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Yayoi Kusama: el arte como refugio y canal para las alucinaciones

El 27 de agosto se conoció la noticia del fallecimiento de la artista japonesa, quien ha sido reconocida por los lunares que cubrieron su obra durante décadas y su aproximación a la repetición y a lo infinito.

Andrea Jaramillo Caro

27 de agosto de 2026 - 06:31 p. m.
Además de artista, Yayoi Kusama se desempeñó como diseñadora de modas y escritora.
Foto: EFE - FRANCK ROBICHON
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Yayoi Kusama sufrió su primera alucinación a los 10 años. Aseguró que eran “como destellos de auras de luz o densos campos de puntos, donde los puntos cobraban vida y la consumían, y ella se encontraba aniquilada”, explicó el curador James Payne. Su vida se vio marcada por las experiencias que tuvo de niña, y su manera de exorcizar esas situaciones fue a través del arte.

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“Mi arte nace de alucinaciones que solo yo puedo ver. Traduzco las alucinaciones e imágenes obsesivas que me atormentan en esculturas y pinturas. Todas mis obras en pastel son producto de una neurosis obsesiva y, por lo tanto, están intrínsecamente ligadas a mi enfermedad. Sin embargo, creo piezas incluso cuando no tengo alucinaciones”, dijo a Grady Turner en 1998.

La artista japonesa se convirtió en una celebridad. A lo largo de su carrera creó un universo visual fácilmente reconocible en el que la repetición, el concepto de lo infinito, las formas circulares y sus famosos “happenings” hicieron que su obra se convirtiera en un referente. Kusama falleció el pasado 14 de agosto a los 97 años en la institución psiquiátrica en la que se internó de manera voluntaria hace décadas. Sin embargo, por protocolos tradicionales, la noticia de su muerte se conoció solo hasta el 27 de agosto.

Obra "Calabaza" exhibida en Suiza en 2025.
Foto: EFE - ANDREAS BECKER

“A lo largo de una vida extraordinaria dedicada por completo a la creación artística, Kusama desarrolló una carrera de renombre internacional como artista vanguardista pionera, cuya práctica creativa abarcó las artes visuales, la performance, la narrativa y la poesía”, detalló el comunicado con el que su compañía Yayoi Kusama Inc anunció su muerte. “Siguió pintando hasta sus últimos días, sin soltar jamás el pincel, y continuó explorando el amor y el alma”.

Nació en la provincia de Nagano el 22 de marzo de 1929 en una familia adinerada y pasó la primera parte de su vida a la sombra de una madre estricta que tenía planeado para ella un futuro como ama de casa, e incluso llegó a concertar un matrimonio arreglado para su hija. “Mi madre me dijo que no me permitiría pintar, que algún día tendría que casarme con alguien de una familia rica y convertirme en ama de casa. Cuando era niña me quitó todas mis tintas y lienzos”, aseguró en una entrevista con el Museo Tate en 2012. No obstante, Kusama supo desde joven que el arte sería su camino.

“Sus padres dirigían una fábrica de plantas, y Kusama comenzó a dibujar de niña, a pesar de que su madre le quitaba las pinturas. Kusama ha descrito cómo, desde la infancia, tenía alucinaciones hipnóticas y veía lunares, redes y flores que la envolvían. Logró canalizar sus visiones obsesivas en esculturas, pinturas e instalaciones ambientales inmersivas”, escribió la historiadora de arte Katy Hessel en su libro “La historia del arte sin hombres”.

Su infancia fue determinante para su manera de interpretar y plasmar el mundo en su obra. Los lunares, que se convirtieron casi que en su firma, aparecieron primero en un dibujo que realizó de su madre, cuyo rostro cubrió con estas formas. Más adelante continuó cubriendo calabazas, lienzos, cuerpos y esculturas suaves con estos círculos repetitivos.

A pesar de que ya era reconocida por su extensa obra dese la década de 1960, su nombre se volvió viral en la era de Instagram y las “selfies”. Sus “Infinity rooms” aglomeraban a cientos de personas que esperaban horas para poder tomar la foto perfecta en estas instalaciones. Sin embargo, Kusama fue mucho más que esto.

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Instalación de "El jardín de Narciso" en Suiza en 2025.
Foto: EFE - ANDREAS BECKER

Antes de que se dedicara de lleno al arte, la Segunda Guerra Mundial impactó su vida. Durante este período, tanto ella como otros niños de colegio, se dedicaron a coser paracaídas para el ejército. Allí pasaban doce horas trabajando. “A pesar de este trabajo tan agotador, logró encontrar el tiempo y los recursos para seguir dibujando”, escribió el Museo Tate.

Realizó su primera exhibición grupal durante su adolescencia, y en 1948 convenció a sus padres de que le permitieran ir a Kioto a estudiar arte tradicional japonés. Luego migró a la ciudad de Kamakura. Aunque las limitaciones de este tipo de arte terminaron por frustrarla. Sus ambiciones eran mucho más grandes y empezó a organizar sus primeras exhibiciones individuales en su ciudad natal durante la década de 1950.

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Aunque su país natal fue el primero en el que ganó reconocimiento, Estados Unidos fue el lugar en el que desarrolló su carrera. Soñaba con alcanzar la fama y la ciudad que nunca duerme parecía ser el escenario perfecto para lograr ese objetivo. En 1955 le escribió a la artista estadounidense Georgia O’Keeffe, quien, además de responderle, la recomendó ante diferentes personalidades en Nueva York.

Abandonó Japón “con montañas de energía creativa almacenadas” en su interior y se sumergió en aquella ciudad en 1957. “Kusama se puso inmediatamente a trabajar en sus pinturas, que evocaban, en parte, el estilo ‘minimalista’”, describió Hessel. “Si me hubiese quedado en Japón, jamás habría crecido como lo he hecho, ya sea como artista o como ser humano. Estados Unidos es en realidad el país que me crio, y es a Estados Unidos a quien le debo el haberme convertido en lo que soy”, escribió Kusama en su autobiografía.

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Una de las primeras obras más representativas de ese período fue “Infinity nets” (“Redes infinitas”), en las que cubría lienzos gigantescos con pequeños semicírculos que parecían no acabarse.

Sus lunares también se trasladaron a otros objetos, como carros, caballos y humanos. Durante la década de 1960 comenzó a trabajar con la performance y organizó múltiples “happenings” o “acontecimientos” en los que pintaba sus ya famosos lunares sobre cuerpos desnudos. Sus “happenings” también tuvieron un componente político y de activismo antiguerra. “Su primera obra, ‘Explosión anatómica’, protagonizada por bailarines desnudos, tuvo lugar el 15 de octubre de 1968 frente a la Bolsa de Nueva York. En su comunicado de prensa la artista declaró: ‘El dinero obtenido con estas acciones permite que la guerra continúe. Protestamos contra este instrumento cruel y codicioso del aparato bélico’”, escribió el Tate.

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Esto hizo que su nombre fuera incluso más conocido y causó revuelo en una ciudad en la que el arte se desbordaba en cada calle. Ella no huía de las controversia y fue el foco de varias con el paso del tiempo. De hecho, dos años antes de su primer “happening”, su obra “El jardín de narciso” causó un escándalo en la Bienal de Venecia de 1966. Esta pieza depositó esferas plateadas en el piso mientras ella se paraba con un vestido dorado y un cartel que decía: “Tu narcisismo en venta”. Kusama no había sido formalmente invitada al evento, aunque en su autobiografía reveló que obtuvo el apoyo económico del artista Lucio Fontana y el permiso del presidente de la bienal.

Fotografía de la obra Aftermath of Obliteration of Eternity (2009), de la artista japonesa Yayoi Kusama, expuesta en una nueva galería dedicada a la artista en el Museo de Arte del Instituto Inhotima el 13 de julio de 2023, en Brumadinho (Brasil).
Foto: EFE - Isaac Fontana

Durante la misma década en la que comenzaron a ocurrir sus “happenings”, Kusama desarrolló sus “esculturas suaves”. A partir de 1961, la artista decidió cubrir objetos cotidianos, como un sofá, con formas fálicas cosidas a mano o con máquina. “Estas esculturas, que evidencian la ambigua relación de la artista con el sexo, suelen interpretarse como una prefiguración del movimiento feminista surgido a mediados de la década de 1960 en Estados Unidos y un reflejo de su mentalidad. Más allá de su innegable poder catártico, son también la expresión de la visión orgánica de Kusama del mundo como un todo indivisible, en el que los objetos y todos los seres vivos se transforman y se entremezclan constantemente”, escribió Caroline Ha Thuc para Sotheby’s.

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Hessel explicó en su libro que esta era una estrategia para “procesar sus traumas y visiones de su infancia”. De acuerdo con la BBC, el padre de Kusama era infiel y mujeriego, y su madre, en medio de sus celos, la obligaba a espiarlo con sus amantes. Esta experiencia resultó traumática para la artista y, a través de sus esculturas intentaba enfrentarla. “Aunque controvertido —como era típico del predominio masculino en el mundo del arte de la época—, muchos estudiosos coinciden ahora en este punto. Su representación implacable y repetitiva del falo, relleno, blando y, por lo tanto, ineficaz, podría encarnar su intento de resistir y aniquilar tal poder. Cada obra requiere largas horas de trabajo durante las cuales confronta, se apropia y desacraliza el órgano masculino”, escribió Ha Thuc.

A pesar de su fama, la condición mental de Kusama continuó deteriorándose. En 1973, regresó a Japón para hacer algunos “happenings”. Estando en su país natal, comenzó a sufrir de nuevas alucinaciones y con su salud en declive, decidió quedarse en Japón e internarse voluntariamente en el Hospital Seiwa, una institución mental donde residió hasta su muerte. Desde allí continuó creando su obra.

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Kusama, además, exploró su obra más allá del arte y trasladó sus lunares a la moda con un línea de ropa y también incursionó en el cine y la literatura. En vida afirmó que su estilo y algunas de sus ideas habían sido apropiadas por hombres y aseguraba que por esta razón había sido relegada durante un tiempo de la narrativa artística.

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Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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