3 May 2020 - 2:52 p. m.

“Yo Confieso”: Enemigos somos todos-Capítulo Seis

Presentamos el sexto capítulo de la audionovela “Yo Confieso”, creación de la sección de Cultura de El Espectador, que será emitida cada ocho días desde estas mismas páginas, y estará abierto a todo el público desde este domingo, 3 de mayo, a las diez de la mañana.

* Redacción Cultura

Capítulos anteriores

1. Yo confieso: Hágase tu voluntad-Capítulo Uno

2. Yo confieso: Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias-Capítulo Dos

3. "Yo Confieso": Los tiempos del demonio-Capítulo Tres

4. "Yo Confieso": Que el señor lo tenga en su gloria-Capítulo Cuatro

5. "Yo Confieso": El que anda en chismes descubre el secreto: proverbios 11:13-Capítulo Cinco

Créditos Capítulo Seis

Música

Ave María- Haëndel Fiesta de negritos -Lucho Bermudez Borrachera -Lucho Bermudez Personajes

Narrador-Padre Andrés (mayor): Fernando Araújo Vélez Padre Andrés: Andrés Osorio Padre Benito: Hugo García Don Roberto: Nelson Sierra

Capítulo Seis

Enemigos somos todos

P.B. “¿Podría cerrar la puerta, por favor?”

P.A. “Sí, por supuesto, su eminencia”.

P.B. “Ya imaginará que lo que tengo que decirle es delicado”.

P.A. “Supongo”.

P.B. “No tengo ni idea de lo que habrá investigado sobre las plumas, y menos, lo que habrá encontrado o sabido, si es que ha sabido algo”.

P.A. “No he…”

P.B. “No me interrumpa, por favor. Ya le estoy diciendo que no sé qué sabrá ni nada, y la verdad es que tampoco me importa. Este asunto es mucho más grave de lo que usted se haya imaginado, y hay mucha gente involucrada”.

P.A. “No tengo…”

P.B. “Silencio”.

Cuando el padre Benito dijo silencio, aún de espaldas, pensé que me hablaba a mí. O sea, que me decía que no siguiera hablando del tema de las plumas. Sin embargo, en menos de un segundo comprendí que había oído algo. Yo también escuché un ruido de pasos, seguido de otro como de que algo no muy pesado se hubiera estrellado contra un piso. De repente, impulsado por mil cosas que tenían que ver con el miedo, la curiosidad y sus distintos grados, pegó un salto, retiró de la pared un armario y abrió una puerta pequeña que daba a un oscuro pasadizo. Se asomó, con el dedo índice tapando su boca, y movió su cabeza para que lo siguiera. No había nadie. Caminamos un largo trecho hacia la izquierda y la derecha, y por fin, decepcionados, nos devolvimos. En voz muy baja, el padre me dijo que era mejor que habláramos afuera.

P.B. “Lo espero en la panadería de la 11 con 94 en media hora”.

Salí a toda prisa, subí a mi habitación, saqué dos de los documentos que había encontrado la noche anterior y una pequeña cámara fotográfica que me había regalado mi tía, tomé fotos de las hojas y me las metí entre la camisa. Caminé hasta la panadería, decidido a descubrir la verdad, toda la verdad de los secretos del padre Benito. Lo de las estilográficas, lo de la señora Sandoval, lo del párroco de la iglesia de San Francisco, el padre Anastasio, lo de los documentos que había hallado, las penitencias, las platas. Todo. Pedí un tinto y un pan francés y esperé. Le pregunté al panadero la hora y deduje que ya habían transcurrido los treinta minutos que había puesto como plazo el padre Benito. Me dispuse a esperar quince minutos más y pensé que cuando pasaran esos quince minutos, iba a ponerme otro plazo, porque así era yo siempre. Iba muy puntual a las citas y terminaba por esperar y esperar y, más que nada, por prolongar los plazos, y los prolongaba porque me parecía de pésimo gusto que alguien dejara esperando a alguien, sobre todo, si el alguien que esperaba era yo, pero allí estaba, repitiendo la historia, alargando los plazos, aguardando. Decidí largarme cuando empecé a sentirme observado en demasía, como si fuera un policía encubierto o un hampón adecentado. Pagué y me fui.

Apenas traspasé la puerta, vi una sombra que corría: el padre Benito. Llegó hasta donde yo estaba, y jadeante, me tomó del brazo para recuperarse.

P.B. “Tenemos que escondernos, padre Andrés”, dijo, con el penúltimo hilo de voz que le quedaba, me haló y me llevó por detrás de la panadería, por un callejón oscuro y desolado que en otros tiempos había sido la entrada a una sala de cine. Me indicó que me acurrucara detrás de un muro, se cercioró de que no había nadie, y se arrumó a mi lado, más jadeante que antes, sudoroso, con los labios casi blancos y una mirada del más allá. Respiró profundo tres veces, y las mismas tres veces botó al aire con fuerza sobre mi cara. Olía a remolachas. Soporté sus bocanadas, por decencia y por estupidez y por ese temor referencial a la autoridad que jamás he podido superar, hasta que volvió a la normalidad y me dijo que alguien había entrado a la sacristía y se había robado unos documentos muy importantes.

P.B. “Mi vida, la suya, la de todos en el seminario depende de esos documentos”.

P.A. “Pero documentos de qué, padre, qué tienen, por qué son tan delicados, o qué”.

P.B. “Ahora no le puedo decir nada más. Tenemos que encontrar a los tipos que se llevaron eso”.

P.A. “¿Y sólo se llevaron unos papeles?”

P.B. “Sí, sólo esos papeles. Sabían a lo que iban”.

P.A. “¿Y usted tiene a algún sospechoso?” “

P.B. “Sí, puede ser, lo cierto es que quien se los llevó sabe qué hay ahí”.

P.A. “¿Y es un sospechoso o dos o más?”

P.B. “Pueden ser…”

P.A. “Pueden ser…”

P.B. “Mire, padre Andrés, en esos papeles hay historias de gente, historias de gente con nombres y apellidos, esos son los sospechosos, esos son los que se han llevado los documentos”.

Por un lado, tal vez atravesado por el miedo, el padre Benito parecía frágil, vulnerable. Creí que si insistía iba a saber algo más, pues hasta aquel instante, todo lo que me había dicho el padre yo ya lo sabía, aunque él no supiera que yo lo sabía. Tenía que presionar. Aprovechar su estado.

P.A. “Eminencia, excúseme que sea tan directo, pero yo no le voy a poder ayudar en nada si no me dice quiénes son los personajes de esos papeles, o qué dicen, o cuáles son las historias que hay en los documentos, porque así sin saber nada voy a ciegas”.

P.B. “Que el señor nos ampare y nos favorezca, padre Andrés. Yo también voy a ciegas con usted, y sin embargo, no me queda otra que confiar en su conciencia y en sus acciones, y confiarle lo que sé, que no es poca cosa e involucra a mucha gente, como le dije”.

Si nos hubiéramos visto desde afuera, desde arriba, habríamos parecido dos refugiados de una guerra a la espera de que alguien o la divina providencia nos salvara. Acurrucados, pegados, temblorosos, con las manos metidas entre las mangas de las sotanas y los ojos desvirolados, íbamos soltando palabras y frases a cuenta gotas, sobre todo el padre Benito, que era quien tenía toda la información. Yo me limitaba a presionarlo y a cuidar mis papeles. O sea, a que él no se diera cuenta de que llevaba algo bajo la camisa.

P.B. “Hay muchas cosas que no se saben, que usted no sabe, padre Andrés. Nuestra iglesia no es solo un centro de oraciones y de alabanzas, y no lo es desde hace varios años. Tampoco puede serlo. Nuestra evangelización debe trascender la palabra. ir a los hechos, no sé si me explico”.

P.A. “Continúe, excelencia, que le voy entendiendo”.

P.B. “Hace algunos años, digamos que 15 o así, nos planteamos nuestro papel en la sociedad, o se la plantearon los sacerdotes que estaban a nuestro cargo. O para ser precisos, algunos. Hubo muchas discusiones. Conversaciones. Estudios. Lecturas. Ponencias. Dos de nuestros superiores habían hecho parte de unas comisiones de estudio en el campo para saber cómo llevaban sus vidas los campesinos, cómo la enfrentaban, y más que nada, cómo habían vivido y vivían la violencia que se había desatado tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán".

En la medida en que iba hablando, el padre Benito iba transformándose. De repente, había dejado atrás su rostro temeroso y sus ojos de no saber de dónde podía llegar el demonio. Ya no temblaba, e incluso, dejó de susurrar.

P.B. “Aquel estudio arrojó conclusiones que ninguno de nosotros había imaginado. La historia de nuestros campesinos, sobre todo en el Tolima, el Huila y los Santanderes, estaba plagada de odio y de venganza. Los habían robado y habían matado a sus seres queridos. Los habían violentado, masacre tras masacre, y toda aquella violencia había surgido del mismo Gobierno. Era una estrategia política, padre Andrés, si es que a eso podemos llamarle política, para limpiar de liberales todo el territorio colombiano. En resumen, asesinaron a miles de campesinos de las maneras más bárbaras posibles y desaparecieron pueblos enteros, así como después destruyeron todos los registros policiales en los que aparecían involucrados los conservadores, sus familiares, o la gente del gobierno. No podía quedar una sola huella de lo que había acontecido, de lo que ellos habían hecho que aconteciera. Incluso, a comienzos de los 60, se citaron todos los directores de los periódicos del país. Ochenta y dos. Y con excepción de uno, firmaron un mutis por el silencio. Que nadie escribiera sobre lo que había pasado. Que se olvidara la historia”.

P.A. “Pero no se olvidó”.

P.B. “No, no se olvidó, por supuesto que no. Cuando los hechos son así de graves, no hay silencio que valga”.

Mientras más escuchaba las historias que me contaba el padre Benito, más me arrepentía de los papeles que me había robado y de todo lo que había pensado sobre él, porque lo había destrozado en mi mente, lo había bajado al más bajo nivel de las cloacas, y allí, a las cloacas para que se revolvieran con las ratas y las larvas y gusanos y quién sabía qué más, había echado su imagen, su nombre, su pasado, su sotana, su maldita vocación de cura y sus ínfulas de Superior de nuestra orden. Cuánto me había equivocado, pensaba al escucharlo.

P.B. “Yo me aferré a esos estudios como a la vida, como a Dios, padre Andrés, y esos estudios, las vidas de toda esa gente se convirtieron en mi mayor obsesión, en el más importante sentido de la vida. Incluso, le confieso que por momentos ese nuevo objetivo fue más importante que el mismo Dios, o por lo menos, que nuestra santa e inmaculada Iglesia. Porque sí, era necesario ir más allá de la Biblia, de las santas escrituras, de los rezos y las idas y las oraciones. A punta de palabras no íbamos a cambiar la miseria y la podredumbre de tantas y tantas personas, qué le vamos a hacer”.

P.A. “¿Y los documentos robados y las plumas y los secretos, todo eso tiene que ver con aquello?”

P.B. “Por supuesto, padre Andrés, por supuesto, todo tiene que ver con aquello. Yo ahora no le puedo revelar lo que hemos tramado, lo que hemos hecho y quiénes han sido y cómo, sería peligroso para usted, créame. Por lo menos, por ahora, pero enemigos son todos, y si digo todos, es todos. Están en el seminario, en la calle, en el gobierno, en las distintas diócesis, en las joyerías. Cualquier puede ser enemigo, desde don Roberto, el portero, hasta la más beata de nuestros feligreses”.

La noche cayó encima de nosotros, como si nos sepultara. Los tipos que perseguían al padre Benito seguro se habían ido. Apenas si pasaba algún limosnero por la calle y uno que otro taxi. Sereno, como si se hubiera quitado un morral lleno de piedras de la espalda, el padre se levantó y me ofreció su mano. Me pidió que no le comentara nada a nadie y caminamos hasta el Seminario. Roberto nos abrió la puerta con el mismo gesto entre irónico y cómplice de mi primera noche y nos alumbró el camino hacia la entrada principal con su linterna. A mí, la verdad, lo que más me importaba de todo aquello era que nadie se percatara de que llevaba unos papeles bajo la ropa, pero era tal mi preocupación, que por esa misma preocupación me tocaba por todos lados para cerciorarme de que las cosas estuvieran en orden, y cuando íbamos ingresando al Seminario, me levanté el saco hasta el punto de que Roberto se dio cuenta de que tenía algo raro debajo. Me llamó.

R. “Padre Andrés, padre Andréééés”.

Apenas lo escuché, volví a tocarme y los papeles sonaron como un inmenso crujido. El padre Benito, que se había adelantado unos cuantos escalones, se dio vuelta y me miró con ojos de interrogante. Yo le sostuve la mirada, le sonreí, levanté una mano como si me despidiera y me devolví a la portería. Tenía que hacerme el loco y cambiar un pecado por otro. O sea, el pecado de los documentos por cualquier otro. El que fuera sería menos grave que el primero.

P.A. “Roberto, usted ni se imagina, no se podrá imaginar los papeles que me encontré”.

R. “No, obvio que no, padre, cuénteme”.

P.A. “Es que hasta pena me da con usted”.

R. “De pena se murió un burro en Cartagena, decía mi padre”.

El padre Benito se quedó un rato inmóvil. Luego caminó uno cinco metros hacia nosotros, pero Roberto le hizo señas de que todo iba bien, de que no había problemas.

R. “Váyase a dormir, excelencia, que debe estar usted muy cansado”, le dijo, y ante mi sorpresa, el padre Benito le hizo caso y se marchó.

R. “Ahora sí, déjese de pendejadas, padre Andrés, y cuénteme qué es lo que tiene entre manos”.

Por un momento, quise decirle todo. Lo de los documentos, lo que había en cada uno, la plata, las extorsiones, todo. Que los había hallado en la sacristía y que había muchos más, montones. Sin embargo, luego vi al padre Benito mientras subía las escaleras a la puerta principal y recordé sus palabras, lo que me había dicho, lo delicada que era la situación, y por supuesto, su situación, y los enemigos, y me arrepentí.

P.A. “Es que me encontré unos papeles, don Roberto, con unas historias maravillosas, pero de verdad que me da pena decirle qué son”.

Hice una pausa. Pasó un carro a toda velocidad con música guapachosa, Lucho Bermúdez o Pacho Galán, de ahí no salía.

P.A. “Tanta fiesta por allá, y nosotros acá, enclaustrados”

R. “No se me haga el distraído, padre”.

P.A. “No, no, mire, hagamos un trato”.

R. “A ver”.

P.A. “Yo voy a leer bien todo esto porque apenas leí el comienzo, y mañana le cuento de qué se trata con pelos y señales”.

R. “No le creo”.

Don Roberto dio un paso hacia mí y me tocó la espalda. Se rió.

R. “Yo le propongo otro trato”.

P.A. “Sí, dígame”.

R. “Si usted no me dice mañana bien temprano lo que dicen esos papeles, yo le cuento al padre Benito qué fue lo que pasó, y que usted tiene unos documentos misteriosos que sacó de la sacristía”.

P.A. “No, no, yo le cuento mañana, sin falta”.

R. “Porque también podemos hacer otra cosa”.

P.A. “Dígame”.

R. “Un negocio”.

P.A. “¿Un negocio? ¿Usted y yo?”

R. “Sí, no es lo que usted cree, padre”.

P.A. “¿Y qué es lo que creo yo?

R. “No , la verdad es que no lo sé, lo dije por si acaso”.

P.A. “Porque usted sí cree en algo, ¿cierto?”

Supuse que don Roberto me iba a chantajear. Me dijo que hiciéramos un negocio y tenía información sobre mí. Poca, pero la tenía. Mientras seguíamos con nuestra charla insulsa, me fui desesperando. Tenía hambre y tenía sueño y tenía miedo, también. Y no sabía qué era cierto de lo que me había dicho el padre Benito, y que era falso, y qué significaban los documentos y qué papel jugaba en todo eso don Roberto, porque algún papel jugaba. Llevaba ya más de veinte años en el seminario, y uno en veinte años aprende muchas cosas. Ve a la gente entrar y salir, anota sus horarios, habla con los unos y con los otros, recorre los pasillos. Es un confesor, de alguna manera. Una cámara. Su oficio, además, era ese, ser una cámara. Tener información. Tal vez estaba ahí para eso, para informarle a alguien, o a alguienes, sobre los pasos y las acciones de cada uno de nosotros y de otra gente. Él era el único que tenía pruebas de nuestras entradas y salidas, y seguro sabía más cosas, porque para nadie era un secreto que algunos novicios e incluso sacerdotes se escapaban a medianoche, y tampoco era tan extraño suponer que había gente que entraba a deshoras. Mujeres, quizás. U hombres. Afuera se hablaba mucho de los seminarios, de los conventos, y no se hablaba por pura invención. Algo había de cierto en lo que decían. Desde tiempos inmemoriales, las historias sobre los misterios de las abadías habían llenado páginas y páginas. Incluso, se contaban cuentos de asesinatos y otros asuntos macabros. Don Roberto era la memoria de todo eso. Y lo era por lo que veía, pero también, por lo que averiguaba, pues en el fondo, todos los días y a toda hora iba llenando sus cuadernos con información que le podía servir a unas cuantas personas, y que podían condenar al mismo tiempo a otras. Él anotaba y guardaba, y después, cobraba. Sus negocios, como me lo había dicho, eran cambiar información por información. En la medida en que más tuviera, más sumaría. Digamos que don Roberto era un banco de datos que se multiplicaba minuto a minuto. Y sus datos costaban mucho. Él tenía lo que alguien necesitaba. En un principio, quizá ni sabía quién pudiera requerir esto o aquello. Sin embargo, él acumulaba datos por si acaso. Como dijo, por si acaso. Tiraba el anzuelo a ver si alguien caía. Esa noche era yo, otras noches debieron ser otros. ¿Cuántas noches de preguntas capciosas habían transcurrido en veinte años? ¿Y cuántos secretos había obtenido él gracias a sus interrogantes aparentemente desprevenidos? ¿Cuántos novicios y curas y gente de civil, y quien sabe qué más, se habían condenado por él? Esa noche la cerré con mil tormentos en mi cabeza. Estaba a su disposición, o eso creí, aunque luego no supe por qué. No había nada concreto. No obstante, me sentí atrapado.

R. “¿Que si creo en algo? Mire, padre Andrés, lo que yo crea o no crea acá no importa demasiado”, me dijo luego de un difícil silencio en el que él volteó a mirar los carros, o los no carros de la Séptima, y yo me vi los zapatos. Cuando me respondió, ya se me había olvidado lo que le había preguntado. Sin embargo, su respuesta fue una puerta más que me abría, y que me llevaba a un túnel lleno de incógnitas. Don Roberto sabía mucho más de lo que aparentaba, eso era cada vez más claro.

P.A. “Todos luchamos desde una convicción, ¿o usted no?”

R. “Puede ser, puede ser. En ese sentido, todo termina siendo una convicción. La plata es una convicción, la política, el fútbol, la suerte”.

P.A. “Por eso, don Roberto, por eso. Usted también tiene convicciones”.

R. “Si las tengo, no son las mismas suyas, de eso estoy casi que absolutamente seguro”.

P.A. “Somos una infinita sucesión de sorpresas, don Roberto. Usted, yo, el padre Benito y todos los que vivimos acá, y los que no, también.

R. “¿Sabe qué? Acá como estamos, hablando de todo y de nada, le voy a confesar una cosa”.

P.A. “Adelante”.

R. “Como usted lo acaba de decir, uno ya no puede estar seguro de nada ni de nadie, y bueno, pues yo cada vez estoy más viejo, pero por viejo no es que sepa menos, al contrario, por viejo sé más”.

P.A. “Más sabe el diablo por viejo que por diablo…”

R. Sí, sí, así es, jeje, nunca mejor dicho. Y bueno, la verdad es que a veces me hace falta confiar en alguien, contarle todo lo que sé, porque hay días en los que creo que voy a explotar de tanto secreto”.

P.A. “¿Y en serio no confía en nadie, nadie?”

R. “Bah, si echo para atrás, sólo me voy a encontrar con gente que me ha decepcionado, esa es la pura verdad”.

P.A. “¿Acá también?”

R. “Ay, padre, acá, claro que sí, sobre todo acá”.

P.A. “No diga”.

R. “Acá le suelto una: ¿Usted sabe que en uno de los pasadizos secretos del Seminario hay un cuartico especial que siempre está bajo candado?”

P.A. “Algo me han contado, sí”.

R. “¿Y sabe qué hay ahí?”

P.A. “Me dijeron que papeles, documentos”.

R. “¿Quién?”

P.A. “Si mal no recuerdo, Tartufo”.

R. “¿Y usted le cree a Tartufo?”

P.A. “A alguien hay que creerle, usted mismo lo acaba de decir. Con otras palabras, pero es lo mismo. No puede uno ir por la vida desconfiando de todo y de todos”.

R. “No sé, no sé, con los años, tal vez termine creyendo que no es tan así”.

P.A. “¿Que no hay que confiar?”

R. “Exacto. El ser humano es mucho más complejo y perverso de lo que uno imagina”.

P.A. “¿Y lo dice por alguien en especial? ¿Alguien de acá?

R. “Por todas partes hay perversión, padre. Usted ni siquiera sabe ni puede saber si yo lo soy, por ejemplo, y está acá hablando conmigo de todos estos asuntos, y confiando un poco”.

P.A. “Eso es lo que usted dice”.

R. “Lo digo porque lo veo”.

P.A. “Intuición”.

R. “Ja… Me suena gracioso lo que dice”.

P.A. “¿Por qué?”

R. “Porque yo no creo en eso de las intuiciones. Mejor dicho, no creo en nada sobrenatural. Ni en milagros ni en magias”.

P.A. “¿Entonces qué viene siendo una intuición?”

R. “Yo creo en el conocimiento, padre. Con los años, uno va conociendo de miradas, de gestos, de tonos de voz, de palabras. Es un aprendizaje que dan los años y el observar. El estar en un lugar como éste, por ejemplo, porque acá no le queda a uno otra cosa que observar. Observar y anotar y volver a observar y pensar”.

P.A. “Y por su observación, deduce que yo confío en usted”.

R. “Así es”.

P.A. “Y a mí me faltan años de mirar, como usted”.

R. “Usted no lo habría podido decir mejor”.

P.A. “Estoy condenado a tener que esperar”.

P. “No necesariamente. O no tanto, padre Andrés, porque mire usted, los procesos se pueden acelerar. Vivir en un día lo que alguien vive en un mes, o en seis, y captar. Todo es un asunto de captar, y por lo tanto, de estar en disposición de captar. En permanente búsqueda”.

P.A. “¿Así supo entonces lo del cuarto en los pasadizos?”

R. “Sí, así, sin más ni más. Mire, es que si uno busca, encuentra, y si uno encuentra, adquiere un poder”.

P.A. “Y usted encontró y adquirió un poder, claro. ¿Sobre quién?”

R. “Ufffffff, sobre muchos acá. Unos que están, otros que ya no están pero andan por ahí, y otros que vienen de vez en cuando”.

P.A. “¿Y le puedo preguntar por alguien?”

R. “Puede, obvio que puede, otra cosa es que yo le responda, o que quiera responderle. Todas las relaciones están marcadas por un interés, mi muy respetado padre, muy a pesar de que usted hoy no lo quiera ver así”.

P.A. “¿De un interés…?”

R. “De cualquier tipo de interés. Yo me intereso en algo que usted tiene, y a cambio, usted demanda algo de mí. Y ahí vamos llegando a un acuerdo, a una negociación”.

P.A. “¿Y qué demanda usted de mí a cambio de la información sobre la persona que le voy a nombrar?”

R. “Suelte el nombre de una vez por todas y luego arreglamos, que usted se muere por saber”.

P.A. “Lucrecia Sandoval”.

Apenas le solté el nombre, como él me dijo, don Roberto sonrió. Lo sabía todo, se le notaba en cada uno de los músculos de su rostro. En su mirada pícara. Incluso, en el movimiento de sus dedos. Todo en él me decía que estaba a punto de cerrar un gran negocio. Yo era la víctima, por decirlo así. Me tenía en sus manos. Dueño de sí, de la situación, de mí, me dijo que lo esperara un minutico y se metió en su caseta. Salió con un par de tintos en sendas tazas desportilladas.

R. “¿Azúcar?”

P.A. “Bueno, una cucharadita”.

Mientras don Roberto me echaba el azúcar y revolvía mi café, un Land Rover se acercó a la verja de la entrada por la Séptima y se parqueó. Un hombre se bajó por el lado del copiloto y se aproximó a la puerta. Se agachó, o eso me pareció ver, y enseguida oí un timbre ronco, muy diferente al normal. El conductor apagó y encendió las luces.

R. “Uyyy, ya vuelvo, padre. Espéreme un momentico nada más”, me dijo don Roberto antes de acabarse el tinto casi de un solo sorbo. Con las manos en los bolsillos de su saco, salió corriendo y saludó al hombre en la verja. Yo no alcancé a escuchar qué dijo ni el nombre del visitante. A contraluz, alcancé a vislumbrar que intercambiaban algo. Luego todo volvió a estar como estaba.

R. “Tráfico de pecados, su santidad”, dijo al regresar, y se metió en su caseta. Volvió con una hoja escrita a máquina. La desdobló, leyó las primeras líneas murmurando, y me la entregó.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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