El Magazín Cultural

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6 Aug 2022 - 10:00 p. m.

Y el bolígrafo estrangulado (Cuentos de sábado en la tarde)

Dos de agosto. Quedan cinco días. A pie, ahora todos saben quiénes mandan en Charrankilla. Las autoridades dan un parte de tranquilidad, dice el locutor. De alta tensión, dicen las calles.

Domingo José Bolívar Peralta

A pie. Dollar Mito no puede hacer nada más que ir escribiendo sobre las calles con sus sentidos atentos, la sensibilidad aguzada, la memoria engavetando y el intelecto pleno revisando, clasificando, corrigiendo.
A pie. Dollar Mito no puede hacer nada más que ir escribiendo sobre las calles con sus sentidos atentos, la sensibilidad aguzada, la memoria engavetando y el intelecto pleno revisando, clasificando, corrigiendo.
Foto: Pixabay

Dollar Mito escribe en su libreta y se da cuenta de hacerlo. Sabe que no puede hacer mucho más. Por eso observa que las calles de la ciudad están saturadas de niños en estado de indigencia, pordiosereando, por lo general acompañados al menos de un adulto responsable. Se da cuenta del comercio subterráneo —en espacios públicos y a plena luz del Sol— de niñas prostituidas.

Si Dollar Mito ve todo esto, ¿por qué no lo ve la Policía? –Pienso– ¿Por qué no lo ven las autoridades civiles, ejecutivas, legislativas? ¿Qué de la Fiscalía, de la Policía de Infancia y Adolescencia, de la Sijín, del ICBF?

–¡Sí lo ven!

–¡Ah! ¿Entonces por qué no se combate con todas las herramientas pertinentes del Estado tan infames violaciones que de seguro destruyen a estos niños y niñas moralmente? ¡Infantes esclavizados de modos tan depravados que horrorizarían a Oliver Twist si tuviera que presenciar cuadros tan cargados de vileza como aquellos en que se ven sometidas las criaturas que tienen prioridad en cuanto al amparo de derechos por parte del Estado y especial cuidado de la Sociedad!

–Carito mía, «¡¿alguien quiere pensar en los niños?!»

En cierta ocasión, Dollar Mito me contó que vio cómo tres tipos llevaban agarrados a cada lado uno y otro de los brazos a un niño que lloraba, y el tercero iba unos metros detrás. Amenazaban con violarlo. A lo lejos había oído antes los gritos y llanto de una mujer, desde alguno de los hospedajes de su calle del submundo. Dollar Mito perdió la erección que ostentaba ante los ojos de su amiga Corazón que no amaina. En efecto, me refiero a la impotencia. No culeó esa noche con su amiga. Cuando hubieron pasado los tipos con el niño, Corazón que no amaina y Dollar Mito se fueron a recoger a sus respectivas habitaciones. Con miedo y dolor. Con rabia. Con impotencia.

Porque si no lo ven directamente, ante sus ojos, en las calles, de algo servirá que ahora sí lo estén viendo, ¡indignados! —tuvo que ser necesario que pasara de formato análogo a digital— en las pantallas al correr el video del hombre que golpea a la niña en el restaurante.

A pie. Dollar Mito no puede hacer nada más que ir escribiendo sobre las calles con sus sentidos atentos, la sensibilidad aguzada, la memoria engavetando y el intelecto pleno revisando, clasificando, corrigiendo.

–Ando, ando, endo.

–¡No le dé mente!

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