21 Jun 2020 - 11:31 a. m.

Yo Confieso: Creer: la única alternativa- Capítulo 13

Por primera vez, el padre Andrés Santacruz se enfrenta y amenaza con revelar diversos secretos de algunos de los que lo han perseguido durante los últimos días, amén de que empieza a conocer qué hay detrás del enigma de las plumas que tantos problemas le han ocasionado.

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Capítulos anteriores

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Créditos (Capítulo 13)

Música

Ave María- Haëndel

Montaña

Personajes

Narrador-Padre Andrés (mayor): Fernando Araújo Vélez

Padre Andrés: Andrés Osorio

Tomás: Felipe García Altamar

Lucrecia Sandoval: Manuela Cano

Padre Benito: Hugo García

Rodrigo, el jefe o el orador: Andrés Montes

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Capítulo 13

Creer: la única alternativa

Bajamos por la 72, atravesamos la Once, la Quince, seguimos hacia el occidente y tres cuadras abajo de la Caracas, Tomás giró a la derecha y luego en la primera cuadra, a la izquierda. Yo con cada metro que recorríamos me escurría más en el asiento. Tomás estacionó por fin frente a una casa de rejas negras y pitó tres veces. A los pocos segundos, salió un hombre de pelo blanco y barba blanca con aire de absoluta despreocupación, con un cigarrillo de nunca acabar en la comisura de los labios. Sin hablar, sin hacer un gesto, sacó una llave del bolsillo de su camisa marrón, abrió el candado de la reja y las rejas. Tomás levantó una de sus manos como para saludarlo o agradecerle y metió el carro. El tipo canoso cerró y entró a la casa. Tomás cogió su carpeta, la abrió, buscó entre los papeles y sacó un sobre blanco.

T. “Guarde bien este sobre, padre, y pase lo que pase ahora, lléveselo a don Roberto, usted sabe”, me dijo en tono de sentencia.

P.A. “¿Pero qué es este sobre?”, le pregunté.

T. “Es lo único que lo puede salvar, o que nos puede salvar, por si acaso”, me aclaró.

Tomé el sobre. Se notaba que había varias hojas dentro. Lo puse a contraluz. Sólo alcancé a vislumbrar una especie de carta con caligrafía muy fina. Quise abrirlo, pero Tomás me dio una palmada e hizo señas de Shhhhhhhhhh. Luego, con tono cómplice, me señaló mi pulsera de hilos de colores para que la recogiera, y en dos segundos, sin musitar palabra, me hizo señas para que bajáramos. Por unos instantes, me pareció que Tomás, precisamente Tomás, nada menos que Tomás, me estaba absolviendo de mis pecados, y más que eso, que me estaba salvando.

Entramos a la casa callados, tratando de no hacer ruido.

T. “Las plumas tienen las claves de unas tumbas, mi padrecito. Con eso le digo todo”, me secreteó Tomás, sabiendo que en ese momento, ante el portero y a la entrada de aquella casa no podría repreguntar ni nada. Igual, le dije balbuceando que

P.A. “Pero, pero, Tomaaaaaás…”

T. “Shhhhhtttttt”.

El tipo que nos había abierto no volvió a aparecer por ninguna parte. Entre tanto silencio, cada paso era un trueno, sobre todo los de Tomás. Sus zapatos parecían dos planchones de hierro. Por más de que yo le indicara que caminara con suavidad, cada uno de sus pasos le avisaba a quien estuviera por ahí que ahí estábamos. Y ahí estuvimos y nos detuvimos ante una puerta pesada de madera oscura y la abrimos y entramos a una gigantesca sala repleta de humo y de gente vestida de oscuro que no se dio cuenta de nuestra presencia, o que prefirió seguir en lo suyo. Apenas me acostumbré a la nueva luz, empecé a distinguir las figuras de antes. Tres hombres y dos mujeres que estaban de espaldas. Uno de los tipos hablaba en voz muy baja sobre algo que no logré descifrar del todo. Sólo logré entender algo de un martes a las cuatro de la tarde. Los que estaban a su lado escribían. Las dos mujeres observaban al orador, y lo observaron cuando dejó de hablar, y nos vio y sonrió y nos hizo señas de que esperáramos. Entonces los otros cuatro nos miraron. Los escribientes simplemente levantaron la vista. Eran los padres Anastasio y Benito. El padre Benito de nuevo, sí, mil veces sí, y mil veces malditamente sí. El padre Benito, que a veces era mi demonio personal, mi maléfica sombra, y otras, una especie de Che Guevara con sotana que menos de doce horas antes había estado con la mujer a la que yo había golpeado. ¿O asesinado?

Lo vi. Lo vi mientras hacía un esfuerzo sobre humano para que no notara mi tribulación, y me vi la ropa, ropa de días, sospechosa, con el sweter lanudo de la hija de don Roberto bajo una chaqueta de paño brillante, y me vi las manos de criminal, sucias, malolientes, y vi que me sonreía con cierta ironía, como si lo supiera todo, todo. Percibí que iba a hablar, que me iba a señalar y a condenar. Sus labios se abrieron, o yo los vi abrirse. Entonces las dos mujeres se dieron vuelta. La que estaba más cerca era una señora de cuarenta y tantos a la que no había visto jamás, de ojos muy claros y piel clara y todo claro. La otra era Lucrecia Sandoval. Tuve que morderme la boca para no gritar: por fin veía juntos a aquellos tres personajes. Los dos curas y la fina señora. Tomás adivinó mi turbación y me pasó un brazo por delante, por si acaso de me ocurría alguna idiotez. La señora Sandoval nos observó, me observó, como el padre Benito un segundo antes. Buscó mi mirada e hizo como si no me conociera. El orador, o el jefe, o quien fuera, nos saludó, vio su reloj y dijo.

R. “Los estábamos esperando, señores”.

Tomás habló. Comentó que se nos había presentado un inconveniente y ofreció excusas. A mí me dio la escalofriante sensación de que mi presencia allí había sido previamente acordada, de que todos sabían que Tomás iba a ir conmigo, y lo más grave, de que todos sabían quién era yo y qué había hecho y estaban al tanto de una misión que, por supuesto, yo ignoraba. Recordé la llamada que tuvo que hacer Tomás, y los papeles, y la pulsera. El hombre de la palabra nos invitó a que nos sentáramos en dos sillas de mimbre ubicadas a la derecha de la señora Sandoval. Yo le cedí el paso a Tomás, que eligió la silla más cercana al jefe, o a quien yo creí que era el jefe. A mí me tocó sentarme a pocos centímetros de la señora Sandoval. Casi que si movía la pierna rozaba la de ella. No la quise observar, pero por momentos sentía que ella me miraba, o mejor dicho, que me traspasaba con su mirar. El orador habló de nuevo. En tono de suficiencia, comentó que en pocos días todo estaría resuelto.

R. “Todo”, exclamó, aunque yo no tenía ni idea de qué era todo. Lo vendría a saber mucho tiempo después, por boca de Tomás, que me confesó que mi misión original era infiltrarme en el Palacio del Presidente, en presidencia, mejor dicho, como capellán, para que escuchara todas las confesiones que pudiera escuchar, y luego se las contara a ellos, por supuesto. Después de su Todo, el orador nos miró a Tomás y a mí y siguió.

R. “Señores, pese a la tardanza, les agradecemos que hayan venido. Ya sabemos, muy bien lo sabemos, que la disciplina y el rigor son esenciales en este grupo y para las tareas encomendadas y por realizar. Bien, ahora, pasemos al siguiente punto”.

Por momentos, me sentía como si estuviera en pleno ritual de una muy antigua cofradía como la orden de Los templarios o la de los Masones. En aquella sala se respiraba trascendencia. Eran trascendentes las miradas, los silencios, las palabras del jefe y sus gestos, y con aquella trascendencia, que era solemnidad, y era seriedad, y era lentitud, y era misterio, el tipo se metió la mano en uno de los bolsillos internos de su saco y sacó un paquete. Lo abrió con total delicadeza, midiendo los segundos y cada uno de sus movimientos. Desató los cordones que envolvían el papel, un papel beige con escudos pintados en azul, los dejó sobre la mesa de centro y al lado puso el resto. Nos miró y abrió el papel: eran las cinco plumas con motivos precolombinos que yo tanto había buscado. La señora Sandoval emitió un pequeño grito. La mujer que estaba a su lado sonrió. Los padres observaron las estilográficas y miraron al jefe. Tomás también sonrió. Yo pasé de la estupefacción al gozo, de un frío mortal a un calor insoportable, pero traté de que no se me notara nada. Luego, atragantado de dudas y de miedos, de todos los miedos del mundo, y convencido de que si no hablaba en aquel instante no saldría de mi ignorancia, miré al jefe y le pregunté si esas plumas eran las que tenían que ser. Como si hubiera quebrantado una milenaria ley escrita sobre piedra, todos se voltearon hacia mí con gesto de indignación.

P.A. “Yo no entiendo nada, hace mucho que no entiendo nada, o casi nada, porque lo único que sé es que esas plumas son muy valiosas, como ustedes lo saben mejor que yo, pero también es posible que sean falsificadas. Hay mucha gente hábil de por medio, y demasiados intereses, y ustedes son conscientes…”.

Rodrigo. “Shhhhhhhhhhh…”.

P.A. “Excúseme usted, señor, excúsenme todos, pero yo no sé por qué tanto silencio y a qué obedece este ritual. Es más, ni siquiera sé por qué ustedes están aquí ni a qué extraña logia pertenezcan, pero lo que sí sé es que acá la verdad es y tiene que ser lo más importante, y ya que están las plumas ahí, sería prudente saber la verdad… Es decir, si esas son las verdaderas plumas”.

R. “Padre Andrés, le agradezco, le agradecemos su interés por la verdad y sabemos que ha trabajado con fervor por encontrar estas plumas. Sé, sabemos que usted no nos conoce, mejor dicho, que no nos conoce a todos y que no tiene idea de qué hacemos acá, y por ahora, no viene al caso explicárselo”.

P.A. “Pero al menos díganme qué hago acá, pues que yo sepa, tres de los que están en esta sala me han estado persiguiendo”.

R. “Todo a su debido tiempo, padre, que tiempo es precisamente lo que tenemos en este momento”.

El tipo me miró con una falsa bondad. Sus rasgos, duros, lineales, sus ojos negros y profundos, se ablandaron por unos cuantos segundos. Luego retornaron a su estado anterior, y en ese estado tomó una de las plumas con sus largos dedos y se la entregó al padre Benito, que estaba a su derecha, quien la inspeccionó y se la dio a la mujer que se había sentado al lado de la señora Sandoval, que luego de darle vueltas entre sus dedos, se la pasó a ella. Ella por fin me la entregó a mí. Yo intenté abrirla para ver si tenía algún número por dentro, pero cuando comencé a abrirla, el jefe me hizo señas de que aguardara. Todo a su debito tiempo, sí.

R. “Todo a su debito tiempo” (Como en eco de lo que dijo arriba)

Aquello parecía un juego. Las plumas rotaban, iban de mano en mano, de supuesta inspección a supuesta inspección, y, por supuesto, no ocurría nada, era como aquel juego de Mientras don Ramón Trabaja periquín jugando está, pero sin música ni emoción, a menos de que aquel ritual de pasárselas a quien estaba a la derecha significara algo en el lenguaje de las logias. Con pequeñas diferencias, sobre todo en cuanto a la posición de los dibujos precolombinos, las cinco plumas eran iguales. El mismo color, las mismas figuras, el mismo grosor y el mismo tamaño. Cuando la quinta estilográfica volvió a manos del jefe, la señora Sandoval sacó de su cartera una pequeña lupa, alzó de la mesa la primera pluma y la abrió. Colocó la mina y la parte de arriba sobre su regazo, mientras el jefe, los dos hombres a su lado y la otra señora sacaban libretas y esferos. Entonces leyó en voz alta el número que estaba dentro:

L.S. “3-9-5-6-7-8-5”.

Cuando terminó, cogió la segunda pluma y repitió la acción. Los demás escribían los números en sus libretas. Tomás observaba, igual que yo. La escena se repitió con las otras dos plumas. La lupa, el dictado, las libretas. Antes de agarrar la última, el jefe pidió que repasaran. La señora Sandoval volvió a leer los números de las plumas, en estricto orden. Todos revisaron sus apuntes y fueron diciendo “correcto”, de derecha a izquierda. Entonces Lucrecia Sandoval levantó la última pluma, la quinta, en medio de una profunda tensión. Todos la mirábamos, y cada uno, a su manera, rogaba para que encontrara el número final. Ella, por lo visto, también se sentía ansiosa, y también rogaba, porque apenas empezó a darle vueltas a la pluma para abrirla, se le alteró el pulso. Hizo fuerza, manipuló la tapa, la giró hacia la izquierda y hacia la derecha, hasta que sonó un pequeño click y por fin la estilográfica se abrió. Con una leve duda, sacó la mina y la dejó sobre la mesa de centro, igual que la tapa, y con la lupa empezó a buscar el número. Hizo muecas como de esto no puede ser. Respiró con algo de desesperación. El jefe, nervioso, le preguntó,

R. “¿Y entonces?”

La señora Sandoval lo observó, y luego nos recorrió a todos con su mirada en cuestión de segundos.

L.S. “Hay unos números, pero menos, y los últimos están borrosos, o no se ven bien. No los veo”.

El jefe se puso de pie casi que de un salto y fue a buscar una linterna en un mueble viejo, como de los años 30, labrado con cabezas de león y hojas dispuestas como en coronas de laureles. La prendió, alumbró la palma de su mano izquierda y se le acercó por detrás a la señora Sandoval. Puso la linterna cerca de la pluma y la encendió.

L.S. “Lo mismo, jefe, menos números, solo cinco, y los últimos dos, muy borrosos. Lo mejor es que la cortemos con un bisturí o algo muy, pero muy fino, para ver mejor”.

Tomás levantó la mano con cierta timidez. La señora Sandoval lo señaló y sonrió, como si hubiera encontrado la solución a todos los problemas de la vida. El jefe abrió los brazos un poco, en forme de pregunta, y yo, de metido, de entrometido, de hablar por decir algo y buscar alguna reacción, pues eso era lo que en realidad buscaba, lo que quería cada vez más, dije que sí, que Tomás era el indicado, puesto que trabajaba con relojes y joyas, como si los que estaban en aquella reunión no lo supieran muy bien. Todos me miraron con indignación para que me callara, como antes, pero yo seguí hablando. Necesitaba hablar, saber, provocarlos si era necesario.

P.A. “¿Y como por qué me miran así? ¿Ah? Les estoy dando una idea sensata para salir de este embrollo, una de las muchas ideas que podría darles si esto sigue como parece. Sin embargo, ustedes me observan de arriba abajo como si estuviera maldiciendo a algún dios, y aquí, al parecer, los únicos que maldicen dioses son ustedes, y lo digo así para que se entienda así. Ya no me importan las consecuencias. Me hastié de estar yendo de un lado para el otro, escapándole siempre a la nada, será, y lo más inaudito aún, por un crimen que ni siquiera sé cuál es. No sé si seré tonto, o tan tonto como ustedes creen, pero dentro de mi tontera he podido descifrar y ver varios documentos que los dejan a ustedes muy mal parados, y hablo de la señora Lucrecia Sandoval, a quien por supuesto todos conocen, y de los padres Benito y Anastasio, a quienes sobra presentar. A usted, señor orador, o jefe, no lo conozco, aunque en mi tontera puedo deducir que usted sí sabe quién soy yo, y a la señora de acá, ni idea, aunque igual, valen las mismas palabras de antes para ella. Por lo demás, sé que me buscaban, que me han buscado por cielo y tierra, y sé que me trajeron acá con un poco de azar, pues Tomás me recogió en la calle. O no de azar, ya da igual. Y en fin, señores, si ustedes no son claros conmigo y responden todos y cada uno de mis interrogantes, yo me veré en la obligación de no regresar adonde debo regresar esta noche antes de las doce, y si no lo hago, óiganme bien, si no regreso antes de las doce, quien está en posesión de los documentos que les mencioné, los divulgará en varios medios que estarán ansiosos de publicarlos. Sé que dirán que a esta hora ya están impresos los periódicos, y eso es en parte cierto, porque siempre hay opción de imprimir una nueva página. Créanme que con la información que tengo, lo harían. Así que primera pregunta: ¿Qué significan los números que están dentro de estas cinco plumas, si es que son las que buscan, o buscamos, ¿cierto, padre Benito?”

Nunca creí que me pudieran salir tantas palabras, y que esas palabras fueran tan vehementes. Con el tiempo, he concluido que mi estado de ánimo, es decir, el miedo, sobre todo el miedo, el instinto de defensa, fue el que me llevó a aquella locuacidad que, jamás lo voy a negar, me hizo sentir pleno, orgulloso. En realidad, podía haber muerto en aquel instante y hubiera muerto con el aire de dignidad con el que me gustaría morir. Hablé. Señalé. Miré a cada quien a los ojos. Denuncié. Provoqué. Me sentí el dueño de la verdad, y por tener la verdad, el dueño del mundo, y como dueño del mundo, increpé al padre Benito. Fue mi pequeña venganza contra él, y sólo por esa venganza valió la pena el discurso, haberme arriesgado, porque cuando le dije, cuando le pregunté, ¿cierto, padre Benito?, él me miró como aquella noche, cuando lo estaban buscando y nos escondimos detrás de un muro, cerca del cine de la 91 con 16, el cine Chicó. Me miró con ojos de miedo, de No tengo quién me proteja, estoy a su disposición…

Y así estaba, sí, a mi disposición, más por lo que él creía que yo sabía, que por lo que en realidad sabía. Después de mirarlo, de agraviarlo, de desafiarlo, mejor, sentí que él les había mentido al padre Anastasio, a Lucrecia Sandoval, al jefe y a la otra señora. Incluso, a Tomás. Parecía que ellos no tenían ni idea de los papeles con las extorsiones a sus feligreses que yo me había robado. Tomás, un poco, pues le acababa de mostrar algunos, pero los demás seguro no sabían. Y si había secretos entre ellos, lo más probable era que no fueran tan unidos como parecían, que no fueran aquella cofradía que hacían ver. Mis cartas, pues, eran su división, sus mentiras, misterios, y que ellos creyeran que yo sabía algo más, mucho más de lo que en realidad sabía. Era como un juego de póker. Ellos tenían su juego, yo lo había adivinado en parte, y yo tenía el mío, absolutamente desconocido para ellos. Tenía que hacer valer mis dos pares de sietes y ochos. Por eso volví a la carga.

P.A. “Cierto, padre Benito?”

P.B. “Pero es que yo no soy el indicado para hablar de eso, para contarle qué significan esos números, padre Andrés, acá hay jerarquías, como en todas partes, y no nos las podemos saltar así como así”.

P.A. “Jerarquías, jerarquías… Pues mire usted, padre, que mis jerarquías son totalmente diferentes de las de ustedes, y comienzan por los papeles que tengo, esa es mi jerarquía. No necesito de más. Ni que ustedes me nombren y me señalen con un dedo y me unjan con una corona de laureles y pongan en mi escritorio mi nombre y un cargo rimbombante, ni conciliábulos misteriosos, ni años de experiencia, ni favores a cambio de un nombramiento, no. Mi jerarquía, se los repito, consiste en dos cosas básicas, definitivas y decisivas: mi conocimiento y mis pruebas.

R: “Y son negociables, supongo.”

P.A. Pues mire, señor jefe, me toca llamarlo así y me excusará, pero no tengo idea de su nombre, la pregunta viene sobrando. Todo es negociable, ustedes más que nadie lo saben”.

R. “¿Y qué pide a cambio de su je-rar-quí-a?”

P.A. “No, no, no nos desviemos. Yo pregunté por los números de las plumas, a cambio, óigame bien, a cambio de mi silencio”.

R. “¿Y las pruebas?”

P.A. “Es que esas no se las puedo entregar, aunque quisiera. Ya le dije que las tiene otra gente”.

R. “¿Y esa otra gente…?”

P.A. “Sí, esa otra gente es inaccesible, hagan de cuenta que invisible”.

Aquel padre Andrés era yo, por supuesto, pero un yo irreconocible. Con el tiempo llegué a concluir que mis silencios, mi obediencia, ese respeto sagrado por los demás que tanto me señalaba alguna gente, no eran más que poses, una pose para esconderme. Incluso, para despreciar a los demás, a la mayoría de los demás. De niño, de adolescente, y ya de adulto, en el seminario, no había hecho más que darles gusto a los otros, a todos los otros, y por eso estaba en las que estaba, seguro, pero aquel servilismo era mi manera de decirles, de gritarles que no me importaban tanto como ellos creían. Que servirles un café, o un té, que hacerles un favor era demostrarles que eran inútiles, y al mismo tiempo, hacerme necesario. Yo quería ser necesario. Para lo que fuera, como fuera, pero necesario. No hablaba, no daba mis opiniones. Escuchaba, veía, tomaba notas, fundamentalmente porque todo lo que oía era información. Y era preferible tenerla, a darla. En el fondo, los despreciaba, en ocasiones a consciencia, en ocasiones no. Sentía que no eran merecedores de mis palabras, de mis pensamientos, pues mi intimidad era sagrada, esa sí que era sagrada. No se trataba de ir por la vida exponiéndose y que los demás supieran lo que uno pensaba y sentía. Así fue con mis padres cuando era niño, allá en la costa, y luego con mis tíos, y después con el padre Benito y los seminaristas, y más tarde, con Tomás, con el padre Anastasio. Alguna vez un compañero me dijo que tenía ciertas particularidades de psicópata, o como mínimo, de asesino. Yo me reí, en parte, para no tener que abrirme ante él, en parte, porque ni él ni nadie eran dignos de mis palabras. Ni dignos ni lo suficientemente inteligentes para comprenderlas. La humanidad cada vez era más estúpida, más ramplona. Carecía de buen gusto, y lo más grave aún, de altura, de grandeza. Medía a la gente como yo, partiendo de sus sentimientos, y de instrucciones y códigos repetidos y enseñados en las escuelas y en la radio y la televisión día tras día. No tenía criterio propio. La autenticidad era un lujo que se había ido esfumando. Y a los auténticos, así de imbéciles eran, los apartaban y los llenaban de injurias. ¿Para qué iba yo a hablar con una piedra sobre algo que una piedra jamás iba a comprender? ¿Para qué me iba a desgastar? Dirán que por humanidad, semejante palabrita. Dirán que por solidaridad, pero no. Yo era cura, sacerdote, me había metido en el Seminario y había estudiado la biblia y a cientos de teólogos al derecho y al revés para ayudar a los demás, en teoría. Era, pues el más solidario y humano de los seres del planeta. Por mucho tiempo me convencí de aquello, y tanto me convencí que terminé por volverme místico. Entendí que el misticismo no era un milagro, era un estado de concentración y de querer ser místico. Un querer, un desear ver lo que no existe, y malinterpretar los hechos, los sonidos, o interpretarlos a tu acomodo, y sobre todo, entendí que los místicos tenían un poder sobre los demás. El misticismo era, pues, mi poder, porque la gente les rinde pleitesía y honores y les hace venias a los místicos, a los tocados por la vara de Dios. A los genios. Y los necesita para vivir y por lo mismo, cree en ellos, quiere creer. Esa, precisamente esa era la clave para entender a los hombres: que creyeran. Querían creer, aunque no creyeran. Aunque los bombardearan con patrias, banderas, solidaridades y amor a los demás, seguían inmersos en lo imposible y lo indemostrable, que era el creer.

Indagaban, preguntaban, analizaban al otro para conocerlo como podían conocer a un personaje de novela rusa y lo inventaban según sus intereses, y sin embargo, sin embargo, jamás lograban aprehender a nadie, ni saber qué pensaba en realidad, qué lo movía, qué lo mataba, qué lo hacía levantarse todas las mañanas, con qué soñaba y qué lo llevaba a querer matar. Sólo creían algo, basados en creencias. Y protestaban, conversaban de revoluciones, exigían derechos que les habían impuesto los mismos que los habían violado, creaban fundaciones y se desgastaban en discursos contra éste o aquel, pero para que los demás los aplaudieran, para limpiar su conciencia y creer, creer, creer que algo habían hecho con sus vidas. Se mentían por culpa y por miedo, sin entender que la culpa y el miedo han sido las armas históricas con las que los dominaron para que terminaran siendo unos simples números que producían y eran vigilados, perseguidos, analizados y explotados. Por culpa y miedo, y porque en realidad sólo se importaban ellos y sus creencias, eran incapaces de apagar los televisores y dejar de comprar lo que producían quienes los explotaban. Por culpa y miedo ayudaban, y por culpa y miedo se paralizaban ante la eventualidad de condenarse en el infierno. Por culpa y miedo se escondían tras máscaras de bondad, y por culpa y miedo se esclavizaban. Se desgastaban en palabras, y eran tan ingenuos, que creían en esas palabras. Las palabras los ilusionaban, y al mismo tiempo, los condenaban. Creían, porque necesitaban esperanzas. Creían, porque no querían admitir que estaban rodeados de imposibles y que su destino era el vacío. Creían, porque no sabían qué ocurrió con exactitud jamás, ni qué ocurrirá, y lo que estaba ocurriendo sería olvido en dos minutos. No les quedaba otra que creer y seguir creyendo.

Pues bien, aquel yo irreconocible, que también se ahogaba en sus credulidades, era el que se les había plantado bien de frente a aquellos señores de logia secreta.

Cuando le dije al jefe que aquella otra gente era invisible, le hice un gesto a la señora Sandoval para que le entregara la pluma de los números borrosos a Tomás, y Tomás la agarró, la inspeccionó, la abrió, sacó de sus bolsillos una navaja, oprimió un diminuto botón que liberó una cuchilla y comenzó a trabajar en la pluma. Hizo dos cortes largos, de arriba hacia abajo, y uno corto, rodeando el esqueleto de la estilográfica. Dejó los trozos cortados sobre la mesa de centro y puso al lado su navaja. Se secó las manos con los jeans y les dio vuelta a los pedazos cortados. Separó los que no tenían ninguna inscripción y dejó en el medio el de los números. Extendió la palma de su mano izquierda, como si estuviera en una sala de cirugía, y recibió la linterna de la señora Sandoval. Alumbró. Se acercó. Nos acercamos todos, en realidad, pero igual, por más de que Tomás alumbrara, por más de que quisiéramos ver bien, ninguno logró descifrar las últimas tres cifras.

R. “Maldita sea, maldita sea, nos jodimos”, exclamó con voz de sentencia el jefe.

P.B. “Ya decía yo que tanta belleza no podía ser verdad, el avispado de Roberto nos estafó. Nos jodió”, lo complementó el padre Benito, caminando de un lado hacia el otro por detrás de todos nosotros.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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