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Yo Confieso- Capítulo 18 (Qué bonita es la venganza)

Entre tantas cosas, Lucrecia Sandoval por fin le dice al padre Andrés Santacruz la verdad sobre el código escrito en las estilográficas que tanto lo han torturado: ahí está la ubicación de las fosas donde enterraron los restos de algunos de los cuerpos de los desaparecidos en los hechos del Palacio de Justicia, el 5 y 6 de noviembre del 85. Este capítulo estará abierto a todo el público, desde el domingo 26 de julio a las 10 a.m.

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26 de julio de 2020 - 02:25 p. m.
Yo Confieso- Capítulo 18 (Qué bonita es la venganza)
Foto: Ilustración: Éder Leandro Rodríguez
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Capítulo 18

Créditos

Música

Ave María- Haëndel

Banda sonora: Montaña

Cuando el destino- José Alfredo Jiménez

Personajes

Padre Andrés: Andrés Osorio

Lucrecia Sandoval: Manuela Cano

Qué bonita es la venganza

P.A. “Vaya, las plumas volvieron a bailar”.

L.S. “¡Cómo le parece!”

P.A. “Pues de no creer, señora, porque hasta este momento, que no sé cuál es, tampoco tengo ni idea de lo que contienen esas plumas. Se lo he repetido un millón de veces”.

L.S. “Usted vio que son números, y que en una, unos están borrosos. Por si lo olvidó, uno de los motivos por los que usted está acá son esos números. Descifrarlos, como tan bien lo hizo en taaaaaantas ocasiones”.

P.A. “Necesito unos instrumentos, no es tan sencillo”.

L.S. “Ya ese cuento nos lo echó. Y por eso le conseguí todo lo necesario. Y más. No hay excusas”.

P.A. “Es decir que… Déjeme ver si entiendo. Yo le leo los números que no ha podido descifrar, usted no me dice para qué, y cuando tenga la información en su poder, chao con el padrecito”.

L.S. “Padre, padre, padre… Usted de veras que es obstinado”.

P.A. “¿Y le parece poco lo que está en juego, señora Sandoval? Usted me tiene acá secuestrado y…”

L.S. “No, no no, nada de secuestrado, no diga cosas que no son. Está acá porque le salvé la vida y se la sigo salvando”.

P.A. “Ah, mire usted, pero qué bien. O sea que usted dispone de mi vida, me la da y me la quita cuando se le antoje, y le tengo que estar agradecido”.

L.S. “Pues fíjese que sí, que debería agradecerme. Y sobre lo otro, prefiero decir que está en mis manos, a mi merced”.

P.A. “Es lo mismo con otro nombre. Estoy quién sabe dónde, con una pierna enyesada, vendas, heridas, sin poder salir a correr, sin poder defenderme de un posible ataque, con una mujer sedienta de venganza por un crimen del cual no soy culpable, y mi único seguro es descifrar unos malditos números de una estilográfica con dibujos precolombinos, que por variar, no sé qué significan. Y estoy todo eso, esta es la verdad, por haberle dicho una mentira al padre Benito sobre una estilográfica de esas, que yo no tenía. No la tenía, jamás la tuve. Vi la de él y vi la suya y se me ocurrió esa estúpida mentira. Sólo quería sacar una ventaja de eso, tener al padre superior en mis manos, esa es la verdad. Toda la verdad. Y ahora, contra mi voluntad, me encuentro a merced de esa mujer, que es usted, mi señora Sandoval. Usted. Taaaaannnnn… ¿Sabe? Ahora que la nombro le voy a hacer una confesión, ya que por lo visto no tengo ninguna escapatoria ni nada que perder. Ni qué ganar, creo.

L.S. “Cuénteme, padre”.

SILENCIOOOOOO

P.A. “En más de una ocasión yo creí que me había enamorado de usted”.

L.S. “Ah, pero mire, qué maravilla, jaja. ¿Y se puede saber la razón?”

P.A. “Ya le dije que no tenía nada que perder, por eso le puedo decir lo que quiera… Me enamoré de usted, o por momentos lo creía, sin saber nada del amor, porque más allá de su innegable atractivo y de sus finos modales, que sólo son finos…”

L.S. “¿Sólo?”

P.A. “Sí, sólo, porque son modales, señora, máscaras en movimiento. En realidad, un disfraz que oculta su odio, su sed de venganza, su cinismo”.

L.S. “¿Y de eso se enamoró, dice? Por lo visto, sabe usted muuuuucho del amor…”

P.A. “No, no de eso, claro que no, eso lo fui descubriendo después, con el tiempo, con sus actos. Obviamente, en un principio solo creí en su finura. Luego, mire usted que siempre lo malo trae algo bueno, comprendí que esos finos modales no solo escondían algo, sino que se debían a algo. Eran, digamos, una especie de anzuelo. O lo son y lo serán, porque usted seguirá en las mismas, envuelta en su cinismo, atrapada en su cinismo, engañando, escondiendo, odiando, alejada de Dios y de sus preceptos”.

L.S. “Qué hermosa forma de declararle su amor a una mujer, padre”.

P.A. “Es que ya no me preocupa ese asunto. Hay una realidad, o muchas realidades, y acá estamos. Por mi parte, intento ser lo más honesto posible. Por eso le digo que creía que me había enamorado de usted. ¿Quiere más honestidad, mi señora?”

L.S. “El amor, el amor… Sería lindo hacer una película de nosotros dos. O escribir una novela, o hacer una radionovela como las de antes, ¿no le parece? Una radionovela que se llamara Yo Confieso… (Tono de presentadora: Escuche acá las románticas confesiones del padre Andrés Santacruz y su transparente amor por una… ¿Cómo fue que dijo? Ahhh, sí… Por una cínica y fina mujer alejada de Dios llamada Lucrecia Sandoval”.

P.A. “Aunque se burle mucho, sería una gran historia, sí, pera ya no hay tiempo, supongo”.

L.S. No, no hay tiempo, aunque mire que en aras de su honestidad, de la honestidad, la radionovela tendría otro graaaaan ingrediente, porque yo le confieso que a mí usted hasta me gustaba. Sentí algo las dos primeras veces que lo vi acá en Bogotá, muy a pesar de que ese sentimiento se cruzaba con el odio”.

P.A. “¿Y eso lo hacía…?

L.S. “Hacía más dulce mi misión, fíjese, y a usted lo volvía más interesante, sin duda”.

P.A. “Más dulce, qué palabra, sobre todo, viniendo de usted”.

L.S. “Hay venganzas que se llevan a cabo con odio, padre, y otras, con amor, pero con la fuerza y la determinación del odio, como esta. Hace poco leí un texto que hablaba de algo así. Amar como si odiáramos. Odiemos como si amáramos, con la humanidad, la sutileza, el detalle, la motivación, la razón y la destreza de los grandes amantes, y entendamos antes de cada batalla que no hay amores sin odio, ni odios sin amor. Algo así decía”.

P.A. “Qué grandeza, ¿no?”

L.S. “En el fondo, yo tengo una gran dignidad, padre, aunque no me lo crea. Ya le conté de las enseñanzas de mis verdaderos padres. Lo que uno escucha de niño y lo que uno ve de niño se queda siempre por ahí, por más vueltas que uno dé después en la vida. ¿Cómo era usted de niño, padre? ¿Qué le decían?

P.A. “¿Yo? Bastante retraído, solitario, como se imaginará. Me hablaban de la honestidad, de la rectitud, aunque yo creo que mi educación surgió de los libros, de las novelas lúgubres que leía. Me encantaban los personajes de Hamsun, de Kafka, de Hesse. Yo me creía uno de esos personajes, como los de Dostoievski, y esos personajes me salvaron un poco cuando me sentí sin derecho al perdón, luego de la muerte de su hermano. Un humillado y ofendido por la vida, por los poderosos como usted, y excúseme que se lo diga así. Y mire, acá estoy ante usted, una poderosa que me humilla y me ofende. No deja de ser gracioso. Incluso, de ser novelesco, apenas para su radionovela. Y por eso le admito que hasta me agrada esta situación. Y usted y yo. Un círculo que se cierra sobre sí a la perfección. Un amor imposible, idealizado. Una acusación falsa, una culpa eterna, una venganza sin más razones que la venganza por la venganza…”.

L.S. “Ah, eso cree, que estoy obsesionada por la venganza y busco a alguien para vengarme, así como así”.

P.A. “Sí, eso pienso”.

L.S. “Qué fácil es ir diciendo cosas”.

P.A. “Ni tan fácil, usted lo sabrá mejor que yo”.

L.S. “¿Yo? ¿Por qué yo?”

P.A. “Porque no ha hecho más que decir que asesiné a su hermano”.

L.S. “¿Y entonces qué tendría que decir? ¿Que lo protegió? ¿Que lo ayudó? Si no hubiera sido por usted, mi hermano no habría muerto. Es más, para que cargue con esto, le voy diciendo, sí, diciendo, diciendo y repitiendo, recordando que tiene usted sobre su conciencia o-tros-muertos”.

P.A. “Los muertos de sus venganzas, imagino, que son míos, por supuesto…”

L.S. “Deje el tonito de ironía que no le conviene, por una parte. Por la otra, se queda corto. ¿O ya olvidó los otros muertos? ¿Los dos inocentes estudiantes del otro día? ¿Quiere que hagamos la cuenta, padre?, ¿y le añado a la señora a la que golpeó y que está en estado de coma?”

P.A. “Usted me carga todo los muertos a mí, señora Sandoval. Los míos, los suyos. Falta decir los nuestros”.

L.S. “Dígame una cosa: ¿Le preocupa alguno de esos muertos? ¿O ya perdió toda la sensibilidad?”

P.A. “Pero cómo no me van a preocupar. Yo no soy como usted, señora, para nada. Me preocupan esos muertos, así como los suyos, y me duelen… Me duelen todos los muertos de este mundo”.

L.S. “Es gracioso esto de que me lance puyas en su situación”.

P.A. “Es que no le tengo miedo ya. Para nada. Se me pasó el miedo y todo lo demás con esta larga conversación, y se me pasaron porque estoy más que convencido de que haga lo que haga, me va a terminar asesinando, y si me mata, seré uno más de sus muertos, y a otra cosa, que será Dios. O sea, no tengo nada que perder, como dicen”.

L.S. “¿Y si no?”

P.A. “Es que fíjese cómo seré yo, que hasta le ayudo: usted no me puede dejar vivo con todo lo que sé”.

L.S. “Esa no es ninguna novedad, ya lo había pensado. Ya lo ha-bí-a-mos-pen-sa-do”.

P.A. “Bueno, somos varios, qué bueno. ¿Y qué más había pensado, o ha-bía-an-pen-sa-do? Cuénteme, que ahora es usted la que no tiene nada que perder”.

L.S. “Que usted me mate a mí”.

P.A. “Eso es poco menos que imposible, míreme”.

L.S. “Los humanos sacamos fuerzas de donde no tenemos en los momentos límites. Dígamelo a mí”.

P.A. “Puede ser, no lo sé, pero no veo cómo puedo salir de esta, o sea, cómo podría matarla. Y lo he pensado, obviamente, no se lo voy a negar”.

L.S. “Es que le voy soltando una: no soy solo yo acá, usted ya vio que somos varios”.

P.A. “Todos me quieren muerto”.

L.S. “Es su culpa, padre, su entera culpa”.

P.A. “¿Pero ellos también por lo de su hermano?”

L.S. “No. Esa cuenta es mía. Pero hay otras…”

P.A. “¿Cuáles?”

L.S. Los documentos que se robó, saber demasiado, descubrirnos, amenazarnos, la señora Carmen, no haber leído los números de la pluma, engañarnos, y nada más y nada menos, que haber hecho tratos con el enemigo, y no dejemos atrás los muerticos que llegaron después de mi hermano. Y, por ejemplo, el papelito que le dio el bizco y que tenía algunos datos y que usted guardó”.

P.A. “Yo no hice nada de eso, usted lo sabe. Ese papelito se quedó en un cajón”.

L.S. “¿Si?, Y no sabía que ahí estaban los nombres de los jefes del grupo contrario al del bizco, ¿cierto?, entre ellos, el del padre Benito, nada más y nada menos”.

P.A. “Yo no vi nada, nada más aparte de los tres datos de su hermano, y a otra cosa. Se lo juro por el señor, por quien quiera, por usted”.

L.S. “No estamos en un juicio, padre, acá no hay pruebas de nada, hay palabras contra palabras, versiones contra versiones. Yo digo una cosa, usted otra, y ellos, mis compañeros, mi gente, dicen otras y deciden a quién le creen. ¿O usted cree que el padre Benito se alió conmigo para buscarlo a usted porque sí, porque yo se lo pedí y ya?”.

P.A. “Usted, usted es el ser más aborrecible de la tierra… Y el padre Benito, ni se diga, maldito sea por los siglos de los siglos… Ya sabía yo que algo tenía entre manos”.

L.S. “Shhhh, shhhhhh, shhhhhhhhh”. Calma, calma… ¿Usted se ha puesto a pensar, ya que ha tenido tanto tiempo, en quiénes somos y qué queremos?”

P.A. “Eso no cambia en nada lo que son, lo que usted es, mi señora”.

L.S. “Lo cambia todo, ya habíamos tocado ese punto. ¿Recuerda que le dije que de su postura dependía lo que iba a pasar?”

P.A. “No tengo ninguna postura de nada. Me da igual si quien mata, mata por una razón o por otra”.

L.S. “Bien, bien. ¿Y usted por qué mató?”

P.A. “Maté, sí, o colaboré con quienes mataron, para ser exactos, porque aún, aún no he matado a nadie. No con mis manos ni con intención ni por una orden mía. A nadie”.

L.S. “Casualidades nada más, entonces. Circunstancias”.

P.A. “Llámelas como se le antoje, pero aunque yo hubiera apretado el gatillo alguna vez… Mejor dicho, no hubo nada más allá de las muertes. La vida me llevó a eso y punto”.

L.S. “Pues peor”.

P.A. “¿Peor que qué?”

L.S. “Si uno mata con un fin, de alguna manera está salvado”.

P.A. “¿Ah, sí? ¿Y usted por qué asesinó a su padrastro? ¿Se creía con el derecho de hacerlo? ¿Una enviada de algún retorcido dios?”

L.S. “Eso fue distinto. Yo apenas era una niña. Aún no sabía nada del mundo ni de los humanos. De nada. Aunque igual, de todas formas, mi padrastro, así como usted le dice relamiéndose, merecía morir. No le hacía bien a nadie. Y menos, a mí. Un hombre así…”

P.A. “Pero dígame, ¿quiénes son ustedes?, pues por lo que logro entender, tienen un fin muy importante para la humanidad”.

L.S. “Con sarcasmos no nos vamos a entender, padre”.

P.A. “No es sarcasmo, en serio. Dígame”.

L.S. “Un año, algo así, después de la muerte de mi ‘padrastro’, es que ni es o era digno de esa palabra, una amiga me comentó de las misas en el Seminario. Que eran diferentes, más profundas, me dijo. Y me invitó a que fuera con ella. Yo estaba perdida, más perdida que nunca, ya lo imaginará. Trago, drogas, hombres, mujeres, fiestas, desenfreno, un aborto. Y bueno, no iba a perder nada. Fui con mi amiga, Yolanda Restrepo: ese es su nombre. Ella me presentó al padre Benito, que por aquellos tiempos era el segundo al mando, y no me pregunte el cargo. Lo cierto es que tuvimos una muy linda conexión, y esa conexión era usted, siempre fue usted. Empezamos a hablar bastante, a vernos. Cuando me sentí confiada, le conté lo de… ya sabe, y me puso una penitencia a modo de confesión, y otra para una causa. No me dijo cuál. Yo tampoco indagué mucho que dijéramos. Luego supe que la causa tenía que ver con desestabilizar al poder, el poder de siempre, usted me entiende”.

P.A: “O sea que apoyaron a grupos subversivos, para decirlo bien clarito, y los que la obligaron a usted a denunciar al señor aquel en la carta que me escribió…”

L.S. “Pinzón”

P.A. “Que lo mataron por su culpa…”

L.S. “Son efectos colaterales, padre…”

P.A. “Qué nombre tan elegante para matar a un inocente, pero bueno… Sigo, entoncesssssss, esos que han perseguido al padre Benito, y los que volvieron nada el Seminario hace unos años, durante los tiempos del demonio…”

L.S. “Exacto. Esossssss, todos esos eran gente del poder, del poder de siempre”.

P.A. ¿”Y ahora?”

L.S. Espere y continúo, padre.

P.A. “No faltaba más, señora… Continúe usted, por favor”

L.S: “Gracias. Yo tenía que pasarle una plata al mes para la causa al padre Benito. O a la congregación. O a ellos. Me hicieron firmar un papel y todo. Ya usted conoce esa parte. Una noche, el padre Benito me invitó a una comida con el párroco de San Francisco, y luego de la comida, se presentó un señor que dijo llamarse Rodrigo Gutiérrez, el señor que estaba en la reunión a la que lo llevó Tomás, que también estaba esa noche, a propósito, y la señora que usted vio también. En fin. El hecho principal es que nos seguimos reuniendo por varios años. Decidimos muchas cosas. Nos enteramos de muchas otras. Y empezamos a actuar. Una noche, en mi casa, hablaron de las plumas. Yo jamás había oído nada de eso. El señor Gutiérrez dijo que eran cinco, y más o menos insinuó que…

P.A. “Que un señor antes de morir las había marcado por dentro y que eran los números de unas cuentas”.

L.S. “Sí y no. Un señor sí escribió los números con una técnica bien complicada que nunca logré entender, y esas cifras tienen unas coordenadas que un experto puede leer a la perfección, pero se las dejó a su esposa antes de que lo mataran, a la señora Arias, la mujer blanca que usted vio, a la que tiene al borde de la muerte, ¿La recuerda?

(Silencio)

L.S. “Pues bien, ella habló de las plumas con el padre Benito y de otros asuntos y le dijo que se las iba a llevar, que su marido le había dicho que si algo le pasaba a él le llevara las plumas al padre Benito. Pero le robaron la casa, se la destruyeron, ya imagina, dos días después de la muerte del señor Arias, y entre lo que le robaron, obviamente, estaban dos de las plumas. Las otras tres se las entregó Carmen al padre Benito, aunque tres no servían de nada. O no de mucho. El padre me dio una a mí porque era peligroso que una sola persona tuviera tres, y otra, al padre Anastasio. El asunto es que la señora Arias le comentó al padre que esos números no correspondían a ninguna cuenta, que eran las ubicaciones de algunos de los desaparecidos de la masacre del Palacio de Justicia”.

P.A. “Por Dios, Dios santo, no puede ser… Pero Tomás me dijo que eran de unas cuentas”.

L.S. “Tomás no sabe nada, ¿por qué tendría que saber? En realidad, sólo está enterado de lo que tiene que estar enterado, de ahí en adelante, no tiene por qué ni saber ni decir. Lo que le dijo fue lo que escuchó la noche de la reunión que le estoy contando”.

P.A. “Sí, listo, tiene razón, pero no nos desviemos”.

L.S. “Ah, mire qué maravilla, ahora es usted el que pone e impone las condiciones”.

P.A. “No, no, excuse, solo quiero que me siga contando lo de las plumas, por favor”.

L.S. “El señor Arias estuvo en el Palacio el día que todo ocurrió, noviembre del 85, 6 y 7 de noviembre, para ser más precisa, supongo que lo tiene bien presente, padre. Arias trabajaba como conductor de uno de los carros de la corte. Vio muchas cosas, supo de muchas otras”.

P.A. “¿Y cómo se salvó?”

L.S. “Cuando pudo, se escondió en el cuarto de choferes, que estaba en un subterráneo, algo lejos de los disparos, pero cerca de una especie de comando que armaron los militares en un salón. Y estuvo ahí mucho, mucho, mucho tiempo, porque arriba, como pasante, trabajaba la hija”.

P.A. “Dios mío bendito… ¿Y usted lo conoció? ¿Y qué pasó con la hija?”

L.S. “No, no lo conocí, ojalá. Todo lo que le digo nos lo contó la señora Arias.

P.A. “¿Pero y la hija?

L.S. “Nada, padrecito, nada. Nunca volvieron a saber de ella, por eso la señora Arias buscó al padre Benito, cansada del papeleo y de las mentiras de la oficialidad…”

P.A. “Me lo imagino, algo he leído de esa pobre gente que aún busca a los suyos… Perdóneme pero, y… ¿Cómo consiguieron ustedes esas dos plumas que se habían robado de la casa de la señora esa?”

L.S. “La señora esa tiene nombre, Carmen, y es una de sus víctimas, ¿lo recuerda?… Entre Tomás y don Roberto consiguieron las dos plumas robadas”.

P.A. “Pero serán malditos esos… A mí nunca me contaron nada de que las tenían en su poder”.

L.S. “Claro, iban a poner un aviso en el periódico, ¿cierto? Deje la obsesión con Tomás y con don Roberto, hombre, que esto va más allá”.

P.A. “Sí, sin ninguna duda va más allá, maldita sea. Va mucho más allá. Bueno, y digamos que saben dónde están los cadáveres, que saben dónde está el cuerpo de la hija de la señora Arias… ¿Entonces qué? ¿Qué hacen con esa información?

L.S. “Padre, los militares están directamente relacionados con esas muertes, o mejor dicho, con esos asesinatos, y de ahí hacia arriba y hacia atrás”.

P.A. “Pero usted trabaja con ellos como asesora o algo por el estilo, ¿no es así?”

L.S. “Sí, es así”.

P.A. “¿Y entonces?”

L.S. “¿Entonces qué?”

P.A. “Pues que usted es…”

L.S. “No soy nada, padre, deje la ingenuidad. Ese puesto es una fachada”.

P.A. “¿Y cómo llegó allá?”

L.S. “Bah… Plata, negocios, contactos. La plata suele abrir casi todas las puertas, y en plata blanca, o sea, en los papeles, yo soy intermediaria entre ellos y un fabricante de equipos de espionaje”.

P.A. “Vaya, vaya. O sea que usted tiene tratos con los que mataron a los tipos que… A los desaparecidos”.

L.S. “Así es, y si quiere saber más, por un lado, le diré que sé quiénes estuvieron involucrados en la desaparición de tanto inocente, les tengo que hablar todos los días, e incluso, ir a sus fiestas y sonreírles, pero necesitamos pruebas. Ne-ce-si-ta-mos prue-bas. Por el otro, le diré que esa es mi principal función dentro del grupo que usted conoció. Soy sus ojos y sus oídos dentro de las fuerzas armadas”.

P.A. “Lo que tendrá para contar entonces, y lo que ya habrá contado seguramente”.

L.S. “La principal cualidad de un infiltrado es la discreción”.

P.A. “No lo dudo, para nada. Pregunto, o sigo preguntando: y cuando encuentren los cadáveres, ¿qué?”

L.S. “Hay mucha gente interesada en que no los encontremos, y otra, en hacerlo antes que nosotros. Por fortuna, nadie sabe de nuestro grupo. Al menos, por ahora”.

P.A. “Es una bomba de tiempo”.

L.S. “Exacto. Y cuando explote, caerán altos mandos, medianos, bajos, periodistas, ministros, jefes, subjefes, por supuesto que militares de todos los rangos. Será una explosión con todas las de la ley”.

P.A. “¿Y todo para qué?”

L.S. “Estamos decididos a que caiga todo el que tenga que caer”.

P.A. “Anarquismo”.

L.S. “Tómelo o llámelo como le parezca, padre. Con tal de que caigan todos los que participaron de esa barbarie, nosotros nos sentimos más que cumplidos”.

P.A. “¿Ustedes? Suena a más venganza”.

L.S. “Y es venganza, no se lo voy a negar. Total y absoluta ven-gan-za”. Qué bonita es la venganza, cuando Dios nos la concede (canta)”.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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