia:  “Disculpen, todos, por no saber ser cada uno y cada una. / Sé que mientras viva, nada me justifica, / porque yo misma soy un impedimento. / No te disgustes, lengua, por tomarte prestadas palabras patéticas, / después les añado escollos para que parezcan limpias”. 

Y es que qué son las palabras si no un intento por darle forma a un sentido. Si existe lo indecible, entonces con el lenguaje no es suficiente. Pero, claro, en Wislawa suena mucho mejor: “Verdad, no me prestes demasiada atención. / Autoridad, muéstrame la magnanimidad (…)/ No me acuses, alma, por mencionarte tan poco”. 

 Como con la música, con la poesía basta con sentir y tal vez no con entender, con  hacer propio lo que no es de nadie:  “Prefiero la ridiculez de escribir versos/ que la ridiculez de no hacerlo (…)/ Prefiero no preguntar cuánto falta para llegar y cuándo. / Prefiero considerar incluso la posibilidad de que la existencia tenga su propia razón”.

Parecía introspectiva, pero a la poeta polaca le afligía lo que sucedía en su entorno; no en vano las loas a Stalin y el proletariado, no en vano ese poema que atiza la crudeza de una fémina en la guerra: “Mujer, ¿cómo te llamas? - No sé. / ¿Cuándo naciste? ¿ De dónde eres? -No sé. (…) / ¿No sabes que no te haremos daño?- No sé. / ¿De qué parte estás?- No sé. / Estamos en guerra, debes elegir.- No sé / ¿Existe aún tu aldea?- No sé. / ¿Son esos tus hijos? - Sí”.

La política hace parte de todo. Se es político siendo apolítico, “incluso los poemas no políticos lo son”. La poeta lo recuerda de manera sardónica: “Ni siquiera tienes que ser humano/ para ganar en importancia política. / Basta con que seas petróleo. / Forraje concentrado o productos derivados (…) / Mientras tanto perecía la gente, / morían los animales, / se quemaban las casas/ se yermaban los campos/ como en épocas muy remotas/ y menos políticas”. Curiosamente, en las últimas entrevistas que dio les advertía a los entrevistadores que prefería no referirse al tema.

No todos tienen la capacidad de edificar con cotidianidades las torres prosísticas de su infalible dialéctica. Wislawa  lo sabía, y por ello era agradecida: “Agradezco mucho a aquellos, / a quienes no amo. / El alivio con el cual me conformo: que toca más de cerca a otros. / La alegría que no soy/ el lobo de sus ovejas. / Estoy segura de ellos/ y libre de ellos, / eso el amor no puede brindarlo/ ni es capaz de quitarlo”. Bueno, lo agradecía a su modo.

Y aunque las temáticas de sus versos son diversas, el amor, el desamor, la existencia, el tiempo, los animales, la palabra, entre otros más, suelen reaparecer en sus libros. Siempre con esa burla fina, siempre en letal susurro, como aquí, cuando escribe sobre la parca: “Ocupada en matar, / lo hace con desmaño, / sin sistema ni práctica. / Como si estuviera aprendiendo/ con cada uno de nosotros. / Triunfos más triunfos, / ¡pero cuántos fracasos, golpes fallidos y nuevos intentos!”.

En uno de sus más interesantes poemas, Conversación con la piedra, la poeta extrae del silencio los ecos que guarda un objeto inane, y utiliza la prosopopeya para explotar congruencias internas o externas, a veces burlonas, a veces ilógicas: “Llamo a la puerta de la piedra. / Soy yo, déjame pasar. / Oí que tienes grandes salones vacíos, / Sin que nadie los haya visto, / inútilmente bellos, /sordos, / sin el eco de los pasos de alguien. / Reconoce que tú misma lo ignoras”.

La antología que reúne su poesía es un regalo para aquellos que disfrutamos con un género cada vez más marginado y, -todo hay que decirlo-, manoseado por grupos de bien intencionados que, en un acto de condescendencia y autocrítica, confunden sus expresiones con poemas.

Hace poco se publicó ‘Correo de escritura o cómo llegar a ser (o no llegar a  ser) escritor’. Hay que consultarlo, claro. Sobre todo, los maestros de esos talleres que proliferan en ciertas ciudades. Maestros más preocupados en las cuentas mensuales (en la popularidad, los likes y demás fruslerías), que en compartir un mensaje amplio y correcto del género. Wislawa es implacable, señor@s: “El talento...algunos los tienen, y otros no lo tendrán nunca. Y que conste que eso no significa que esos otros no tengan nada que hacer. Pueden llegar a ser excelentes bioquímicos o descubrir, por ejemplo, el polo norte”. Cáustica, sí, pero siempre genial, Wislawa.

Se comparta o no, en su libro ‘Gente en el puente’ nos revela una sapiente clave: “Escribe como si jamás hubieras conversado contigo y te evitaras de lejos”.  Simple, como tantas cosas en la vida.     

Por Jaír Villano / @VillanoJair

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