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12 Jun 2020 - 6:49 p. m.

Yo Confieso: El dinero como ideología-Capítulo 12

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Personajes Capítulo 12

Narrador-Padre Andrés (mayor): Fernando Araújo Vélez

Padre Andrés: Andrés Osorio

Tomás: Felipe García Altamar

Conductor Buseta: Gilmer Londoño

Periodista: Natalia Tamayo

Capítulo 12

El dinero como ideología

Mi única opción era y fue salir corriendo y jugármela a que la puerta principal estuviera sin llave. Dejar a la señora curiosa tirada en el suelo, y que ocurriera con ella lo que el destino decidiera, o lo que Dios dispusiera, una vez más, una vez más, como con los tipos del accidente, como con el gordito de tantos años atrás. No tenía opción. Aproveché que el camino estaba libre y salí de mi escondite a toda prisa, tratando de hacer el menor ruido posible. Llegué a la puerta, y al mismo tiempo, oí al padre Benito de nuevo y vi que estaba en la sala. Le di vuelta a la manigueta de la puerta. Pese a todos mis temores, giró por completo. Salí, brinqué por encima de la paredilla que separaba la casa de la calle, me puse de caminé hasta la 68 y tomé el primer bus que pasó. Me sentí a salvo apenas pasé la registradora y me senté contra una ventanilla. Confundido, sin saber qué hacer ni hacia dónde ir, pero a salvo. Respirando y aprehendiendo la tranquilidad, me fui quedando dormido. Desperté porque el conductor del bus me tocó en el hombro y me dijo que habíamos llegado al final del viaje. Ido, lo vi como si estuviera en medio de un sueño, y como en el sueño, le pregunté si me podía quedar a dormir ahí, que Dios lo colmaría de bendiciones si me dejaba, y le conté que era cura y que me habían robado y un montón de mentiras más.

Cuando me desperté, no sé cuantas horas más tarde, con un frío de los mil demonios, tiritando hasta el punto de que me levanté a correr por el pasillo del bus, que estaba parqueado en un inmenso parqueadero lleno de buses y busetas y microbuses, me sentí El fugitivo. Mi profesión parecía ser: La huída. Huía en aquel instante del accidente, de la señora Carmen, ¿y su cadáver? Huía del padre Benito, y también, de don Roberto, de su hija y del camionero. Huía de Lucrecia Sandoval y de sus esbirros, y de los esbirros que se le habían llevado. Huía de mi prima, de mis tíos, de mis padres, aunque jamás llegaran a saberlo, del Seminario y de mis compañeros allí, del párroco de la iglesia de San Francisco, de la Señora de las esmeraldas y de Tomás, el enigmático muchacho de la joyería de La candelaria.

Huía de Vanessa, la muchacha del strip-tease de aquella primera noche de farra con Tartufo, y huía de Tartufo, y había huido de mi casa, y había huido de mi responsabilidad en la muerte del gordito mucho antes, cuando jugaba al alquimista, y huí luego de la casa de mis tíos y de mi pasado como traficante de secretos, y de la vida de civil, por llamarla de alguna manera, para meterme de cura, y como cura, había huido del diablo y su séquito de demonios, aunque a la vez huyera de ser cura cuando buscaba a la señora Sandoval, y huía de ella y la buscaba, y sacaba como pretexto lo de las plumas, y huía de las plumas al mismo tiempo, y seguro, dentro de un complejo entramado psicológico que no lograba comprender del todo huía de mi, muy a pesar de que supiera que jamás iba a lograrlo, por más lejos que me fuera y por más enredos en los que terminara involucrado y por más personas que conociera. Huía, sí. Huía siempre y no había hecho otra cosa que huir, y lo sabía, era consciente de ello, pero esa conciencia sólo llegaba hasta la teoría.

Eran palabras que decía, e incluso, imágenes que repetía, las mil y una imágenes de mí saltando por una ventana, corriendo por una calle, metido en un bus o en un camión, o escondido detrás de las cortinas del comedor de la señora Carmen, pero más allá de las palabras y de aquellas imágenes, no lograba captar nada. No sabía por qué huía, o de qué huía, y tampoco, qué era no huir. No lograba aprehender aquel concepto del no huir, y la única pista que encontraba para comprenderlo era la inmovilidad, aunque a la vez supiera que estar inmóvil no significaba nada. Cuando escuchaba en los sermones al padre Benito hablar de que debíamos enfrentarnos a nosotros mismos, desnudarnos, superarnos, desgarrarnos, y cuando leía aquello de Sócrates de Conócete a ti mismo, me pasaba lo mismo. Eran palabras, palabras e imágenes, sólo eso. Yo, ni me conocía ni me enfrentaba a mí. Es más, no tenía ni idea de cómo hacerlo ni por dónde empezar. La verdad era que actuaba. Y huír era mi mejor manera de actuar. Admitirlo me serenaba. Era una justificación, y sin embargo, me tranquilizaba. El poder del engaño, del auto engaño. Yo sabía que no había hecho más que mentirme en la vida, y que posiblemente por eso huía, y no obstante, continuaba inmerso en mi sarta de mentiras. Lo grave, lo verdaderamente grave era que me mentía a mí, porque si le hubiera mentido a otra gente, pues allá esa gente, cada quien con sus problemas y sus dificultades y sus soluciones, si las había. Yo, en cambio, me mentía a mí, y eso no tenía solución. Me mentía, huía, me justificaba, volvía a huir, pensaba y me daba palmaditas en la espalda porque consideraba que por pensar en el asunto ya estaba en camino de arreglarlo.

Luego de mi profundo análisis, que por variar, no me llevó a nada, oí unos pasos, un silbido, y pasados dos o tres segundos, la puerta del bus que se abría. Impulsado por los códigos de los tiempos de la escuela, me senté y esperé.

C.B. “Padre, buen día, ¿cómo durmió?, me saludó el conductor del bus de la noche anterior.

P.A. “Bien, con algo de frío, pero bien, gracias, ya estoy como nuevo”, le respondí.

C.B. “Hombre, sí creí que le iba a dar frío, pero pensé que el bus se calentaría… Acá le traigo un café y unos panes de desayuno, ah, y El Espectador, ahí se lo dejo para que lo lea, lo más importante es la noticia del accidente.

P.A. “Que Dios se lo tenga en cuenta, buen hombre”, le agradecí al buen hombre, que luego, como sin querer pero con segundas intenciones, seguramente, me dejó caer la gran bomba de ese día:

C.B. “Parece que están buscando a un sacerdote por lo del accidente”, dijo.

Casi me riego el café encima, por lo caliente y por el comentario del conductor del bus. Tratando de que no se notaran mis nervios, dejé el tinto en el suelo, saqué un pan y abrí el periódico. En efecto, la noticia del accidente estaba en la primera plana, con una foto de los carros involucrados y de la escena del crimen. “Accidente mortal en el norte de Bogotá”, se titulaba. Enseguida, decía:

Periodista que lee:

“En un aparatoso y misterioso accidente múltiple, ocurrido en la Calle Cien de Bogotá, dos cuadras al sur occidente de la Avenida Suba, dos hombres perdieron la vida, otro resultó malherido, y tres sospechosos, al parecer los causantes de la colisión, se dieron a la huida. Las víctimas mortales fueron identificadas como Pedro Saúl Linares y Santiago Hernán Correa, de 22 y 24 años respectivamente, estudiantes de último año de derecho en la Universidad Javeriana, igual que el herido, que responde al nombre de Luis Camilo Pérez, de 23 años. Según las primeras informaciones de los familiares, los tres universitarios se dirigían a una fiesta de despedida en el automóvil de marca Ford del padre de uno de los muertos, que de acuerdo con los indicios iniciales, fue brutalmente embestido por detrás por una camión Dodge en el que viajaban tres hombres mayores de edad que huyeron de la escena del crimen. Según las primeras versiones, uno de los sospechosos era un sacerdote. Luego de haber sido chocado, el Ford se atravesó sobre el cruce de la carrera 64, donde fue estrellado por una camioneta blanca, también de marca Dodge, en la que iban dos trabajadores de una empresa de flores, que resultaron ilesos. Los médicos del hospital La Samaritana, que llegaron al lugar de los hechos viente minutos después del suceso, informaron a los medios de comunicación que el deceso de los estudiantes Linares y Correa pudo haberse debido a los dos choques. Sin embargo, aclararon que era prácticamente imposible determinar la causa exacta de sus muertes, ya que los cadáveres presentaban variadas y múltiples heridas, tanto internas como externas. Los tres vehículos involucrados en el accidente quedaron inmovilizados de inmediato, a órdenes de las autoridades, quienes aclararon que sólo luego de algunos estudios podrán determinar a quiénes pertenecían, y cuáles pudieron haber sido las causas, la contundencia y los lugares de los dos golpes”.

P.A. “¿Disculpe, usted pasa por la Séptima con noventa y pico, señor?”

C.B. “Sí, padre, por allá pasamos, claro que sí. Salimos en diez minutos a más tardar, para que se aliste. Esto es demorado, así que le calculo unas dos horas para llegar por allá, si es que las cosas nos van bien y no les da por buscar al cura acá”.

P.A. “Gracias, de nuevo, no sabe cuánto le agradezco. La verdad es que no tengo demasiada prisa”, le dije, medio enrojecido y bajando la mirada.

C.B. “Pues siquiera. Échese bien para que no me lo vean”.

P.A. “Sí, sí, por supuesto. ¿Le puedo pedir un último favor? O mejor, dicho, ¿dos?”

C.B. “Hable no más, que usted es cura, muy cura, y un favor a un cura se le multiplica a uno”.

P.A. “Pues el primero es lo del pasaje, ya sabe”.

C.B. “Hombre, padre, eso está descontado. ¿Y el otro? Dígame rápido porque apenas salgamos, ni modo”.

P.A. “Sí, claro, el otro es que me preste un esfero y me regale una hoja donde escribir, o dos, así aprovecho el paseo y voy poniendo en orden mis ideas, si es que lo logro”.

C.B. “Creí que era algo más enredado, padre. Espéreme un poquito ahí y voy a la caseta adonde la señora Eulalia y ella nos hace el favor. Se va a ganar el cielo por un pedazo de papel, jaja”.

El conductor del bus salió, prendió un cigarrillo, se perdió entre los recovecos que dejaban los otros buses y volvió cinco minutos más tarde con una libreta nuevecita y un esfero azul.

C.B. “Ahí tiene, pues, pa’ que se distraiga y se ponga en orden”.

P.A. “Ay, hombre, señor, ha sido usted extremadamente amable conmigo, estoy eternamente en deuda con usted”.

C.B. “En el cielo me paga”.

Aún no aclaraba del todo cuando salimos del parqueadero de buses, pero ya en la primera avenida el sol había empezado a meterse entre las cosas y la gente y las matas y los pocos perros callejeros que parecían identificar una vez más sus calles y sus esquinas. Siempre me gustó mirar por las ventanas de los buses. Me sentía como en una película con guión y actores naturales, aunque en realidad no pasara nada importante. La gente era lo importante. La gente y las casas, las calles, los perros, los árboles. Cuando iba en un bus, la vida me parecía llevadera. No veía maldad. Ni la veía ni la imaginaba, sobre todo en las mañanas como aquella, porque las personas que veía parecían recién salidas de la ducha, listas para ir a trabajar o a estudiar. Las que se subían al bus exhalaban aromas a jabón, que según avanzábamos iban cambiando, como las vestimentas, las carteras, los ademanes y en fin. En el sur todos eran como trabajadores. Obreros. Costureras. Tenderos. Nada que temer, nadie de quien huir. Más hacia el norte comenzaron a bajarse unos y a darles el puesto a algunas secretarias y a estudiantes de universidad, y unas cuadras más adelante, casi todos eran oficinistas de saco y corbata. Cada calle tenía su estilo de gente, sus costumbres. Incluso, su acento. Su olor. Su música. En la medida en que avanzábamos, yo me iba escurriendo en mi asiento, haciéndome el dormido, por si acaso.

En realidad, apenas llegamos al norte, y todo empezó a cambiar de nuevo, y volvieron a subirse mujeres humildes con uniformes, y obreros, mensajeros, pues la gente que vivía por ahí andaba en carro, comencé a sentir que me iban a descubrir, quizá porque estábamos más y más cerca del sector del accidente. Cada vez que el bus se detenía, tensaba mis músculos y me daba una bendición imaginaria, pues todos los que se subieran podían ser policías encubiertos, esbirros de la señora Sandoval, detectives. Incluso, el mismo chofer del bus. En fin, todos podían ser alguno de los tantos que me buscaban. Para calmarme, pensé en el eterno retorno, pero solo en la frase, no en Nietzsche. Como frase nada más, valía todo el oro del mundo y se adaptaba a miles de circunstancias. El concepto no lo lograba comprender muy bien. Anoté en la libreta, El eterno retorno, y puse unos puntos debajo, y con los puntos, comencé a escribir, a dejarme llevar por mis fantasías, a imaginar que los signos de puntuación eran materia, y como materia, podían guardarse. Yo era un simple punto y coma. Ni decisivo, ni incisivo, ni final ni principio ni continuidad. Hubiera querido ser una larga variedad de puntos y aparte para usarlos cambiando de rumbo cada vez que el hastío y la paranoia y el temor me abrumaran. Poner a su lado un montón de comas, muchas comas de diversos tamaños y colores para darle a cada quien su debido espacio y su debida explicación, y sumarlos a todos en una infinita lista plagada de diferencias. Hubiera querido reunir una interminable cantidad de puntos suspensivos para que me dieran siempre la sensación de que todo continuaría, de que todos cambiaríamos, de que no habría metas sino caminos y de que por fortuna no existiría la perfección, y poner a buen resguardo una multiplicadora de puntos seguidos para que entre punto y punto hubiera un verbo en tiempo presente y un sujeto que mirara hacia el futuro aprendiendo del pasado. Hubiera querido acumular signos de admiración, pero no para forzar mi admiración, sino para recordar que jamás debería dejar de admirar a aquel que se atreviera a escribir un verso o una canción, y sobre todo, a aquel que no se vendiera, y a esos, mencionarlos con miles de signos de admiración. Y hubiera querido construir una máquina de signos de interrogación para seguir haciéndome preguntas eternamente y dudar, dudar todos los días y a toda hora de lo que decían los periódicos, como el de la noticia del accidente por la Cien, y de lo que promulgaban los profesores, los padres, las autoridades, los sacerdotes, los críticos y los académicos.

Cuando terminé mis fantasías, el bus se había vaciado. Yo volví a mi realidad y a mi paranoia. Sólo quedaba una señora con un canasto repleto de frutas, a la que vi muy de reojo. Impulsado por los nervios, me puse de pie y caminé hasta la registradora. Le pedí al conductor que me dejara ahí. Le di las gracias de tal forma que creí que jamás iba a comprender lo agradecido que estaba con él. Anoté mi nombre y el teléfono de mis tíos en un papel y se lo entregué.

P.A. “Para lo que se le ofrezca, siempre y sin condiciones”, le dije.

C.B. “No es para tanto padre, pero lo tendré en cuenta. Vaya con Dios, que parece que lo necesita bastante”, me respondió.

Me bajé en la Séptima con ochenta, una cuadra más, una cuadra menos, y empecé a caminar despacio, muy despacio hacia el Seminario, con el cuello de mi saco muy subido y las manos en los bolsillos. No había aclarado ninguna de mis ideas en el bus, tal vez porque ni siquiera sabía por dónde comenzar. Mientras avanzaba, iba haciendo una larga lista de suposiciones, como que don Roberto no iba a estar, y si él no estaba, una de los seminaristas tendría que abrir la puerta. El padre Benito tampoco debía haber llegado aún al seminario. Estaría aún con lo del cuerpo de la señora Carmen, supuse. Con las diligencias de su muerte y las primeras pesquisas sobre el asesino. El asesino, yo. El asesino, yo. Sí. Por más de que quisiera hacerme el idiota y justificarme en los enredos del destino, y en los designios del Señor, yo era un asesino. Cero e iban cuatro a mi cuenta, que yo supiera. Que el señor me tuviera en su reino, que se apiadara de mí por lo menos.

Igual, no tenía claro para qué iba a ir ni qué iba a hacer allá. Las circunstancias me guiarían, y las circunstancias me guiaron, porque unos metros más hacia el norte de la 92, un Renault 4 blanco se detuvo a mi lado y una voz conocida me saludó,

“Padre Andrés, padrecito”.

Era Tomás, el muchacho de la joyería de La Candelaria. Me sonrió, abrió la puerta de su carro y me hizo señas para que entrara. Apenas me acomodé, vi la pulsera de hilos de colores que había botado en la sacristía del seminario unas noches atrás, pero me hice el idiota pues Tomás ya había arrancado. Estaba a su merced, y pese a lo que hubiera supuesto, sentirme a su merced me tranquilizó. Era como si hubiese comenzado el final de todo.

T. “Qué gusto, padrecito, mire que estaba pensando en usted el otro día, pero no tenía cómo conseguirlo”, me dijo Tomás, entre locuaz e irónico.

P.A. “Vaya, qué bien, Tomás, Tomás, pues bueno, no, mire, no tengo dónde quedarme, un día acá, un día allá, nada fijo, por eso no le di ningún teléfono o dirección, pero ya ve que los milagros parece que sí existen y la vida nos hizo coincidir, le respondí, mirando de nuevo al pasar la pulsera”.

T. “¿Y para dónde va, así como tan de incógnito, si se puede saber?”

P.A. “Iba al Seminario”

T. “Mire padrecito, que ya averigüé bien para qué es que son las claves esas de las plumas”.

P.A. “¿En serio? Cuénteme, por favor. Lo escucho”.

T. “¿La otra vez le dije que eran de unas cuentas de un banco en el extranjero, cierto?”

P.A. “Sí señor, y que un multimillonario había muerto o lo habían asesinado y bla bla bla”.

T. “Jajajaja… Sí, bla bla bla, muy bla bla bla, padrecito, tan bla bla bla que mejor lo voy a llevar a un sitio”.

P.A. “No, Tomás, no era burla, es que estoy intrigado, ansioso, y no puedo perder el tiempo repitiendo”.

T. “Tranquilo, padre, no se asuste, no se me asuste, que no me ha sacado la piedra, sólo que me da risa lo del bla bla bla, y más como usted lo dice, tan puesto y distinguido, pero no, padrecito, no hay ningún problema, ya verá cómo es esto cuando lleguemos a donde lo voy a llevar, aunque eso sí, antes tenemos que negociar”.

P.A. “¿Negociar?, ¿pero más negocios? Todo el mundo quiere negociar conmigo y yo no tengo un peso partido por la mitad, ¿no ve cómo ando?”

T. “No todo es plata, padre, o mejor, no todo es plata inmediata. Usted tiene datos, informaciones, lo que lleva en ese maletín, por ejemplo”.

P.A. “¿Y si le dijera o le mostrara lo que hay en este maletín, qué me ofrecería?”

T. “Algunos datos, algunos nombres, historias, cosas que le podrían interesar mucho”.

P.A. “Sí, seguramente, lo que no entiendo es por qué le habría de interesar a usted lo que yo tengo en el maletín, si para empezar, no tiene ni idea de qué se trata”.

T. “La información, padre, la información vale billete, siempre, es el poder, no lo dude jamás”.

P.A. “Cuénteme entonces…”

T. “Hagamos otro trato. Yo le doy una parte de la información, y usted me da otra, y así vamos arreglándonos”.

P.A. “Bueno… Está bien… Me parece justo”.

T. “Espere un momentico busco dónde estacionarme para que estemos tranquilos y le damos al negocio”.

P.A. “Espero”.

Tomás cruzó a la derecha por la 111 y subió a las lomas de Santa Ana, o como se llamara aquel barrio aristocrático lleno de casas gigantescas, árboles y jardines que parecía parte de otro mundo, de otro país y de otra ciudad. Aquello no era Colombia, y menos, Bogotá, y si lo era, era una Colombia exclusiva de gente que uno jamás veía en la calle. Alguna vez había pasado por ahí, unos diez años antes, porque el hijo de un amigo de mi tía vivía en una de aquellas casonas. Tenía once hermanos, así que la casa era inmensa, con varios jardines y una mesa de ping pong en la que siempre había alguien jugando. Estuviera uno donde estuviera, el ruido de la pelota no cesaba, y el ruido era así, como el juego, ping-pong, ping-pong, ping-pong. Tomás pasó por el frente de aquella casa y siguió calle arriba. Yo me asomé. La mesa seguía en el garaje, y el garaje estaba abierto. Dos mujeres jugaban. Cuando llegamos a una especie de bahía para carros, Tomás se detuvo, se bajó del Renault, revisó las llantas y sacó un folder del baúl. Dio una vuelta al carro, me hizo un ademán de que bajara, y me pidió que me sentara a su lado, en un andén. Sacó un paquete de cigarrillos, me ofreció uno, lo tomé, me lo encendió, hizo lo mismo con el suyo, echó humo, dijo que era una lástima que de día no se viera bien el humo, abrió el folder que llevaba y me entregó una hoja.

T. “Ahí está la primera parte de mi trato. Léala con calma”.

Voz de alguien: “Lucrecia Sandoval. Cuarenta y dos años. Abogada. Egresada del colegio Anglo Colombiano de Bogotá. Doctorada en la Pontificia Universidad Javeriana de la misma ciudad. Presidenta y socia mayoritaria del bufete de abogados Sandoval y Macías. Asesora en derecho del ministerio de Defensa y de la Presidencia de la República. Antecedentes judiciales: ninguno, aunque ha estado involucrada en la intermediación de secuestrados con sus captores. Padre: Ernesto Sandoval, fallecido en extrañas circunstancias, al parecer, en un accidente automovilístico. Constructor, fundador de la red de informantes del Norte de Bogotá. Padre putativo: Germán Sandoval: Muerto en extrañas circunstancias, presuntamente relacionadas con la señora Sandoval y su señora madre. Madre: Marvel Londoño, pedagoga, viuda, accionista del Banco de Bogotá y de la cervecería de Los Andes, profesora de primaria durante diez años, principal sospechosa de la muerte del señor Ernesto Sandoval. Lucrecia Sandoval mantiene relaciones laborales, económicas y sociales con los párrocos del Seminario Mayor y de la iglesia de San Francisco, y tiene una cuenta corriente registrada a su nombre en la que los párrocos mencionados han hecho varias consignaciones, algunas por cifras que superan el millón de pesos”.

Apenas acabé de leer aquel expediente de Lucrecia Sandoval, abrí mi maletín para darle a Tomás el de Rosa Capriles que yo me había robado, la señora que encía de amante a un cura, y el que don Roberto me había entregado con la confesión de la señora Sandoval. No le dije nada. Pensé que ya íbamos teniendo datos para armar una novela. Le di los documentos y mientras él los leía, con una mueca de sonrisa socarrona, yo repasé el que me había dado, en parte para aprendérmelo de memoria, en parte para calmar mi ansiedad por lo que vendría.

T. “Bien, bien, vamos bien, o mejor dicho, requetebien, padrecito, acá tenemos una mina”.

Yo le hice cara de así son las cosas, qué le vamos a hacer, y alargué mi mano, con la palma hacia arriba. Tomás buscó en su folder. Pasó hojas y hojas. Se devolvió. Sacó una, me sonrió y me señaló con el dedo índice varias veces. Aquello parecía un juego de cartas, pero con cartas e información de verdad.

Voz de alguien: “Padre Benito Larramendi: 56 años. Nacido en Santander de Quilichao, Valle. Sacerdote ordenado en el Seminario Mayor de Bogotá a los 22, con estudios de doctorado en teología y derecho canónico, subdirector y director sucesivamente del Seminario. Capellán del ministerio de Defensa, y asesor de desplazados y paz de la Presidencia de la República. Se sospecha que ha tenido tratos con algunas guerrillas, siempre por debajo de la mesa, y que ha brindado información a las mismas sobre movimientos militares y políticas de estado. Antecedentes judiciales: Veinte años atrás, en 1963, fue sospechoso de hacer parte del secuestro y asesinato de un ganadero del Huila, pero fue absuelto, y por petición del Arzobispado, la rama judicial se vio obligada a ofrecer excusas por su desatino, publicando avisos en las primeras planas de los principales periódicos del país durante cinco días consecutivos. Ha sido vigilado constantemente por las fuerzas del orden, tanto por el episodio del 63, como por sus sermones en la iglesia del seminario, que oscilan entre el anarquismo, el socialismo, y el más absoluto orden de la sociedad, razones por las que los psicólogos que han estudiado su perfil no han descifrado su real ideología. Ha tenido tratos de diversa índole con la señora Lucrecia Sandoval y con el párroco de la iglesia de San Francisco, reverendo padre Anastasio, desde laborales, hasta económicos, pasando por tertulias aparentemente literarias. Hace ocho años (1977), los tres sujetos mencionados fundaron una pequeña cooperativa para los seminaristas y el clero en general, en el trasfondo de un local ubicado al lado de la parroquia de San Francisco. Dicha cooperativa fue allanada por orden judicial en febrero de 1986. Como resultado de las pesquisas los efectivos policiales hallaron dos rifles, marca Mannlicher, con sus debidas licencias expedidas por el ministerio de Defensa, del mismo calibre y marca de algunos de los usados por los guerrilleros del M19 en la toma del Palacio de Justicia”.

P.A. “¿Puedo hacerle algunas preguntas?”, le solté de repente a Tomás, pero él me respondió que no,

T. “No, por ahora, sólo papeles, información escrita, verídica”.

P.A. “Pero no todo lo que está en un papel es verídico, como dice usted. Por ejemplo, estos papeles que usted tiene, pueden decir mil cosas que no sean ciertas”.

T. “Son ciertas, padre, créame, pero sigamos. Cuando terminemos, los dos tendremos mejores preguntas, se lo aseguro”.

P.A. “Bien, será”.

Luego de mis últimas palabras, de un montón de dudas que se me multiplicaban y de algunos temores que empezaba a sentir, busqué en mi maletín y le entregué el texto que había descifrado y transcrito en el cuarto del hotel unos cuantos días antes. Tomás empezó a leerla en murmullos.

T. “Marzo 25, 1987. El padre Andrés se ha escapado del seminario, al parecer, con muchos secretos en su equipaje, pero lo que no sabe el padre Andrés es que sus secretos son harto conocidos por varios de la comunidad, empezando por el padre Benito y siguiendo por mí, aunque suene pedante. Los dos sabemos que los xxxxxxx que guarda en su maleta tienen información sobre los feligreses de esta iglesia, información xxxxxxxxxx que fue descrita por su eminencia xxxxxxxxxx y que el reverendo padre Benito tiene algunas copias. Desde la salida del padre Andrés, a eso de las diez de la mañana, los tres padres superiores de la congregación han xxxxxxxxxxxx un equipo de búsqueda, compuesto por los seminaristas xxxxxxxxxx y Paéz, y por los padres Caputo y Xxxxxxxxxxxx, que están a órdenes del capitán Serrano, jefe de inteligencia de la Xxxxxxxxxxxx, y por la señora Sxxxxxxxxx, directora de los servicios secretos de la Xxxxxxxx xxxxxxxxxxx. Una vez sea detenido, el fugitivo será interrogado, pues se sospecha de su participación en algunos xxxxxxxxxxx sucedidos durante el último año. La información, hasta el momento, es que no ha salido de Bogotá, y que ya se han distribuido fotografías…”

En murmullos, rellenaba los espacios que yo había marcado con x, como si él hubiera escrito aquella hoja. Igual, no logré entender lo que murmuraba. Cuando acabó de murmurar, miró su reloj, me dijo que tenía que hacer una llamada, que ya regresaba. Mis sospechas aumentaban, pero era más importante seguir con el juego, saber, por fin, algo, a caer en un interminable espiral de dudas y de interrogantes. A la tremenda, pensé que era lo mismo morir a manos suyas que a manos de otra gente. Lo esperé ahí, sentado en el andén, pensando en todo y en nada. Al volver, con la sonrisa de antes, y señalando el papel que le había dado, me dijo:

T. “Vaya, vaya, padrecito, mire usted, acá está la confirmación de lo que habíamos intuido”.

P.A. “Usted sí debe poder llenar todas esas xxxxxxx”.

T. “Algunas, no se haga ilusiones. Digamos que las importantes, las que realmente valen la pena, como Lucrecia Sandoval”.

P.A. “¿Sí es ella?”

T. “Sí, todo concuerda, aunque no sabía que tuviera ese cargo de directora de los servicios secretos de las fuerzas militares. En fin, el cargo, en realidad, es lo que menos importa, y ahora voy a preguntar yo. Dígame, padrecito, ¿usted se vio con ella después de esto?

P.A. “Sí, dos veces. La busqué por cielo y tierra y por fin la encontré, y la verdad, de no haber sido porque unos tipos se la llevaron secuestrada, o eso creo, yo estaría bajo tierra, o en serios problemas”.

T. “Ya, ya, comprendo. ¿Y no la ha vuelto a ver?

P.A. “No, no la he vuelto a ver ni he sabido nada de ella ni quiero volvérmela a encontrar… ¿Por qué las preguntas? ¿usted sí sabe de ella?”

T. “Algo, padre, algo sé”.

Sonreía. El maldito de Tomás sonreía a media asta y me imponía su sonrisa como una burla. Por una parte, no me creía, y por la otra, sabía. Era obvio que sabía mucho más que yo de la señora Sandoval, por eso me preguntaba, para seguir sabiendo o para estar seguro de mi ignorancia. En el fondo, mientras lo veía sonreír, pensaba que Tomás debía creer que yo hacía parte de una de las tantas bandas de esta historia y que me callaba alguna información.

P.A. “Yo no sé nada, Tomás, nada de nada, y es en serio, ese es mi principal problema. No tengo ni idea en qué estoy metido. Es más, si le dijera que ni siquiera sé cómo fue que terminé en todo esto, y ya ve… Ha habido persecuciones, secuestros, robos, asesinatos, y yo, yo en el medio, siempre en el medio, de acá para allá como una pelota de ping pong, huyendo de fantasmas, buscando fantasmas, peleando con fantasmas. Me hundo en un fango desconocido, sólo por unas benditas plumas, o mejor, por haberle dicho al padre Benito, ese, ese del papel que usted me dio, que yo le iba a conseguir una. Ese fue mi error, el comienzo de este viacrucis, pero claro, quién iba a imaginar todo esto, imposible. Era una pluma, Tomás… Un día se me acercó un tipo a venderme una estilográfica con dibujos precolombinos, y eso fue todo. De idiota, quise obtener alguna ventaja de esa idiota información, y ya ve, ya ha visto en lo que me metí, y la multiplicación de las plumas y los secretos y las claves… Pero yo no sé para qué le digo todo esto, si usted sabe más de este asunto que yo”.

T. “Ay, padre, padrecito, ¿usted cree que yo sé más? ¿Por qué? ¿Por estos documentos? Mire, para serle franco, yo no soy más que un mercenario, trabajo por plata, sin que me importen para nada las ideologías o los colores. Mi color, mi único color, es el color del dinero, punto. Me importa un bledo si quien me paga es de izquierdas, de derechas, de centro, blanco, rojo o negro, azul o amarillo, si habla español o inglés, y si se viste de corbata o de jean desgastados, si es hombre o mujer, aunque ahí, la verdad, prefiero a las mujeres, pero hasta cierto punto. El caso, padre, padrecito, es que yo voy por la plata y negocio tras negocio, paso a paso. Si me contratan para un papel, pues consigo el papel o lo que haya que hacer y no pregunto nada más. Si lo que quieren es que averigüe un nombre, un dato, lo hago, y le repito, sin preguntar. Lo que sé de las plumas lo sé porque un día me llamaron para que investigara a un muerto, el señor del que le conté, y supe lo que le conté cuando usted fue a buscarme. Y ya, nada más. Soy una tuerca que cumple su función de tuerca sin tener ni idea qué hacen el motor, o los frenos, o el clutch, o los pistones”.

P.A. “Pero sabe, Tomás, sabe y mucho, sabe, por ejemplo, de la señora Sandoval, me lo acaba de admitir”.

T. “Claro, claro, sé, sé cosas, partes, pero ya le dije que no me importa. Sé de la señora Sandoval, obvio que sí, porque a ver, padre, Lucrecia Sandoval es una clienta, esa es mi relación con ella”.

P.A. “Clienta…”

T. “Sí, clienta, eso, usted sabe qué es, y ya, no le puedo decir nada más, confórmese con que me contrató, con que me paga y listo”.

P.A. “La contrató o la contrata, porque hay una gran diferencia entre esas dos palabras”.

T. “Las dos, ¿bien?, a veces para cosas grandes, difíciles, a veces para tonterías, o eso pienso yo”.

P.A. “¿Por ejemplo?”

T. “Que busque dónde vive alguien, o su teléfono. Yo no le pregunto nada, ni para qué ni por qué, lo busco y listo”.

P.A. “¿Y dónde está?”

T. “Yo no le voy a contestar eso”.

P.A. “Pues entonces lo contrato para que me diga y punto, ya que dice que no le importa quién le paga ni para qué necesita las informaciones. Yo soy alguien y requiero de ese dato”.

T. “Ay, padre, padrecito, si usted no tiene ni un peso, para qué me sale con estas, como estamos, estamos bien, y esa señora es cliente desde hace rato, la ley de la antigüedad”.

P.A. “Pero sé cosas, Tomás, y esas cosas también tienen un precio. La información vale, y a veces más que la plata, ¿recuerda?”.

T. “¿No dijo antes que no sabía nada, que no tenía ni la más remota idea de en qué lío se había metido y por qué?”

P.A. “Sí, es cierto, y sin embargo, también es cierto que sé cosas, que he visto cosas y me han dicho cosas”.

Tomás me escudriñó con su mirada. Yo intenté sostenérsela. No lo logré. Acabé mirando hacia la nada, pensando estúpidamente en lo que sabía él, convencido, también estúpidamente, de que sabía más que yo de todo. Luego de mirarme, agarró su carpeta, se levantó con cara de trascendencia y me dijo que lo acompañara, que quería llevarme a un lugar muy especial para que entrara con él a una reunión con gente también muy especial. Yo le sonreí. Dudé, por supuesto, pero como antes y como tantas veces durante los últimos días, concluí que más perdido no podía estar. Recogí mi maletín y le extendí la mano para que me ayudara a ponerme de pie. Sin musitar palabra, nos metimos en su Renault y arrancamos hacia la Séptima, y por la Séptima, hacia el sur.

T. “¿Está nervioso, padre?”

P.A. “Hombre, no sé si nervioso, pero ansioso, bastante ansioso sí. ¿Para dónde vamos?”

T. “Usted no se preocupe que yo soy un tipo de fe, y usted es un sacerdote. Si algo le pasa, yo me condeno. Y ahora que lo veo bien, agáchese tantito, o bastante, y súbase la solapa de ese saco, que se me olvidó comentarle que anoche salió un retrato hablado de esas de las películas de un tipo muy parecido a usted”.

P.A. “Tomássssssssss… Tomás, Tomás, Tomás… ¿Y hasta ahora me lo dice? ¿O sea, todo el país me anda buscando y usted dándome vueltas por toda la ciudad?

T. “Pues no sé si todo el país, padre, y tampoco sé si es usted, pero bien, todo bien, calmado, que lo que es pa’ uno, es pa’ uno, a diez por hora, a 40 o a 100, o a cero, porque esta carcacha lo deja botado a uno un día sí, y otro también, jaja… pero yo lo cuido, padrecito…”

P.A. “No, no, no… No me venga con esas pendejadas. Vámonos pa’ donde sea, pero vámonos, Tomás…”.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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